La crisis de la izquierda mexicana: Entre la subalternidad y el antagonismo

Decir que la izquierda mexicana está en crisis se convirtió en un lugar común que se instaló en los últimos años como una convicción generalizada en la opinión de ciudadanos y analistas y, en particular, lo que es más significativo y disruptivo en clave histórica, en una generación entera, con una creciente animadversión desde la masacre de Iguala y la desaparición forzosa de los 43 normalistas de Ayoztinapa. Una generación que, desde el #YoSoy132 y pasando por el movimiento actual, se moviliza y politiza sin rumbos claros ni cristalizaciones organizacionales durables pero con fuerza, radicalidad y potencial subversivo que, aún en ausencia de firmes anclajes clasistas y prístinas referencias ideológicas, parece ser la única esperanza para la construcción-reconstrucción de una izquierda antagonista y antisistémica con cierta presencia e influencia en México.
Iñaki Landa.

Iñaki Landa.

La idea de crisis, con su polisemia, permite enfocar dos niveles problemáticos y estrechamente articulados de la vida de las izquierdas, el del desgaste o desaparición de sus formas “efímeras” (partidos, organizaciones o movimientos), pero también el debilitamiento y al mismo tiempo la oportunidad de su revivificación como movimiento histórico, como conjunto de distintas y difusas formas de organización, como posturas y prácticas políticas surgidas de un marco común de ideas y actitudes, en particular de una cultura de la crítica y una disposición a la lucha. Decía Gramsci que la crisis era un interregno entre lo viejo que moría y lo nuevo que nacía, lo que podría traducirse, en el México de hoy, en la sobreposición de la crisis de una izquierda subalterna que no termina de morir y la emergencia de una izquierda antagonista que no acaba de nacer.

Raíces y pasajes de una crisis

La crisis de la izquierda mexicana en su conjunto tiene un trasfondo histórico, una profundidad societal. En este nivel aparece la cuestión central: los vaivenes de la lucha de clases en México no soportaron, sostuvieron o impulsaron uno o varios proyectos de izquierda antisistémica sólidos, expansivos y duraderos, sino que más bien cobijaron fenómenos esporádicos e inorgánicos de movilización.

Se podría fácilmente argumentar que eso ocurrió en México como en otras partes del mundo, en una época de restauración neoliberal, pero en América Latina existen experiencias mucho más significativas en cuanto a resultados institucionales y dinámicas y arraigos sociales. En 2006 no se estuvo en México lejos de un escenario “latinoamericano”, es decir, de una crisis política generada por la irrupción de un movimiento popular, que podía haber dado lugar a un gobierno progresista encabezado por Andrés Manuel López Obrador[1].

Cito algunos pasajes críticos para tratar de dar un panorama de época. Ésta arranca en 1988, un año antes de la fecha que marca el giro de la historia mundial, demostrando que la caída del muro de Berlín no fue el acontecimiento decisivo para la izquierda mexicana.

El movimiento democrático de 1988, a pesar de la derrota que implicó la objetiva consumación del fraude electoral, dejó un saldo político subjetivo y organizacional importante al reanimar y articular varios sectores de izquierda[2]. Estos sectores no lograron impulsar un ciclo ascendente de luchas y tuvieron que replegarse inmediatamente en una línea defensiva frente a la ofensiva del neoliberalismo salinista, cuyo carácter ilusorio fue desmitificado con eficacia no por la presión de la izquierda existente en ese momento sino por el levantamiento zapatista de 1994, seis años después. Esos años de resistencia costaron muchas derrotas políticas e ideológicas, y muchos asesinatos de militantes de izquierda.

Desde 1994, el impacto del zapatismo abrió un nuevo ciclo de luchas y de antagonismo en el cual se forjó una nueva generación de militantes que se proyectó a nivel internacional en los albores del altermundismo e inauguró una serie de tendencias novedosas en el terreno de los imaginarios y los discursos, así como en las dinámicas organizacionales. A pesar de todo, el zapatismo quedó atrapado en la fallida táctica de forcejeo-negociación con el Estado y no logró generar una ruptura real en la política nacional. Mientras el zapatismo alternaba resistencia local en Chiapas, presión y agitación a nivel nacional, el PRD ganaba espacios en gobiernos estatales con la esperanza de una lenta acumulación de fuerzas, una larga marcha en las instituciones que se estrelló en la alternancia gatopardista de PRI y PAN.

En el año 2000 el sistema político se reconfiguró en un nuevo formato conservador, pasó del derrumbe del salinismo, de la crisis múltiple y orgánica (económica, del neoliberalismo hegemónico y del sistema de partido de Estado), a una lograda reconfiguración conservadora, al eficaz cierre de filas de las derechas mexicanas. Mientras tanto, es cierto, no dejaban de darse luchas sociales, obreras, campesinas, indígenas, ordinarios escenarios de conflicto y de antagonismo difuso, irreductibles en sociedades capitalistas, pero tendencialmente dispersos, efímeros, sin producir acumulación ni articulación política y con resultados contradictorios, generalmente no alcanzando sus demandas. La persistencia de un entramado de organizaciones gremiales tendencialmente progresistas, clasistas y combativas es condición necesaria pero no suficiente para que prospere una izquierda antagonista y antisistémica.

En este clima conservador se inserta la retirada del EZLN después de la Marcha del Color de la Tierra en 2001, a raíz del incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, cuando dejó de asumir iniciativas políticas de alcance nacional y se replegó en la construcción de la autonomía de hecho, para volver sólo cuatro años después a lanzar la propuesta de La Otra Campaña.

La huelga de 1999 en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) puede servir de ejemplo de lo contradictorio de las luchas de esta época. Un movimiento que arrancó con fuerza y legitimidad y obtuvo resultados objetivos al impedir la introducción de las cuotas, posteriormente se fragmentó, enroscó y terminó restando más de lo que había logrado sumar con respecto a la construcción de espacios de organización y capacidades de movilización.

Entre 2001 y 2005, entre el repliegue del zapatismo y la involución institucionalista del PRD, las esporádicas y desarticuladas luchas sociales quedaron huérfanas de referentes políticos izquierdistas y, en el mejor de los casos, generaron y sostuvieron valiosas trincheras comunitarias. La coyuntura de 2006 llegó así, como lo había hecho el zapatismo en 1994, como un relámpago en un cielo despejado, luminoso pero efímero, espectacular pero solitario. No logró provocar una ruptura sistémica, ni siquiera una brecha política a nivel institucional, como ocurrió en varios países latinoamericanos alrededor de ese año.

En las grietas que se abrieron en el temblor político de 2006 se vivieron experiencias de movilización de gran magnitud e intensidad que polarizaron la sociedad mexicana y reavivaron el clasismo (aún en una versión plebeya) como principio político-ideológico en un país en donde el interclasismo había sido históricamente, desde la revolución de 1910-20, el dispositivo hegemónico, de la mano de su correlato nacionalista, más recurrente y eficaz.

Las expresiones más radicalizadas, como la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) y La Otra Campaña, quedaron en segundo plano. Como en 1988, la lucha contra el fraude de 2006 fue una gran experiencia de subjetivación política y generó y revitalizó el tejido organizacional de base, volvió a conectar formas y lugares de la lucha política y social pero, al mismo tiempo, a nivel objetivo, no dejó de ser una derrota.

En efecto, el fraude se consumó y, además, resultó sorprendentemente exitosa la estrategia del Gobierno de Felipe Calderón de desatar la “guerra contra el narco”. Este clima bélico le permitió no sólo atrincherarse y legitimarse detrás de la investidura presidencial de jefe de las Fuerzas Armadas, sino también reconfigurar totalmente la agenda política y despolitizar el debate centrándolo en el tema securitario, con toda su carga reaccionaria.

Así se entiende, más allá de los perfiles personales, que un presidente que, como Salinas, tomó posesión en medio de las protestas, no se limitase a la ordinaria administración como Vicente Fox sino que, una vez debilitada la oposición, respondiese a sus grandes electores al retomar la agenda privatizadora neoliberal, atacando frontalmente al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) para eliminar un obstáculo a una futura privatización, como se verificó con la reforma energética posterior.

Las luchas sociales del período oscilaron entre la heroica pero trágica defensa del SME a la exitosa oposición a la privatización del petróleo impulsada por el naciente Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Los ecos de las movilizaciones del 2006 se dispersaron entre el sonido de las balas y la criminalización de la protesta, que fue el corolario, intencionalmente calculado, de la militarización del país. Los movimientos pasaron a la defensiva. Sólo en este contexto militarizado, resistencial y de debilidad de la izquierda se puede entender la emergencia y la centralidad que adquirió temporalmente el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) encabezado por el poeta Javier Sicilia.

Bajo este mismo prisma se puede explicar por qué las elecciones de 2012, a pesar de los agravios acumulados, no fueron igualmente disputadas que las de 2006. No tanto o no sólo por la imposición construida mediáticamente, sino por una correlación de fuerzas que, desde el episodio de 2006, volvió a reconfigurarse a favor de las clases dominantes. Mientras la nueva y moderna izquierda perredista estaba absorbida en la pragmática palaciega y el movimiento obradorista era incapaz de cumplir sus proclamas, el desafío mayor surgió desde afuera, al margen de los equilibrios políticos establecidos a lo largo del sexenio, desde el grito de indignación de la juventud en el movimiento #YoSoy132.

La espectacular pero efímera trayectoria de este movimiento respondió a un patrón bastante común en nuestros tiempos: en medio de la resistencia difusa, con izquierdas políticas débiles y/o poco presentables, surgen esporádicos estallidos que sacuden a la sociedad pero no logran generar una ruptura, ni dejar un legado organizacional durable, sino un bagaje de experiencias significativas que no desaparecen pero tienden a dispersarse.

La crisis de la izquierda subalterna

Iñaki Landa.

Iñaki Landa.

A este patrón parece corresponder también la coyuntura actual, a menos que intervengan elementos y factores que catalicen la indignación y la movilización, que la politicen, clasifiquen (en el sentido de clase) e izquierdicen. Izquierda-partido e izquierda-movimiento son ámbitos que históricamente suelen contaminarse mutuamente, ya que los partidos surgen y se desarrollan en el ambiente izquierdista de las luchas sociales, ambiente difuso que los partidos pretenden estructurar, densificar y politizar, y viceversa: las prácticas difusas se retroalimentan o se proyectan hacia perspectivas, referencias y modalidades organizacionales que les otorgan fuerza, coherencia y sentido en relación con la contienda por el poder.

Este vínculo orgánico, que en la práctica nunca opera perfectamente, en México parece haberse irremediablemente roto por la separación entre, por una parte, los tres polos de la izquierda partidaria (el PRD en su versión Nueva Izquierda, los defensores del PRD histórico y el posperredismo obradorista organizado en Morena) y, por otra, el campo más difuso y diverso de posturas y militantes en movimientos, organizaciones sociales, colectivos y otras expresiones que habitan distintas trincheras de la sociedad civil, hasta llegar a expresiones individuales.

Si esta fractura es un abismo para el PRD novizquierdista, también es visible en el caso de los nostálgicos del PRD histórico, y cabe preguntarse si Morena tiene recursos éticos y políticos para mantenerse vinculado y anclado a la izquierda difusa, para convertirse en un instrumento político que la potencie y, a la vez, ser percibido como tal.

Si el síntoma es la fractura y la distancia entre la izquierda partidaria, institucionalista y electoralista, y la izquierda socialmente difusa, queda por detectarse la enfermedad. ¿Qué es lo que está en crisis o la generó? ¿Existe una crisis de proyecto? ¿Qué proyecto? ¿El proyecto de la Revolución Democrática de 1988 o su versión más institucionalista, que se desarrolló a partir de 1997, o el proyecto de Nueva Izquierda que se vuelve totalmente dominante después de 2006? ¿Se trata de tres variantes de una misma línea política fundamentalmente institucionalista o de una progresiva deriva hacia el institucionalismo exasperado de Nueva Izquierda?

La descomposición del perredismo (que arranca ya de tan lejos que puede confundirse con su misma trayectoria histórica) se presenta fundamentalmente como moral, como una progresiva pérdida de valores y de aumento de la corrupción. Al mismo tiempo, y sin negar la profundidad de lo anterior, si de izquierda estamos hablando, es decir, de un proyecto de transformación social, y no sólo del clivaje honestidad/corrupción, la crisis del PRD es política en toda la amplitud de la palabra.

Desde la reforma de 1978, que legalizó a las izquierdas socialistas abriéndoles la puerta de la participación electoral, pero de forma acelerada a partir de 1997, cuando empezaron a ocupar espacios de gobierno, los énfasis y los acentos fueron pasando del uso instrumental de la democracia electoral y representativa para visibilizar y promover la lucha de clases al uso clientelar de la organización popular como plataforma para sostener candidaturas y garantizar reservas de votos. El institucionalismo, con su corolario de electoralismo, caracterizó la forma del partido, sus prácticas y discurso, le confirió un inequívoco rasgo subalterno tanto por su subordinación frente a otras fuerzas (políticas y económicas) como porque impulsa la conservación de las estructuras de dominación y, por lo tanto, la perpetuación de la subalternidad.

La crisis del PRD se manifiesta inclusive en sus propios parámetros, ya que, salvo en el Distrito Federal (DF), no alcanzó los resultados electorales ni logró una duradera penetración institucional, elementos empleados para justificar el vuelco electoralista y la paulatina y consiguiente desizquierdización. A pesar de los resultados electorales decepcionantes, la disputa por la penetración institucional se asentó como fin estratégico y pasó a ser la razón de ser de una fuerza política inexorablemente institucionalizada en su concepción de la política y del cambio social, aunque mantuviera, hasta cierta fecha, alguna base social organizada y uno que otro lazo con organizaciones y movimientos populares.

La transición de un sistema de partido de Estado se orientó paulatinamente al bipartidismo PRI-PAN para culminar en el tripartidismo de Estado con el PRD. En esta deriva, la noción de izquierda terminó siendo simplemente geométrica y por ello sistémicamente aceptable, una distinción formal sin ningún trasfondo real, aséptica, legitimadora y no amenazante, con el único rasgo distintivo, más allá de la episódica retorica nacionalista anti-privatizadora, de una mayor atención hacia la política social (aunque sin rebasar el asistencialismo de las políticas públicas priistas pre-neoliberales).

Es cierto que Morena surgió en contraposición a varios aspectos de la deriva institucionalista encarnada por Nueva Izquierda y que sostiene posturas que, en varios puntos substanciales, la distinguen: más progresista, más nacional-popular, más basista-movimientista, más opositora, más atenta a la cuestión ética, etc. Al mismo tiempo, es evidente la oscilación o ambigüedad según los escenarios, los interlocutores y las prácticas de un movimiento cuya base social es, en varios lados, genuina expresión organizada de las clases subalternas, mientras que la mayoría de los cuadros y la dirigencia provienen de grupos y fracciones formadas en el PRD, muchos de ellos con antecedentes en el PRI.

En 2010, en vísperas del surgimiento de Morena, sugerí que esta nueva organización drenaba el alma política e histórica del PRD3, el proyecto de revolución democrática, dejándolo como cascarón, como sigla que podía sobrevivir nominalmente pero que moría al vaciarse de su sentido político e histórico. En este sentido, si bien es cierto que Morena está avanzando un proyecto político sensiblemente distinto al de Nueva Izquierda, no rompe con la lógica de una revolución democrática acotada a los marcos institucionales vigentes. Morena intenta refundar el PRD (o actualizar este proyecto histórico) con la única diferencia de un perfil plebeyo y de base más marcado, de un discurso más confrontacional y de un menor peso interno de cuadros y grupos con relativa independencia del liderazgo carismático.

Al margen de sus aspectos coyunturales, la crisis de fondo que aflora es una crisis del proyecto histórico en su conjunto y, por ello, la recuperación de la pureza de los orígenes que evocan tanto Cárdenas, explícitamente, como López Obrador, implícitamente, parece insuficiente para ofrecer una salida a la altura de las circunstancias, que implicaría una refundación de la izquierda como fuerza antagonista y antisistémica que se nutra fundamentalmente de procesos de politización, organización, movilización y radicalización.

A la luz de un avanzado proceso degenerativo y de la desaparición de los 43 se cerró definitivamente el ciclo histórico iniciado en 1988, un ciclo protagonizado por una forma determinada de la izquierda mexicana. Se abre un necesario e inevitable proceso de refundación de la izquierda que implica, aún en medio de inevitables elementos de continuidad, fuertes dosis de ruptura y de discontinuidad que no pueden ser procesadas desde los espacios partidarios existentes, sus cuadros, sus coordenadas ideológicas y sus culturas políticas. Aunque es posible que estos espacios no desaparezcan e inclusive, como en el caso de Morena, crezcan y prosperen electoral e institucionalmente, tendrá que emerger de un factor nuevo, posiblemente generacional. Una izquierda antagonista y antisistémica sólo puede surgir desde el exterior del perímetro sistémico en el cual se colocó históricamente el PRD y siguen colocándose sus herederos.

El antagonismo como oportunidad

Aunque no se compartan sus posturas y hasta se les atribuyan más o menos graves responsabilidades políticas, la crisis histórica de la izquierda institucionalista y subalterna es objetivamente un dato negativo porque debilita el campo popular, y es consecuencia (y no sólo causa) de una serie de derrotas acumuladas por el movimiento popular en su conjunto. Estaríamos infinitamente mejor si fuera el institucionalismo de la izquierda subalterna el proyecto político dominante en el país.

En medio de la persistente subalternidad, en México es recurrente, como decíamos, la emergencia de expresiones socio-políticas de antagonismo, de ciclos de movilización y radicalización como las protestas por la desaparición de los 43 normalistas. Es antagonista en cuanto surge y se retroalimenta de luchas franca y abiertamente antisistémicas que, en la configuración sistémica mexicana actual, implican una postura antineoliberal y antipartidocrática, no forzosa ni plena o inmediatamente anticapitalista, aunque el anticapitalismo sea, pueda o deba ser un ingrediente necesario que opera en el trasfondo de los procesos concretos y sirva de referente y oriente como horizonte emancipatorio.

Para que el potencial antagonista que se expresa en la movilización y la lucha social actual en México cristalice en una alternativa política antisistémica es necesario revertir la tendencia a la dispersión, canalizar la politización generacional en un proyecto que tenga densidad y durabilidad organizacional, partiendo del núcleo de activismo estudiantil pero transcendiéndolo, incluyendo sectores de las clases subalternas (organizadas o susceptibles de ser organizadas) en una estructura federativa que permita procesar las diferencias pero articular en torno a ideas y prácticas comunes.

Sólo la presencia prolongada de un actor socio-político plural pero articulado, surgido de este ciclo de movilización pero que se mantenga en el tiempo, puede evitar que esta coyuntura desemboque en un escenario conservador o en otro francamente reaccionario o, lo que es más probable, una combinación de ambos, de reacomodos cupulares y dosificadas pero contundentes medidas represivas.

Al mismo tiempo, sólo la intervención de una voluntad de izquierda puede aprovechar la coyuntura de inestabilidad y orientar un improbable pero posible desenlace progresista. Improbable pero posible no por invocaciones utópicas sino porque, como nos demuestra el movimiento actual, la historia de la lucha de clases y del antagonismo político no terminó y las posturas antisistémicas se mantienen vivas bajo las cenizas en tiempos de resistencia para resurgir, como aves fénix, cuando vuelven a arder las brasas y se enciende, politiza y radicaliza el conflicto social.

En este sentido, un escenario tendencialmente progresista podría ser no tanto la improbable caída de este Gobierno, sino el desplazamiento de los equilibrios políticos generales, el arranque de un proceso de construcción de nuevas formas de organización sociales y políticas de las izquierdas antagonistas y antisistémicas que operen como contrapoder[4], que hagan contrapeso real y permanente e inauguren otro período, revirtiendo el de las derrotas que enumeramos en la primera parte de esta reflexión.


Massimo Modonesi es profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y director de la revista Memoria.

Este artículo se basa en el texto “Entre la izquierda subalterna que no acaba de morir y la izquierda antagonista que no termina de nacer”, Memoria, 253. 2015-1.

Artículo publicado en el nº66 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2015.


NOTAS:

  1. Esto no implica idealizar a los gobiernos progresistas latinoamericanos que, en sentido crítico, caracterizo como revoluciones pasivas para enfatizar la desmovilización y el control social. Ver “Revoluciones pasivas en América Latina. Una aproximación gramsciana a la caracterización de los gobiernos progresistas de inicio de siglo”, en Massimo Modonesi (coordinador), Horizontes gramscianos. Estudios en torno al pensamiento de Antonio Gramsci, FCPyS-UNAM, México, 2013.
  2. Aún cuando, como argumenté en La crisis histórica de la izquierda socialista mexicana, Juan Pablos, México, 2003, el nacimiento del PRD implicó la muerte de las izquierdas socialistas mexicanas.
  3. Artículo “México: el crepúsculo del PRD”, publicado en Nueva Sociedad, núm. 234, Buenos Aires, junio-agosto de 2011.
  4. Para eventualmente convertirse en un polo de poder, en un escenario de poder dual, tal como fue teorizado por Lenin y Trotsky y posteriormente por René Zavaleta en relación con los procesos latinoamericanos, en particular Bolivia y Chile.

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