Cine mexicano: Hay vida entre el rancho grande y los narcofilms

Tras ser detenido, Edgar Valdez, “Barbie”, uno de los narcos más buscados en México, además de admitir ser el líder de un grupo criminal internacional, reconoció haberse gastado un millón de dólares en producir una película sobre su vida. Este filme no ha sido público ni jamás será estrenado en salas comerciales, porque el conocido como 'narcocine', que muestra un retrato de ficción basado en las “hazañas” y andanzas de estos líderes del crimen organizado, cuenta con una distribución muy encauzada a través de DVD. Un modo de acercarse a la dura realidad del narcotráfico y las migraciones muy diferente a otras producciones que podríamos enmarcar en una nueva etapa dorada del cine mexicano.
Paula Cabildo.
Paula Cabildo.

Las narcopelículas están disponibles en multitud de negocios del norte de México, principales capitales del país y sur de Estados Unidos, y esta distribución es una importante fuente de negocio per se, ya que su popularidad y seguimiento por un amplio segmento de público es muy notable. Se suelen realizar con presupuestos muy pequeños, su edición y posproducción en ocasiones es muy deficiente y las interpretaciones también son muy toscas y estereotipadas, pero de lo que no cabe duda es de que son un elemento más de la creciente y preocupante influencia del conflicto del narcotráfico en la cultura mexicana. Lo mismo ocurre con los narcocorridos en el caso de la música.

Son muchos los títulos que forman parte de la cultura popular norteña cuyos protagonistas son auténticos ídolos, sobre todo entre grupos de gente joven. La película El cochiloco marcó un punto de inflexión importante dentro de este cine de tráfico informal, pero cabe destacar dos películas, entre los cientos de filmes que continuamente aparecen en el mercado, y que se han convertido en referentes de este ámbito. El Pozolero, dirigida por Juan Manuel Romero, narra la historia del narco Santiago Meza, cuyo currículum incluía, entre otras delicadezas, el haber disuelto más de 300 cadáveres en ácido, convirtiéndose esta peculiar habilidad en el eje argumental principal de esta sangrienta producción. Narcofosas, de Miguel Marte, autor de más de 150 películas del “subgénero”, cuenta la historia ficticia sobre una fosa común de las que tantos cientos se han hallado en México desde 2006. El mismo Marte reconoce en una entrevista no haber conocido jamás a un narcotraficante, pero, a la vez, afirma que los “los narcos causan sensación al ser humano, son personajes ideales, son violentos, usan armas, tienen camionetas y mujeres”[1].

A pesar que a priori esta afirmación pueda causar cierto escalofrío, sobre todo por venir de algo que podríamos asimilar a un particular submundo cultural abominable por estar tan cercana a una realidad aborrecible, lo cierto es que no tiene nada de original. Digamos que forma parte de la esencia de una buena porción de la historia del cine muy importante, y quizás al respecto sea oportuno recordar el cine que practican gente tan reconocida como Scorsese, Tarantino y tantos otros.

Efectos de los narcofilms

Estas historias heroicas incluyen duras críticas a las autoridades locales y fuerzas de seguridad, a quienes muestran en ocasiones como personajes endebles, serviles y corruptos vinculados a las bandas criminales. También critican la cobertura mediática del problema del narco y las migraciones en la frontera, y en otras desgraciadas ocasiones estos filmes se interpretan como claras amenazas y desafíos dirigidos a determinados grupos de población, autoridades locales, cargos políticos y sobre todo a cárteles rivales y grupos organizados dedicados a pasar inmigrantes por la frontera.

Por otro lado, en la medida en que aparecen como un muestrario de lujos, despilfarros y desmanes sólo al alcance de unos pocos, además de exhibir impúdicamente el fácil acceso a una vida de derroche, poder y violencia, actúan como un detonador de primer orden para el reclutamiento y atracción de jóvenes a los círculos de acción y protección del narco, convirtiéndose muchos de ellos y ellas en presas e incluso en víctimas rápidas de este imaginario.

A esta derivada también influye la pobreza inmisericorde y el desigual acceso al trabajo, la educación y los servicios básicos a los que una parte importante de la población del norte del país se ve abocada. En definitiva lo dicho hasta ahora no deja de ser un detalle más que añadir a una situación que empieza a tener las hechuras de un problema ya de naturaleza estructural por el hecho de estar imbricado en numerosos órdenes de la vida política, social, económica y cotidiana del país y que está condicionando el potencial y pujante desarrollo de una buena porción de una generación de jóvenes cuya falta de perspectiva acaba empujándolos a unos indeseables ámbitos de desecho y cloaca.

¿Nueva época de oro?

Pero dejando de lado el “particular movimiento cultural” que hemos nombrado y que sin duda está ocupando una parte importante de cierto constructo cultural de base del país, el cine mexicano y de autores mexicanos nos viene obsequiando desde hace unos años con una nueva etapa de virtud, creatividad y productividad que bien podríamos acercar a una segunda época de oro (la primera tuvo lugar entre 1936-1957, siendo su punto de inflexión y despegue más notable la película Allá en el rancho grande).

Este arranque del cine mexicano vino determinado en primer orden por un cine-reminiscencia de las grandes gestas revolucionarias, el porfiriato, Pancho Villa y el western charro, así como la notable influencia de los nuevos cineastas europeos de la UFA o Eisenstein, que rodó abundantemente en México. A esto evidentemente hay que sumar el importante movimiento artístico liderado entre otros por Diego Rivera y que tuvo gran relevancia en el cine del momento. En segundo lugar, este arranque fue impulsado por el talento y capacidad de un buen ramillete de productores, directores, actores y actrices que lideraron un grupo importante de películas, entre quienes  cabría destacar a Pedro Infante, Tito Guízar, Lupe Vélez, Jorge Negrete, Emilio Indio Fernández, Pedro Armendáriz, María Félix y Dolores del Río, así como al genial fotógrafo de cine Gabriel Figueroa y al de foto fija Manuel Álvarez Bravo.

A estos sin duda hay que añadir el particular potencial y el elemento diferenciador que aportaron lo que podríamos llamar el grupo de los exiliados, entre los que cobra especial importancia la figura de Luis Buñuel, que con su cine de contrapunto al de la industria local logró darle un realce internacional y cultural sin precedentes, con un claro marchamo de cine enraizado en la cultura mexicana y en los particulares modos profesionales y de producción propios del país. De todas las películas que allí realizó este director es preciso citar el neorrealista-surrealista filme Los olvidados, que narra la cruel vida del joven Jaibo, que desde la pobreza y la marginación se ve abocado a una espiral de violencia de trágicas consecuencias.

En tercer lugar, hay que señalar que este auge también es debido a la geoestrategia posterior a la II Guerra Mundial, donde la influencia de EEUU y la URSS hicieron de esta particular industria un ámbito para la injerencia política y económica muy significada y que sin duda influyó tanto en el modelo cinematográfico como en la repercusión y distribución que éste cosechó. Desde entonces hasta ahora el cine mexicano ha tenido importantes altibajos, pero nunca ha dejado de ser un referente mundial, no sólo por las producciones propias sino también para buena parte del cine latinoamericano. Se ha convertido en referencia para los grandes focos industriales mundiales, especialmente europeos y norteamericanos, por sus coproducciones y también por sus festivales propios, como el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, el DOC DF, el Festival Morelia o el Durango.

Esta nueva era de éxito del cine mexicano no tiene lógicamente los mismos condicionantes antes citados. Merece la pena empezar destacando una diferencia importante referida a la injerencia económica por parte de las grandes potencias mundiales (no en producción, sí en distribución), que, en vez de apostar por el apoyo y tutela de la industria local y el desarrollo interno, optan directamente por adoptar e incluso nacionalizar una parte importante de la “capacidad industrial” de algunas y algunos de los nuevos y talentosos actores y directores. Además, se observa y denuncia un importante desequilibrio en las salas de estreno del país entre las producciones propias y las extranjeras, especialmente las norteamericanas.

De aquí viene la creciente y natural queja de sus profesionales con respecto al deficiente apoyo de la administración pública mexicana y a la mermada posibilidad de distribución interna de su propio cine, en no pocas ocasiones más reconocido en el exterior que en su propia casa (como así se ha denunciado en la última gala de entrega de los premios Ariel, y como se puede comprobar regularmente mediante el elevado número de películas seleccionadas y premiadas en los principales festivales de cine del mundo, con poco impacto en los cines mexicanos).

La principal razón de esta nueva época dorada reside en el talento y virtuosismo de las nuevas y nuevos directores, actores, guionistas y productores mexicanos, que están mostrando una capacidad de hacer cine de alta calidad en multitud de géneros y ámbitos de lo más diverso y que gozan de un reconocimiento mundial unánime. Entre ellos cabe destacar a Michel Franco, Carlos Reygadas, Claudia Saint-Luce, Enrique Rivero, Fernando Eimbcke, Carlos Cuarón, Eugenio Derbez, María Chenillo, el incombustible e imprescindible Arturo Ripstein o los documentalistas Roberto Fiesco y el mexpañol Javier Espada.

Otra de las razones que argumentan la vigencia de esta cinematografía viene determinada por la propia realidad del país y el compromiso de un grupo de autores que han optado por reflejar mediante el cine la cruenta y violenta realidad a la que se encuentra sometido México. Esto ha derivado en un buen ramillete de películas, con distinta suerte y propósito, que se circunscriben en el mundo y consecuencias del narco y la migración y que se han convertido en un importante foco de atención tanto de la industria como del público en general. En este sentido no sólo cabe hablar de la producción propia, que sin duda es la más importante y voluminosa, sino también destacar la importante influencia que tanto el tipo de cine realizado por los mexicanos, como las propias características del problema en el norte del país, han ejercido en otros cineastas de fuera que se han acercado a esta realidad y a este entorno para dar sentido y fondo a sus propias películas y series televisivas, como Breaking Bad.

Es por esto que al hablar de cine comercial sobre el narco y las migraciones no se puede hablar de un género, tampoco de una etiqueta asociada al cine violento sin más, y muchísimo menos del narcocine al que hacíamos referencia al inicio. Pero es normal que el público mexicano en particular, y el internacional en general, respondan en taquilla de una manera tan interesada ante películas sobre esta temática, porque la gravedad de lo que está sucediendo requiere de espacios para poder acercarse y reflexionar, y contextos que, aunque a veces inverosímiles y exagerados, puedan poner humanidad, punto de vista y crítica sobre una situación muy dura y catastrófica.

Desde el agravamiento del problema de la migración y el narcotráfico en 2006 han aparecido numerosas producciones con vocación de distribución internacional y gran impacto, aunque con distinta suerte. Destacamos, para finalizar, las siquientes: Heli (Amat Escalante), El infierno (Luis Estrada), Miss Bala (Gerardo Naranjo), Bala mordida (Diego Muñoz), Norteando (Rigoberto Pérez), El velador (Natalia Almada), Levantamuertos (Miguel Nuñez), Días de gracia (Everardo Gout), Salvando al soldado Pérez (Beto Gómez), Sicario (Dennis Villeneuve), y la sobresaliente La jaula de oro (Diego Quemada); así como los documentales: Narco Cultura (Shaul Schwartz), y Who is Daisy Cristal (Marc Silver).

Sin duda el actual panorama cinematográfico mexicano, narcocine aparte, está protagonizando una nueva época dorada de referencia mundial tanto por su pluralidad y conciencia como por su calidad. No debemos, por tanto, perderlo de vista, y ojalá que su impacto cultural, industrial y de sensibilización pueda tener un grado de penetración de acuerdo con la paz, la justicia y el disfrute ocioso e intelectual que una buena parte del país necesita y merece.


José Alberto Andrés Lacasta forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº66 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2015.


NOTAS:

  1. Sic. J.Miglieri, BBC Mundo, México.

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