Frontex y Schengen, el lado más oscuro de la Unión Europea

La Unión Europea y cada una de sus instituciones nos están dejando cada vez más claro cuál es su papel fundamental. Mientras se desmorona la ficción de un proyecto europeo de unión solidaria de los pueblos para homogeneizar al alza nuestros derechos y libertades, tal y como nos vendieron en los ochenta, asistimos al surgimiento de un dogma. El dogma de que no existen alternativas a las políticas que imponen los poderosos a través de las instituciones europeas. Si antes presenciamos el chantaje para la implantación de políticas económicas beneficiosas para el pueblo y perjudiciales para la mayoría social, hoy volvemos de nuevo al no hay alternativa.

Esta vez se refieren a la política migratoria, e intentan hacernos creer que no hay otra opción que sus vallas, que no hay otra opción que la violencia en las fronteras, y que la realidad es que debemos protegernos de las personas migrantes como si fueran un enemigo atacante. Afortunadamente, las muestras de resistencia van en aumento, y hemos visto un auge sin precedentes de los movimientos de solidaridad con las personas migrantes y refugiadas. Como con las contestaciones en la calle a las políticas económicas del Banco Central Europeo, las ciudadanas y ciudadanos vuelven a demostrar una dignidad que los poderosos han perdido, si es que alguna vez la tuvieron.

Terminal del Pireo, aquí ll egan las personas refugiadas desde las islas cuando las trasladan en ferris. Fotografía: D.P.

Terminal del Pireo, aquí ll egan las personas refugiadas desde las islas cuando las trasladan en ferris. Fotografía: D.P.

Los actuales números en los que llegan personas refugiadas y migrantes a suelo europeo han puesto sobre la agenda algo que las activistas hacía mucho tiempo que venían denunciando desde que en noviembre de 1988 apareció, por primera vez en nuestra historia contemporánea, un cuerpo sin vida en la costa de Tarifa. De hecho, el Estado español ha sido un alumno aventajado de las políticas europeas que imponen el modelo de fortaleza.

El Gobierno de Felipe González firmó en 1992 el primer acuerdo con las autoridades del Reino de Marruecos. Fue la primera externalización de nuestras fronteras, lo que ha permitido que sean las fuerzas policiales marroquíes quienes se encarguen de frenar a las y los migrantes antes de llegar al Estado, con constantes denuncias por los abusos y el uso de violencia y, ocasionalmente, la destrucción de los asentamientos en los que viven (y de las pocas posesiones que tienen ahí) mientras intentan cruzar a Europa.

No existen cifras oficiales, pero de acuerdo con las organizaciones sociales que trabajan sobre el terreno, podrían haber muerto más de 40 personas por la represión de la Policía marroquí contra las y los migrantes. Nuestro Estado también llevó la avanzadilla en la construcción, con fondos europeos, de la valla de Melilla, bajo el Gobierno de José María Aznar en 1998. Esta construcción que dice servir para “regular” la migración, se ha cobrado hasta ahora más de dos centenares de vidas.

Muros y cierre de fronteras

Lo que hicieron los Gobiernos de conservadores y socialdemócratas en nuestra frontera sur se ha exportado ya al conjunto de las fronteras exteriores de la Unión Europea. Y la violencia, la externalización, y los muros pueden encontrarse en todas ellas. También comienzan a proliferar los muros internos. Como el austriaco, en un territorio que supuestamente había difuminado sus fronteras internas.

Que esto se haya hecho sin ningún tipo de respuesta oficial de las autoridades europeas encargadas de velar por nuestras normas demuestra la debilidad de los dirigentes para hacer respetar las normas relacionadas con la solidaridad y las libertades frente a la dureza con la que se exige la aplicación de la austeridad económica que expolia a los pueblos. La Unión Europea utiliza el dinero de su ciudadanía para financiar la construcción de vallas o los proyectos de vigilancia de nuestras fronteras por tierra, mar y aire.

Centro de detención de Mobia, Lesbos. Fotografía: D.P.

Y cabe destacar que estos proyectos que desarrolla la agencia Frontex son de vigilancia y protección de fronteras, tal y como reza su mandato, y en ningún caso de salvamento. Ahora pretenden crear un cuerpo propio de guardia costera, que no esté bajo control democrático ni sea fiscalizable por ningún parlamento, para hacer esta labor que convierte a las personas que huyen en enemigas de las que protegerse.

Mientras las trabajadoras y trabajadores migrantes siguen pagando impuestos y manteniendo la viabilidad de los sistemas de pensiones en una Unión Europea cada vez más envejecida, las autoridades utilizan esa riqueza generada para violar los derechos de las personas durante el proceso migratorio. Una de las últimas infraestructuras que hemos financiado es la valla fronteriza entre Marruecos y Argelia, con el objetivo de dificultar aún más las rutas migratorias. Y también llegamos al absurdo de construir, utilizando los fondos que deberían destinarse a políticas de cooperación, un centro para impedir que las personas migrantes continúen cruzando África en Níger, el país más pobre del mundo.

Sin embargo, pese a los empeños por poner detener a las personas en su camino, la UE no ha sido capaz en ningún momento de poner freno a las políticas que obligan a las personas a abandonar sus hogares y buscar un futuro digno en otro sitio. No hemos sido capaces de imponer una regulación efectiva a las grandes corporaciones multinacionales que, con capital y sede europea, destrozan y privatizan los recursos naturales en terceros países.

Tampoco hemos sido capaces de imponerles una regulación estricta que les impida contribuir al cambio climático, que comienza a generar personas refugiadas en todo el mundo que huyen de los desastres naturales y las sequías y desertificación generados por el calentamiento global. Por último, estas grandes empresas que consumen recursos ajenos, utilizan mano de obra en condiciones que podemos calificar de esclavitud.

Inditex, Cortefiel o Carrefour producen en países del Sur, muchas veces utilizando trabajo infantil, con jornadas de hasta 68 horas semanales y salarios de 1,3 euros diarios. A través de la explotación laboral y el acaparamiento de los recursos destruyen el tejido social de regiones enteras, obligando a la población a aceptarlo o marcharse, y hacen todo esto con el beneplácito de la Unión Europea, que los bonifica en su ambición por ser un líder económico mundial sin importar las desigualdades generadas tanto dentro como fuera de sus fronteras.

La Unión Europea tiene también una participación activa en todas las guerras que se producen en su entorno, considerando la otra ribera del Mediterráneo un patio trasero en el que hacer y deshacer a su antojo, como demuestran los conflictos enLibia o Siria. Actualmente, más de la mitad de la población siria -cerca de 14 millones de personas- se ha visto desplazada por el conflicto. Ocho millones, internamente. La respuesta europea ante esto ha sido llegar a acuerdo con el Gobierno de Ankara, que agrede a los refugiados y refugiadas en su ruta hacia Europa, ha cerrado sus fronteras y efectúa devoluciones en caliente a Siria.

Afortunadamente, durante el último lustro hemos asistido a una reflexión colectiva y una toma de conciencia que ha llevado a grandes sectores de la población a cuestionar muchos de los consensos sobre los que se construye el statu quo. Uno de esos consensos que se habían establecido y que comenzamos a cuestionar es el de la bondad de todo lo que lleva el sello de Bruselas.

Al igual que ocurre con las medidas de austeridad, empezamos a despertar para luchar en contra de las políticas racistas que dicta la UE. Frente a ellas, las vecinas y vecinos de los barrios populares han decidido rechazar lo impuesto por los poderes y se han unido para frenar las redadas racistas o dar refugio a las personas recién llegadas.

El disfraz de Schengen

Sería ingenuo pensar que la Unión Europea no ha sido desde su inicio un proyecto al servicio de los intereses de las élites y que uno de sus pilares, la política fronteriza común, no estaba al servicio de esos mismos intereses impuestos por las instituciones financieras.

Schengen se disfrazó de símbolo de la libertad y del fin de las fronteras en la Unión Europea, pero realmente supuso una libre circulación de capitales y de mano de obra barata del sur y el este hacia el norte y el oeste del continente. Sin embargo, cuando dejó de resultar rentable, no hubo ningún problema en revertir esa situación, tal y como demuestran las expulsiones de ciudadanas y ciudadanos comunitarios desempleados de países como Bélgica.

Ahora la situación es similar, pues cuando estas personas son más y vienen de más lejos, la respuesta de los poderes europeos está siendo más agresiva. Se han saltado sus propias normas cerrando fronteras internas sin que los encargados de velar por el cumplimiento de las mismas hayan movido un dedo, lo cual contrasta con lo que ocurre cuando un Estado intenta hacer las cosas de manera diferente.

Cuando el ministro de Interior griego se negó a realizar devoluciones en caliente a Turquía, la propuesta con la que respondió su homólogo belga durante una reunión del Consejo de la Unión Europea fue que hundiera las barcas con las que migrantes y refugiadas cruzan el Egeo. Ha habido una campaña de chantaje contra el único Gobierno que se negó a acatar completamente los dogmas de la Europa fortaleza, mientras acataban las normas escritas que el resto ha incumplido sin mayor contratiempo.

Ahora, este chantaje se ha saldado con la militarización del mar Mediterráneo y del Egeo con la participación de la OTAN en un proyecto que las autoridades llevaban intentando materializar desde que en abril de 2015 la Alta Representante para Asuntos Exteriores de la UE, Federica Mogherini, presentó el plan EUNavforMed.

Forma parte del plan de desestabilización para imponer la hegemonía en toda la zona, pues serán los mismos destacamentos que han tenido presencia durante los conflictos de Oriente Medio y el Norte de África o en el de Ucrania, donde hubo una intervención militar para dar el apoyo a sectores ultraderechistas favorables al acuerdo con la Unión Europea.

Para lavar su imagen, las autoridades europeas han puesto en marcha una serie de medidas cosméticas y claramente insuficientes como un plan de reubicación para que los Estados puedan, voluntariamente a pesar del establecimiento de unas cuotas, habilitar plazas para acoger a personas susceptibles de convertirse en refugiadas.

Los números que la Unión Europea tenía como objetivo resultan claramente insuficientes, pero ni siquiera se han cumplido ya que el Estado español, por poner un ejemplo, no ha habilitado ni una sola plaza para el acogimiento. Además, parten de la concepción de que unas personas son más merecedoras de asilo que otras, permitiendo a los Estados mercadear con quienes acogen.

Algunos Estados de la UE han demandado que las personas a las que acojan en el marco de este programa sean cristianas, y otros que han solicitado profesiones concretas. Al final, la Unión Europea aplica cada día más la necropolítica, que, como dice Clara Valverde, es la decisión política de dejar morir a quienes no son rentables.

Parece que la Unión Europea sólo está dispuesta a dejar entrar a un grupo minúsculo de refugiadas y refugiados de clase media y con unos perfiles que puedan resultar rentables para ser explotados por las empresas, mientras que la inmensa mayoría mueren en las vallas y fronteras infranqueables de la Unión.

Su modelo no tiene que ver con el que comparte la mayoría social, basado en la dignidad de todas las vidas humanas y en el principio solidaridad. Ellos no creen en la expedición de visados humanitarios y las vías de acceso seguro que garantiza la legislación internacional.

Su modelo, el que impone la UE, es la prueba de ello, de que vivimos en una Europa donde las normas las dictan las grandes corporaciones, y los derechos son ficciones que se derrumban en cuanto su capacidad de producir beneficios para los poderosos empieza a ser cuestionada. En esta Unión Europea no hay cabida para romper con este dogma, que como el económico, imponen unos poderes que nadie ha votado. Y hasta que no cambiemos esta situación de raíz los beneficios de una minoría estarán por encima de los derechos de la mayoría.


Marina Albiol Guzmán, eurodiputada de IU y portavoz de la delegación de Izquierda Plural en el PE.

Jon S. Rodríguez, especialista en migraciones y Mundo Árabe.

Artículo publicado en el nº69 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2016.


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