Leer a… Enrique Martínez Reguera

Enrique M. Reguera es cofundador de la Escuela de Marginación de Madrid (1978), entidad creada para preparar a personas que trabajan con menores que viven en situación de marginación, y fundador de varias asociaciones de la coordinadora de barrios, donde ha trabajado intensamente a favor de aquellas personas más débiles y desprotegidas. Lleva cincuenta años dedicados a la lucha por la infancia, revisando los supuestos pedagógicos que llevan a multitud de chavales y chavalas a la calle, lejos de sus familias y de su entorno. En palabras del propio autor: “Soy maestro por naturaleza, filósofo por afición y, por nada, psicólogo”.

Enrique cuestiona con vehemencia el papel de las instituciones estatales en todos sus libros, ya que, en su opinión, éstas sienten un profundo desprecio hacia estos pequeños y pequeñas y sus familias: “Se les judicializa, se les interna, y ya queda todo resuelto”. También se muestra especialmente crítico con la Ley de Protección Jurídica del Menor, una “norma de apariencias que estataliza a los niños y comete atrocidades con ellos”.

Paula Cabildo.
Paula Cabildo.

Acaba de cumplir 80 años y se mantiene muy joven y en forma. Prueba de ello es su último libro, Manifiesto personal contra el Sistema (Editorial Popular, 2015), en el que, con su acostumbrada sinceridad y eficacia no sólo plasma su testamento vital sino que arremete de manera contundente y sin “paños calientes” contra instituciones, medios de comunicación, ONG, subvenciones… y tantas y tantas flagrantes evidencias que ponen en entredicho un sistema ya putrefacto.

El trabajo de Enrique M. Reguera a lo largo de su vida se ha centrado en la infancia y la juventud, al igual que toda su obra. En algunos de sus ya legendarios libros, como en De tanta rabia tanto cariño (Popular, 2005), se desvela que el autor, crio en su casa en sucesivas tandas a medio centenar de chiquillos, chiquillas y adolescentes cuyas familias los atendían con dificultad. En Pedagogía para mal educados (2010) se destacan los grandes cambios que atraviesa nuestra sociedad y que determinan un tipo de “atención a la infancia” que repercute profundamente en las relaciones con sus familias y personal educador.

Tiempo de coraje (2006) refleja la cotidianidad que personas como Enrique M. Reguera viven con la infancia y juventud de nuestros barrios marginados: “De la mañana a la noche, sin saber de dónde ni porqué, nos encontramos en un mundo que no nos gusta ni estamos dispuestos a que sea el nuestro; en programas y proyectos que nos organizan, institucionalizan, vigilan y tutelan, desde su fe ciega en la eficacia del sometimiento”. El pedagogo es consciente del mal que hace institucionalizar la pobreza y la marginación. Así, habla de “la industria de la seguridad ciudadana” y durante un tiempo se dedica a recopilar todo lo que publicó la prensa sobre lo peligroso de la vida en Vallecas. El resultado de esta recopilación es La calle es de todos (2008), que habla de violadores en las esquinas, robos a mano armada y hasta niños de siete años peligrosísimos que tenían que poner ladrillos en los asientos del coche que estaban robando para poder llegar al volante[1].

Cuando uno se acerca y conversa con Enrique puede mantenerse alejado, sosteniendo una simple charla agradable con una persona educada, respetuosa y que habla de lo que centra su vida y su trabajo. Pero si queremos ver un poco más allá y entender qué es lo que hace a una persona dedicar su vida a las demás, percibimos una dosis de verdad con la que no damos en otras. Por ello, acercarnos a su obra hará comprender su pensamiento, su filosofía… y sus acciones, a veces difíciles de entender.

La lectura de uno de sus libros más filosóficos, Esa persona que somos. Desde la filosofía, la ética y la política (Popular, 2012), es ideal para esta comprensión. En esta obra intenta destacar la importancia del hecho de ser persona, advertir “que pese a las crecientes dificultades, las personas deberán seguir ahí, capaces de no rendirse, dispuestas a labrar su destino”.

“Quienes deseamos que la ley del más fuerte se cubra de herrumbre y descrédito, necesitamos consolidar nuestra condición de personas, porque la persona es la piedra angular sobre la que se consolidó la cultura de Occidente. Sin esa noción no tendría sentido hablar de identidad, libertad ni responsabilidad. De un tiempo a esta parte, estamos asistiendo a una repentina devaluación del hecho de ser personas”.

Pero Enrique M. Reguera no es un llanero solitario. Como decíamos, está desde hace años en contacto permanente con educadores y educadoras, centros de tutela, centros terapéuticos, educadores de calle, colegios y otros agentes, intentando hacer un trabajo conjunto, llamando la atención sobre ciertos aspectos de la marginación infantil que se obvian y que son fundamentales. Ante la pregunta “¿para qué debe servir un centro de tutela?”, él contesta: “Como prioridad ha de garantizar una buena crianza a los niños que tienen la mala suerte de que su familia no se la proporcione. Pero son un acuartelamiento que lo único que promueve es que los muchachos queden perdidos, sin amistades, sin parientes, sin vecinos, sin ambiente. Tienen que ser lugares muy temporeros, porque el niño tiene que vivir en su ambiente. (…) Si a un niño se le arrebatan todas estas pertenencias, se le está haciendo el daño más grande de su vida… Llevamos años comprobándolo, no se les da lo que necesitan, una buena crianza y reintegración en su propio mundo”[2].

En su discurso encontramos muchas veces una palabra bastante ausente en los planes educativos de cualquier signo político, en las leyes del menor, en cualquier discurso sobre infancia: la crianza.

“Como psicólogo puedo decir que, salvo raras excepciones, una entre millares, los niños no necesitan psicólogos, sino una buena crianza. Y esto es lo que no veo trabajar ni en los centros de tutela ni en los de reforma. (…) La crianza es una actividad personal, una transmisión de lo interior adulto a lo interior de un niño, labores estrictamente personales donde lo profesional es perjudicial, molesto y absurdo”[3].

Frente al tecnicismo y altruismo de moda, que convierten el tutelaje y la educación en un sistema de sometimiento, Enrique habla de otras formas de control y supervisión de la infancia en riesgo de exclusión social: sin desarraigo familiar y social, con control y por un tiempo medido y establecido, con un trato personal y no profesional, etc. En definitiva, lo que él lleva haciendo durante años en Vallecas… y que funciona.

Enrique M. Reguera denuncia en su último libro que “la ciudadanía ha sido objeto de un concienzudo programa que, a modo de lavado de cerebro, se propuso cosificarnos a fuerza de despersonalizarnos y deshumanizarnos”.

Porque “es necesario restaurar la conciencia, ese punto de feliz encuentro, en donde la razón y el corazón confluyen y se entienden si se escuchan”[4]. Pese a todo, es optimista y sigue pensando que los problemas tienen solución. Los niños son la solución, y en los ojos claros y profundos de Enrique M. Reguera se ve el fin del desamparo.


Clara Alonso (claracinta@gmail.com) es colaboradora de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº67 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2015.


NOTAS:

  1. El imaginario creado en torno a la delincuencia juvenil fue objeto de tratamiento en el III Encuentro Interprofesional sobre menores y jóvenes migrantes, celebrado en mayo de 2011 en Donostia y organizado por SOS Racismo. Ver artículos en la revista Mugak, número 56. Disponible en www.mugak.eu.
  2. Conclusiones del III Encuentro Interprofesional sobre menores y jóvenes migrantes.
  3. Ibíd.
  4. Reguera, Enrique M. (2015): Manifiesto personal contra el Sistema, Ed. Popular, Madrid. Citas de páginas 61 y 99.

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