No vengáis a Europa

“No vengáis a Europa. No creáis a los traficantes. No arriesguéis vuestras vidas y vuestro dinero. No va a servir de nada”

El mensaje, entre solemne y desafiante, que el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, lanzó el pasado mes de marzo, pareció escandalizar a muchos mandatarios europeos. Sonaba demasiado duro. O demasiado explícito. Mostraba la cara insolidaria y arrogante de Europa, la que no nos gusta ver. Así que hubo algún que otro comentario ligeramente crítico a la forma, no al fondo de la cuestión, de algunos gobernantes europeos y el indisimulado regocijo de otros, como el húngaro Viktor Orban o el polaco Jaroslaw Kaczynski, exponentes de una derecha xenófoba que se afianza en Europa a base de exacerbar el culto a una identidad nacional supuestamente amenazada por la llegada de personas refugiadas de Oriente.

El caso es que apenas dos semanas después de las rotundas y descorazonadoras declaraciones del presidente del Consejo Europeo, los países miembros de la Unión Europea aprobaron por unanimidad el vergonzoso acuerdo con Turquía, que avala el cierre de las fronteras de Europa a la población migrante y refugiada. Porque de eso se trata, de blindar Europa. Pero blindarla, ¿frente a qué? ¿Frente a esas familias sirias o iraquíes que huyen de la guerra, el caos, la catástrofe que asola su tierra? El dramático destino de esas gentes que arriesgan su vida y tantas veces la pierden en busca de una vida mejor, es el espejo en el que Europa se mira. En la mirada de “los otros” nos vemos a nosotros y nosotras mismas. Y lo que vemos es que Europa no es ese espacio de libertad que hace de la defensa de los derechos humanos la base de su identidad. Europa no es lo que pretende ser, sino lo que hace. Y lo que hace, lo que viene haciendo desde hace tiempo, son acuerdos preferentes con Israel, país que ostenta un récord en violaciones del derecho internacional y los derechos humanos; o con Marruecos, olvidando lo que este país hace en el Sáhara.

O en el caso de este último acuerdo con Turquía, en el que la Unión Europea mira para otro lado mientras el Gobierno de Erdogán cierra periódicos y bombardea localidades kurdas.

Finalmente es la versión más cínica e insolidaria de Europa la que ha aflorado en esta llamada “crisis de los refugiados”. Pero no es una versión nueva, lleva tiempo afianzándose.

Hay tertulianos, políticos y gente de la calle que habla de avalancha en las fronteras de Europa. No es un término inocente. Una avalancha nos hace pensar en algo imparable que irrumpe por la fuerza. Algo amenazante. Esas gentes que hemos visto en las pantallas de nuestros televisores, chapoteando en el barro, con sus hijos e hijas en brazos, tiritando bajo la lluvia, gaseados y apaleados por la policía de frontera de Macedonia… ¿Son ellos la amenaza? Si todos y todas ellas entrasen y se quedasen en Europa, algo que era improbable y que el acuerdo con Turquía ha hecho imposible, su presencia no tendría apenas efecto demográfico, representarían como mucho un 0,1 por ciento de la población de la Unión Europea.

Pero la cuota que finalmente la UE está dispuesta a aceptar, es mucho menor. Prácticamente irrelevante. Las 72.000 personas refugiadas que, una a una tal como establece el acuerdo, irían consiguiendo asilo en Europa, son un número muy pequeño si lo comparamos, por ejemplo, con los más de 200.000 soldados estadounidenses y británicos que en marzo de 2003 invadieron Irak. Eso si fue una avalancha. Eso si fue una invasión. Y eso fue también el inicio de la catástrofe que se ha abatido sobre toda la zona. Es de esa catástrofe de la que huyen desesperadamente esas personas que han quedado atrapadas frente a las puertas “blindadas” de Europa.


Editorial del nº69 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2016.


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