De Siria no vienen árboles

“El hombre no es un árbol: carece de raíces, tiene pies, camina”, explicaba Juan Goytisolo hace once años en el Fórum de las Migraciones de Barcelona. El ser humano siempre se ha desplazado impulsado por su instinto de vida, por la búsqueda de lugares en los que satisfacer sus necesidades, las más y las menos elementales. Porque no hay qué comer, porque no hay empleo, porque no hay posibilidades de mejorar… Porque hay guerra (y por tanto, todo lo anterior y mucho más), porque no hay futuro. Hablamos de personas refugiadas, de migrantes, de la gestión de la “crisis de los refugiados sirios” por parte de las instituciones europeas y de las distintas posturas presentes en la ciudadanía.

Hoy, y según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados,  ACNUR, más de la mitad de las personas refugiadas en el mundo procede de sólo tres países: Siria, Afganistán y Somalia. Tras más de cuatro años, el conflicto en Siria ha originado ya más de cuatro millones de personas refugiadas y seis millones y medio de desplazadas internas. Sin embargo, el principal destino de las personas refugiadas no es Europa, a pesar de que éste sea el mensaje que parecen querer trasladarnos los medios de comunicación. La Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) maneja unas cifras muy diferentes: el 86 por ciento de las personas refugiadas en el mundo son acogidas en los países más empobrecidos. Sobre todo llegan a Turquía, Pakistán, Líbano, Irán, Etiopía y Jordania.

Pero, como decíamos, de pronto pareciera como si nunca nadie se hubiese ahogado en el Mediterráneo arriesgando todo por otro futuro, aunque ACNUR hable de más de 3.400 personas muertas de este modo en 2014. Pareciera que no supiésemos que Siria iba a estallar, que pensásemos que el enésimo acto de una guerra contra el terrorismo tan inverosímil como real no iba a tener ninguna consecuencia. Ni sobre la población de la zona, ni sobre otros países. Que ni tan siquiera íbamos a sentir incomodidad porque, sencillamente, no íbamos a enterarnos de casi nada. Oriente Próximo iba a continuar siendo una selva incomprensible, con sus dictadores, sus yihadistas, esas bombas y aquellas otras… y ya. Doce años más, quizás, que es lo que ha pasado desde Irak. Esta vez, la realidad saltó a las pantallas con más fuerza que de costumbre y Europa se quedó braceando y abriendo la boca como un robot con un cortocircuito. Desnuda completamente, desde sus instituciones comunes y sus gobiernos estatales a su ciudadanía.

De pronto, Alemania era el colmo de la solidaridad, a pesar de que en algún discurso Ángela Merkel quisiese abrir un abismo entre las personas refugiadas y las migrantes (“Para poder ayudar a los que están en una situación de emergencia tenemos que decirles también a aquellos que no lo están que no se pueden quedar aquí”). El gobierno húngaro, el horror, la inhumanidad. Las instituciones europeas, subastando personas (el vídeo de CEAR “¿Quién da menos?” es, como la guerra contra el terrorismo, tan inverosímil como real).

¿Y qué ocurre con la ciudadanía europea? Que está igual de dividida. Hay gobiernos locales implicados; asociaciones con trayectoria muy comprometidas ayudando en lo que pueden; personas que quieren implicarse directamente por primera vez en algo así; personas que dicen que “bueno, no está mal ayudar, pero bastante tenemos acá, ¿no?” y personas (¿?) que se visten del Ku Klux Klan y tiran piedras y petardos a autobuses llenos de refugiados y refugiadas. Y está el miedo detrás de casi todo, de un modo u otro.

En líneas generales, la gestión de esta crisis por parte de la Unión Europea demuestra que la movilidad de los seres humanos sigue siendo vista como una gran amenaza. Y mientras el eco de la “crisis de los refugiados sirios” va perdiendo fuerza estos días en los grandes medios, no sabemos si para desaparecer o para regresar en algún momento con fuerza, van llegando noticias que nos demuestran que hablamos de algo complejo de abordar en la práctica desde todos sus ángulos, como las violaciones de mujeres y menores en los centros de refugiados de Alemania.

Como es habitual, cuesta encontrar en los medios con más audiencia no ya reflexiones, sino guiños a la complejidad de los hechos. Se mezclan conflictos, terrorismo islamista, mafias y contrabando, derechos de las personas refugiadas y migrantes, derechos de las personas “pobres de acá”… Se mezclan, pero no se hilan, no se habla para las grandes audiencias de relaciones Norte-Sur desiguales, donde siempre gana la misma parte, ni de intervencionismo económico y militar. No se habla de clases sociales ni de neocolonialismo, en definitiva. Mientras, termina de gestarse otra guerra “humanitaria”, que será también retransmitida e increíblemente aplaudida.


Editorial del nº67 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2015.


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