Sáhara. La vida a ambos lados del muro

Cuarenta años después, el conflicto saharaui sigue afectando a la vida de miles de personas a las que se niega el ejercicio del derecho a la libre determinación. Empieza a nacer otra generación (la segunda) que sólo conoce la vida en el exilio o bajo la ocupación marroquí. Como en el resto de países del entorno, la población joven se rebela ante la falta de oportunidades y la imposibilidad de trazar un proyecto vital. En ese contexto, enfrentar de manera pacífica la vulneración de derechos civiles y políticos, pero también económicos sociales y culturales, se convierte en una batalla cotidiana.
Mujeres cruzando la calle en un barrio de mayoría saharaui en El Aaiún ocupado. Fotografía: Santi Gimeno.
Mujeres cruzando la calle en un barrio de mayoría saharaui en El Aaiún ocupado. Fotografía: Santi Gimeno.

Brahim recrimina a su hermano haber perdido la partida. Sus primos vuelven a ganar al dominó, una tarde más, en el campamento de Dajla. Los cuatro han estudiado en Cuba y a pesar de sus títulos universitarios sólo encuentran trabajo fabricando ladrillos de adobe. Por la puerta de la jaima en la que juegan se ve, a lo lejos, el tendido eléctrico que el gobierno argelino está instalando en la wilaya[1], pero la fecha definitiva de llegada de la corriente es toda una incógnita. Para entonces puede que ya se hayan mudado al campamento de Bojador, en el que, además de haber electricidad, los precios de los productos básicos son más bajos que en Dajla, alejada del resto de asentamientos en más de 150 kilómetros.

Recostados, intentando aprovechar la ligera brisa que ventila la tienda, recuerdan la semana que pasaron en la verdadera Dajla. Lo primero que hizo Brahim al llegar allí fue acercarse a la costa y tomar un té en el Samarkand, un restaurante del que había visto fotos en internet. El alma se le retorcía al ver pasar a los camareros con exquisitas sopas de pescado, bogavantes y hasta paellas. La riqueza de las aguas de su pueblo servida a tipos con cara de pocos amigos, que no paraban de resolver pingües negocios hablando por teléfono en dariya[2].

Dicen que el restaurante es propiedad de un saharaui que, a pesar de exponer el retrato del rey tras la barra, facilita encuentros entre activistas en los pequeños reservados acristalados de la terraza. Ese es el precio de la supervivencia en un territorio en el que se estima que el 80 por ciento de la población es ya colona. Adaptarse a un entorno económico, político y social dominado por la administración marroquí y las élites locales cooptadas, o morir.

En los pocos días que estuvo en Dajla ocupada, dos desconocidos diferentes le ofrecieron, entre susurros, el mismo trato: vivir allí, con un trabajo y una casa, empezar una vida nueva. Es verdad que conocía la historia de varios chicos de otras wilayas que habían aceptado pasarse al bando enemigo, e incluso de algunos que trabajan para mafias que introducían hachís en los campamentos, pero no sabía que el sistema de captación era tan directo. Entre eso y las reprimendas morales del barbudo de su vecino, a Brahim cada vez se le hace más difícil olvidar a la novia que dejó en La Habana.

La (in)acción de Naciones Unidas

Los cuatro primos pudieron vivir aquella experiencia porque fueron seleccionados para uno de los intercamen bios de visitas en los que familiares de ambos lados del muro pueden encontrarse tras años de separación. La iniciativa forma parte del programa de medidas de confianza impulsado por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, que también incluye seminarios culturales en los que participa sociedad civil saharaui con presencia de autoridades marroquíes y del Frente Polisario.

Uno de estos encuentros, celebrado en las Azores en marzo de 2014, contó con la asistencia de Athar Sultan-Khan, jefe de Gabinete del ACNUR. En su cuenta personal de Twitter colgó una foto en la que se le ve sonriente, entre melfas y darras[3], verdaderamente satisfecho por la inauguración del seminario. Pocos meses después, una cuenta anónima en esa misma red social empezó a filtrar cables diplomáticos de las embajadas marroquíes en Ginebra y Nueva York en los que quedaba en entredicho la neutralidad del mencionado Sultan-Khan. El escándalo afectaba también a importantes funcionaros del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos que supuestamente han favorecido de manera deshonesta la posición marroquí en el desarrollo de sus trabajos.

Los medios de comunicación apenas informaron del contenido de las filtraciones, y el mandato de la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) se renovó en abril de 2015 sin novedades, a pesar de que se había anunciado un giro importante en el manejo de las negociaciones. Tras la sombra de la primavera árabe, la emergencia del Estado Islámico y el drama de la inmigración, el conflicto saharaui se hunde todavía más en el listado de crisis olvidadas.

Joven haciendo el té en el campamento de población refugiada de Bojador (Argelia). Fotografía: Santi Gimeno.
Joven haciendo el té en el campamento de población refugiada de Bojador (Argelia). Fotografía: Santi Gimeno.

La (re)acción de las personas

En la actualidad, el programa de visitas en el que participaron Brahim y sus primos se ha interrumpido “debido a desacuerdos entre las dos partes sobre la lista de candidatos”, según el último informe del secretario general.

Por esta razón, la familia de Fatma, una joven refugiada, ha decidido viajar por su cuenta a territorios ocupados a través de Mauritania. La abuela de la familia, muy mayor y enferma, vive en la ciudad de El Aaiún, y su nieta sólo la conoce a través de fotos que su tía le envía por Whatsapp. Ambas pasan las largas jornadas de Ramadán jugando a acertijos tradicionales saharauis.

Entre acertijo y acertijo, Fatma le cuenta lo dura que a veces es la vida en los campamentos, cómo colabora con el reparto de ayuda alimentaria y los problemas que hubo el mes pasado en el suministro de agua. Ella es de Bojador, y aunque allí muchas jaimas disponen de aire acondicionado y algunas incluso de internet privado (expuestos a continuos cortes de electricidad), apenas se cumplen los mínimos estándares internacionales sobre derecho al agua o a la alimentación.

Estos sitúan en 2.100 las kilocalorías requeridas para cubrir las necesidades energéticas de una persona al día. Según las cifras de repartos de alimentos de la Media Luna Roja Saharaui, se supera esa cantidad a duras penas, y desde luego no en la variedad de nutrientes recomendada. En el aire queda el llamamiento que el Programa Mundial de Alimentos hizo en febrero de 2015, en el que alertaba sobre la falta de financiación para cubrir las necesidades de la población refugiada saharaui durante la segunda mitad del año. El frágil sistema de extracción de aguas subterráneas, depuración, distribución y almacenamiento en depósitos familiares no llega a cubrir los 20 litros por persona y día que establecen las normas mínimas para la respuesta humanitaria. A veces también se consume en condiciones de insalubridad, y en verano son habituales las diarreas entre la población refugiada.

Un primo lejano de Fatma, que la escucha mientras hace el té en la otra punta de la habitación, interviene en la conversación. Precisamente el colectivo mediático al que pertenece acaba de publicar una información sobre cómo las autoridades marroquíes están favoreciendo la gestión privada de ese recurso a través de corruptelas, y cómo la escasez y la mala calidad afecta especialmente a los barrios de mayoría saharaui al día.

Fatma le dice a su primo que no sabía que era un militante tan activo, y da gracias a Dios por su implicación en la lucha pacífica de su pueblo. Le cuenta que los chicos en los campamentos hablan de volver a tomar las armas, que están frustrados por la falta de oportunidades y que sólo piensan en emigrar a Europa. Otros, los más jóvenes, en conseguir dinero “como sea” para comprarse un Mercedes, por lo que aumenta el abandono escolar y la delincuencia. Pero también hay gente joven que, preocupada por la situación de su generación, ha empezado a trabajar para explorar las posibilidades de la no violencia y la defensa de los derechos humanos.

Fatma se lo está pensando, pero probablemente a su regreso a los campamentos se una a ese colectivo. Las dudas tienen que ver con su edad, 23 años, y con las prisas que le han entrado a muchas de sus amigas por casarse y tener una familia. Algunas de ellas tienen la cabeza echa un lío, y por influencia de los cánones de belleza tradicionales saharauis o de los nuevos modelos de mujer árabe que exportan los canales de televisión del Golfo Pérsico, toman medicamentos y productos para engordar y aclarar su piel. Acaban teniendo verdaderas enfermedades y problemas psicológicos que las pocas profesionales de salud mental que hay en los campamentos intentan prevenir a través de campañas de sensibilización. La falta de recursos y los recortes en cooperación también están mermando la existencia de proyectos de promoción de la salud sexual y reproductiva de las mujeres saharauis, verdaderas protagonistas del tejido social.

La vida a ambos lados del muro está llena de historias como las de Brahim y Fatma. Personas que ven como sus abuelas y madres mueren en el exilio o bajo la ocupación marroquí, y que desde luego no están dispuestas a repetir el mismo destino. Estamos asistiendo a una etapa de cambios, en la que la población joven mundial, altamente globalizada, cada vez tiene más capacidad para empujar la historia hacia nuevos horizontes. En el caso saharaui, el tiempo dirá si la defensa de sus derechos recibe el acompañamiento que se merece y sigue discurriendo por vías pacíficas, o si el radicalismo se apodera de sus posiciones.


Santi Gimeno es periodista y miembro del Seminario de Investigación para la Paz de Zaragoza (www.seipaz.org).

Artículo publicado en el nº67 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2015.


NOTAS:

1. Campamento.
2. Dialecto marroquí del árabe.
3. Vestimentas tradicionales saharauis.


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