Crítica y literatura en Roland Barthes

Roland Barthes es quizás el crítico literario francés más importante de la segunda mitad del siglo XX y un exponente privilegiado de la renovación de los estudios literarios. Su primera obra, 'El grado cero de la escritura' (1953), está dedicada a la literatura moderna y la última, 'La cámara lúcida' (1980), a la fotografía, lo que da cuenta de la disparidad de sus intereses durante treinta años de escritura. En ese tiempo, Barthes se ocupó de los campos más diversos, siempre a la vanguardia del pensamiento: estudió la comunicación de masas ('Mitologías', 1958) en un momento en el que todavía se consideraba un objeto indigno de atención; se interesó por la moda ('Sistema de la moda', 1967); apostando siempre por la ruptura, en los años setenta, en un momento de cientifismo, reinvidicó el placer de la lectura y la escritura ('El placer del texto', 1973); y, siguiendo esa reivindicación, escribió un libro biográfico compuesto por fragmentos en tercera persona ('Roland Barthes' por Roland Barthes, 1975) y otro, sorprendente, sobre el discurso amoroso ('Fragmentos de un discurso amoroso', 1977), que llegó a ser un 'best-seller'.
Mª José Comendeiro.

Mª José Comendeiro.

Este año se cumple el centenario de su nacimiento. Para conmemorarlo, se celebran actos por todo el mundo. En España, sin embargo, esta efeméride está pasando por el momento sin pena ni gloria. Barthes, de hecho y como ha señalado Ester Pino Estivill, ha encontrado un difícil acomodo en el panorama español[1]. Estuvo en España sólo una vez, en 1969, concretamente en Barcelona, coincidiendo con la temprana publicación en catalán de Crítica i veritat, y la mayoría de los testigos coinciden en que fue un encuentro frustrado: Barthes hablaba un nuevo lenguaje crítico en el que no se reconocían sus interlocutores. De entre los testimonios, parece que sólo Alexandre Cirici valoró positivamente lo que ahí estaba en juego: “Barthes ens ha semblat representar bé aquell estructuralisme que exigeix […] una metodologia apta per a una funció històrica: la crítica del món present”[2].

Una sensibilidad crítica

Se entiende, por lo demás, que la crítica barthesiana diera lugar a equívocos, pues no fue un autor de una pieza. Hay tantos Barthes como objetos de los que se ocupó o como textos escribió. Eso implica que no puede reducirse su pensamiento a una unidad, dado que buscaba desplazar constantemente los límites de lo decible y de lo pensable. Ser barthesiano no implica seguir una doctrina (pues Barthes, si siguió varias a lo largo de su trayectoria, acabó renegando de todas ellas); en todo caso, ser barthesiano, si es que esta expresión puede tener algún sentido, sería compartir una cierta sensibilidad crítica, dado que cuando Barthes se ocupaba de los más diversos campos lo hacía desde una sensibilidad labrada en un trato íntimo con la literatura. Beatriz Sarlo dio una breve pero certera caracterización de Barthes en un texto del 2005 titulado elocuentemente “Barthesianos de por vida”[3]:

“De la literatura, su obra recibió el poder de encantamiento. Barthes vuelve barthesianos a sus lectores, del mismo modo en que Proust los hace proustianos. No es una cuestión de gusto, ni siquiera es una cuestión de ideas, ni de estilo. Se trata, más bien, del descubrimiento de una sensibilidad y de sus reflejos, dónde pone los acentos, cuáles son los detalles que le importan. Los que seguimos leyendo a Barthes somos barthesianos de por vida. Se trata, sencillamente, de una conversión”.

La literatura no es sólo un objeto sobre el que el crítico piensa. La relación de Barthes con ella llega a convertirla en un motor de su propia escritura. Es un punto difícil de su obra, pero fundamental. Ya en 1953 Barthes dejaba ver que la literatura se constituye como tal a partir de un problema de lenguaje. El escritor sólo se hace escritor, en el sentido actual del término, en el siglo XIX, cuando descubre diversas formas de escribir (todas ellas inconmensurables) y tiene que decantarse por una, que será la suya. Sólo hay literatura a partir de la problematización de un lenguaje que ha perdido su transparencia, su naturalidad, y que por ello no puede ser reducido a mero instrumento para transmitir unos contenidos previos. Por eso mismo, la literatura (que es siempre más rica y más compleja que los discursos que hablan de ella) es algo que exige ser pensado, pero que no se deja pensar. Por eso, si el crítico quiere hacer honor a la literatura, tiene que convertirse en escritor: tiene que prolongar, por otros medios, aquello que está en juego en la literatura. Con todo ello, Barthes propone al crítico que renuncie a una falsa objetividad para “ir hacia la literatura, pero no ya como ‘objeto’ de análisis sino como actividad de escritura”[4].

La literatura

El crítico tiene que convertirse en escritor, poner en práctica en su escritura crítica las cualidades de la literatura. Ahora bien, ¿cómo se podría caracterizar esta literatura? En el prólogo catalán a Crítica i veritat (1969), que no se encuentra ni en francés ni en castellano, escribe Barthes: “La literatura […] és el camp mateix de les subversions del llenguatge”[5]. La literatura es, pues, para el crítico, esencialmente subversiva. Esa subversión del lenguaje que define a la literatura puede acotarse en función de tres aspectos que Barthes tiene siempre presentes: contra el privilegio del contenido (de lo dicho), la importancia de la forma literaria (del modo de decirlo); contra la primacía del comentario y la paráfrasis, el énfasis en la literalidad de la literatura; contra la búsqueda de la verdad de la obra en el autor o en su sociedad, la reivindicación del valor de la lectura.

Este planteamiento choca en gran medida con las ideas comunes que tenemos la mayoría sobre la crítica y la literatura. En tiempos de Barthes (y, en parte, aún en los nuestros), el crítico era pensado, generalmente, como un mediador y un comentarista. Su función sería, así, acercar las obras a los lectores y los lectores a las obras. Ese gesto, a primera vista generoso, implica una relación muy problemática con una literatura a la que se le supone que esconde una verdad que sólo el crítico podría administrar. Por ello, el lector pierde su libertad (es el crítico, y no él, el que sabe); pero, a cambio, conquista un cierto confort (ya no sentirá angustia por no saber, dado que alguien sabe por él). Se produce una división del trabajo: el escritor produce, el crítico comenta, el lector consume. Barthes propone liberar al lector de esa posición subalterna para convertirlo, a él también, en un productor; lo que no se hará sin hacerle perder muchas de sus antiguas seguridades.

La crítica tiene que hacerse cargo de tres subversiones que ya se han dado en la literatura moderna. La primera se efectúa, más que a través de los contenidos, en la forma misma de la escritura. El compromiso del escritor no pasa por lo que dice, sino (sobre todo) por la manera de decirlo. Ser escritor no pasaría, pues, por escribir ficciones, sino por sostener una actitud determinada ante el lenguaje: “Es escritor aquel para quien el lenguaje es un problema”[6]. De ese modo, siempre que problematice convenciones y códigos, siempre que dude de la consistencia natural del lenguaje, la literatura puede convertirse en crítica y la crítica en literatura. Flaubert, uno de los autores que marca con su obra el surgimiento de este problema de lenguaje, es el paradigma del escritor artesano que planea escribir una novela sobre nada, sostenida en su escritura con independencia de su contenido y reescrita hasta la extenuación para dotarse de un estilo. Desde este punto de vista, la forma de la escritura es más importante que el contenido. Como escribía el novelista Alain Robbe-Grillet[7],

“antes del trabajo artístico no hay nada, no hay certeza, no hay tesis, no hay mensaje. Creer que el novelista tiene ‘algo que decir’ y que es entonces cuando busca una forma de decirlo es la más grave de las equivocaciones. Porque es precisamente esta ‘forma’, esta manera de hablar, la que constituye su empresa como escritor, una empresa más oscura que cualquier otra, y que más tarde será el contenido incierto del libro”.

La segunda subversión va ligada a la literalidad: un texto literario no puede parafrasearse sin menoscabo. Aquí la nueva crítica barthesiana se opone a un procedimiento escolar: el comentario de texto que, según la célebre metáfora, atravesaría la corteza de la letra (mero envoltorio) para darnos acceso a su esencia (verdad sustancial, principio y fin de la escritura): su significado. Al escritor Juan Benet, autor de la novela Volverás a Región (1967), le preguntaron una vez por qué “rechaza[ba] hacer resúmenes de las ideas que están detrás” de las novelas que escribía. Ésta fue su respuesta[8]:

“Si me fuera posible hacer un resumen y una definición brillante, la habría hecho, en lugar de escribir cuatrocientas páginas de prosa casi casi ininteligible […]. Una cosa sólo se puede decir de una manera, y en cuanto cambias la mínima partícula de la expresión, ya has cambiado lo que querías decir. Por consiguiente, es una hipótesis crítica muy aventurada la de suponer que estas mismas ideas tenían otro vehículo posible”.

Mª José Comendeiro.

En Barthes habría, por último, un tercer aspecto derivado de los otros dos: la importancia de la lectura. Una lectura que se descubre a sí misma como problemática. Ni obvio ni natural, el acto de lectura movilizaría toda una serie de competencias que hacen de ella un acto eminentemente material. Por lo demás, la subversión del lenguaje, la atención en la forma de la escritura y en su literalidad, desestabiliza las expectativas de un lector que espera encontrar un mundo conocido y descubre en su lugar un lenguaje que opone resistencias. La literatura supone así un momento de opacidad y de extravío. El lector no reconoce qué se le está diciendo o, reconociendo lo escrito, no entiende por qué se dice eso o por qué se dice de esa manera.

Imaginemos una escena de lectura. Leo La metamorfosis de Kafka y espero que la acción evolucione hacia algún tipo de resolución. Pero el relato no evoluciona. Espero que suceda algo, pero eso que espero no acaba de llegar. Al cerrar las páginas del libro (tengo dieciséis años, es la primera vez que leo ese relato), me doy cuenta de que me he perdido alguna cosa. O La metamorfosis es un mal relato (lo que se me hace inverosímil) o yo soy un mal lector de La metamorfosis (lo que me hiere y me violenta). Me decanto por la segunda opción y, tiempo después, vuelvo a leerlo: descubro entonces que el relato me dice cosas (¡tantas cosas!) que no me decía la primera vez.

El lapso entre una lectura y la otra (aquí está en juego el problema de la relectura) pone al descubierto lo que Barthes llamaba la significancia: la participación activa del lector en lo que lee, el sentido en tanto se produce sensualmente, la productividad de la lectura. Esa experiencia de lectura en la cual el lector se enfrenta en algún momento con algo ilegible, que no se deja leer, y que le obliga, por lo tanto, a volver de otro modo sobre lo leído, es uno de los núcleos centrales de la crítica barthesiana.

Por lo demás, ya Barthes había presentado su “nueva crítica” de modo certero en un texto de 1963 (“Qué es la crítica”): “La crítica no es un homenaje a la verdad del pasado, o a la verdad del otro, sino que es construcción de lo inteligible de nuestro tiempo”. Todos los que hemos estudiado literatura en la escuela o en el instituto estamos muy familiarizados con estas dos primeras modalidades de la crítica. La primera (“verdad del pasado”) consiste en justificar la lectura que se hace remitiendo a un contexto histórico del que la obra sería el documento; es lo que se llama historicismo. La segunda (“verdad del otro”), en reducir la obra a la expresión de un autor; es lo que se llama biografismo. Son las versiones objetivista y subjetivista de una misma ideología que reduce la literatura a algo que no es ella; y que, partiendo de la literatura, nos permite en último término olvidarnos de ella.

Barthes no busca tanto invalidar sin más estos modos de la crítica como poner en evidencia que son eso: modos históricos de afrontar la literatura. Ambos procedimientos de lectura vienen del siglo XIX. Hasta entonces, leer literatura era en gran medida estudiar una retórica; pero en el siglo XIX surge una relación que hace de la literatura, a la vez, expresión subjetiva de un autor y documento objetivo de una sociedad o época. En aquel momento, esos modos de la crítica podrían estar conectados a la actualidad y, en ese sentido, tener efectos sobre ella; pero, actualmente, ¿sigue siendo así? Los dos comparten un rasgo: el de reducir la literatura a algo previo y sustantivo. En el primer caso, la literatura se explica por la sociedad en la que se inserta; en el segundo caso, por el autor que en ella se expresa. Ahora bien, ¿y si no redujésemos la literatura a la expresión de un autor? ¿Y si no redujésemos la literatura a ser el documento (generalmente, reflejo) de un momento histórico?

La irreductibilidad de la relación literaria

Tal como se ha transformado la literatura en el siglo XX (de Marcel Proust a Bertold Brecht, de Franz Kafka a Samuel Beckett), Barthes plantea renovar la crítica haciéndose cargo de dichas transformaciones. Si hacemos eso, quizás podamos empezar a pensar que la literatura no es sólo un resultado, sino también, bajo ciertas condiciones, una acción que tiene efectos transformadores en el sujeto que escribe y en el lector que lee. Eso implicaría asumir que toda crítica es ideológica (y más ideológica la que pretende no serlo, por esconderse en una falsa neutralidad). Desde ese momento, la lectura pasará a ser entendida como reescritura. Como escribía Borges[9],

“la literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no lo es. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual (ésta, por ejemplo) como la leerán el año 2000 yo sabría cómo será la literatura del año 2000”.

De la “vieja crítica” a la “nueva crítica” se produce un desplazamiento del estudio del autor al de la obra; y, a continuación, al descubrimiento de la importancia del lector en la relación literaria. Como escribía Barthes en 1968 en un texto provocativo titulado “La muerte del autor”: “El nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor”. Tanto en Borges como en Barthes tenemos una literatura crítica y una crítica literaria: una crítica y una literatura que se buscan entre sí. De cómo seamos capaces de leer (o no leer) estos textos de Barthes y de Borges dependerá qué sea la literatura del año 2015. Sólo a riesgo de ponernos en juego en la lectura la literatura se convierte en un objeto complejo, y la crítica, efectivamente y más allá de Barthes, en “construcción de lo inteligible de nuestro tiempo”: en aquello que somos capaces de pensar, del pasado y del presente, desde el presente.


Max Hidalgo Nácher es profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universitat de Barcelona y codirector de la revista Puentes de crítica literaria y cultural (www.puentesdecritica.com), publicada en Barcelona, Buenos Aires y Madrid.

Artículo publicado en el nº66 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2015.


NOTAS:

  1. Ester Pino Estivill, “L’écriture barthésienne contre l’oubli (vue depuis l’Espagne)”, 452ºF, nº 12 (enero 2015). Para ir al enlace pincha aquí
  2. “Barthes nos ha parecido representar bien aquel estructuralismo que exige […] una metodología apta para una función histórica: la crítica del mundo presente”. Alexandre Cirici, “Converses amb Barthes” (p. 53-55), Serra d’Or, año XI, nº 113, febrero de 1969.
  3. Beatriz Sarlo, “Barthesianos de por vida”, Página/12, 26 de marzo de 2005.
  4. Roland Barthes, “De la ciencia a la literatura” (1967), El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós, 1987, p. 17.
  5. Roland Barthes, “Pròleg” (1968), Crítica i veritat, Barcelona, Llibres de Sinera, 1969, p. 10.
  6. Roland Barthes, Critique et vérité, Paris, Minuit, 1966, p. 46.
  7. Alain Robbe-Grillet, “Nouveau Roman, homme nouveau”, Pour un nouveau roman, Paris, Minuit, 1963, p. 121.
  8. Juan Benet, Cartografía personal, Madrid, Cuatro ediciones, 1997, pp. 145-146.
  9. Jorge Luis Borges, “Notas sobre (hacia) Bernard Shaw” (1951), Otras inquisiciones (1952), en Obras completas I, Barcelona, RBA, 2005.

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