La noche de los globos

El drama del pueblo kurdo afecta a cerca de 60 millones de personas; es la minoría étnica sin estado propio más grande de todo Oriente Medio. El Kurdistán es una amplísima región de miles de kilómetros cuadrados que recorre cuatro estados, Siria (un cinco por ciento de la población total es kurda): Turquía (45 por ciento), Irak (25) e Irán (25). Es sin duda una de las zonas más convulsas del mundo desde hace décadas.
Mesher. Globos de aire por la última noche del año. Fotografía de Eliana Caramelli.

Mesher. Globos de aire por la última noche del año.
Fotografía de Eliana Caramelli.

El Kurdistán, “bio-etno-región” bordeada por los ríos Tigris y Éufrates, no reconoce las actuales fronteras nacionales y aboga por un proyecto de unificación sobre la base de un “confederalismo democrático”. Ese proyecto de un gran Kurdistán unificado coexiste con otros kurdistanes, más reales, más cotidianos, con el de los y las militantes del PKK, el KCK y el HDP de Turquía; del UPK de Irak, del PJAK iraní y de las YPG sirias. Ellos son los que luchan día tras día desde hace años para intentar hacer posible ese sueño de un Kurdistán unificado, para conseguir en los respectivos países donde viven el derecho a su lengua, a sus costumbres, a su autonomía. Algunas de esas organizaciones lo hacen por la vía parlamentaria, otras a través de la vía armada.

Y existen otros kurdistanes, otros kurdos y kurdas que han sumado a su sufrimiento la brutal agresión de Daesh (acrónimo del Estado Islámico, EI), que han perdido su hogar, que han visto devastados sus pueblos.

En Kobane, en el Kurdistán sirio, donde las milicias kurdas de las YPG (Unidades de Protección Popular) han logrado expulsar a los milicianos del EI tras meses de asedio (YPG), están los viejos, que lucharon toda su vida por el reconocimiento del pueblo kurdo, y también se ven niños y niñas corriendo y jugando en medio de los campos de barro.

La guerra lo invade todo, las bombas, el miedo, están omnipresentes también en los juegos y en los dibujos de los niños. Pero también está el deseo de futuro de los jóvenes, que quieren aprender inglés, estudiar y escuchar música; están las mujeres que quieren vivir en una Kobane pacificada, que siguen luchando no sólo por acabar con la actual guerra, sino por una liberación total, política, cultural, social.

Este reportaje es un viaje al interior de esa realidad, un viaje realizado poco antes de que los milicianos integristas fueran expulsados de la ciudad por las milicias kurdas.

Llegada a Suruc (Persis)

El primer impacto del sureste de Turquía es en el vuelo a Gaziantep (Antep). Las mujeres, la mayoría de ellas con el velo en la cabeza, sentadas en las primeras filas, estrictamente separadas de los hombres. El apartheid de género siempre impacta.

Boda el el pueblo de Mesher. Fotografía: Eliana Caramelli.

Boda el el pueblo de Mesher. Fotografía: Eliana Caramelli.

En Gaziantep nos recibe una espesa niebla, que continúa sin cesar y nos abandona sólo varias horas después de nuestra llegada a Persis (Suruc en turco). Es ésta una ciudad en la frontera con Siria, de 56.000 habitantes pero que ahora alberga a alrededor de 133.000 refugiados huidos de Kobane, a pocos kilómetros. Han escapado de la ofensiva de EI y cada día, durante los enfrentamientos, esperaban noticias del contraataque de las fuerzas kurdas. Cada metro de la ciudad recuperado por sus amigos, sus hijas, sus camaradas de lucha, acortaba el tiempo de alojarse en tiendas de campaña frías y húmedas de estos cinco campamentos instalados en la periferia de Persis, con esas filas y filas de pequeñas tiendas grises, 1.200, una pegada a la otra.

La solidaridad con las personas refugiadas por parte de la población local, de mayoría kurda, fue inmediata. Cuando vieron que había numerosas familias durmiendo en la calle o en almacenes abandonados acudieron en su ayuda, las albergaron en hogares de la misma Persis o en ciudades cercanas fronterizas, como Mesher, a unos seis kilómetros de distancia. Pese a esto, la masividad de los huidos de Kobane hizo necesario montar los campamentos.

Niños y niñas en el campo de rifugiados Mis Aynter. Fotografías: Eliana Caramelli.

Niños y niñas en el campo de rifugiados Mis Aynter. Fotografías: Eliana Caramelli.

p65_campo 2_lavaggio piattiEl Centro Cultural Amara

Antes de dirigirnos al pueblo, nos detenemos en el Kultural Merzeki Amara (Centro Cultural Amara), punto de coordinación de todas las actividades de apoyo a los refugiados realizadas por asociaciones y partidos kurdos en Turquía, en colaboración con el Ayuntamiento de Persis. En la planta baja de la gran sala donde nos encontramos se puede comer algo caliente, una sopa de verduras y arroz, o un té; incluso conectarse a Internet. En la planta alta está el centro de prensa y el almacén, donde los niños y niñas catalogan y organizan los medicamentos y otro tipo de cosas de la ayuda internacional.

Gracias a varios profesores jóvenes, todos ellos voluntarios, se inauguró en este centro la pequeña exposición Los colores de los niños de Kobane. A los niños refugiados se les pidió que dibujaran cómo veían la ciudad que habían tenido que abandonar. En esos dibujos se ven tanques, bombas que estallan, personas decapitadas, tiros, muertos, heridos… pero también Kobane, diseñada como una boda en fiesta, un país lleno de árboles y flores de colores, un puñado de tierra en forma de corazón colocado en las palmas de las manos. Uno de los profesores es un maestro de escuela primaria, encarcelado durante dos años por el régimen sirio de al-Asad. Ahora vive en Persis, pero esperando el momento de volver a casa tan pronto como sea posible. Para volver a empezar. Pero, “¿cuándo?”, es la incesante pregunta. Aquí nos encontramos a A., de 18 años, a quien contactamos previamente a través de la red italiana-Kurdistán y UIKI. Sería nuestro guía, intérprete y amigo durante toda la semana.

Mesher y otros pueblos de la frontera

Con A. nos dirigimos a Mesher, donde nos da la bienvenida en una tienda M., antiguo militante del PKK turco de la zona del Monte Nemrut. Ha estado diez años en la cárcel y ahora, como miembro del Grupo de Crisis para Kobane, atiende a los medios de comunicación. Nos dice que se acaba de celebrar aquí, así como en muchas otras zonas kurdas, un acto por el aniversario de la masacre que tuvo lugar el 28 de diciembre 2011 en la zona de Robosky, al norte de Turquía. La fuerza aérea turca mató a 34 civiles en un pueblo, tras acusarles de alojar a guerrilleros del PKK.

Él fue uno de los muchos que acudieron de inmediato a auxiliar a los refugiados y organizar la ayuda material para los sitiados en Kobane, denunciando la complicidad del Ejército kurdo con las milicias del Estado Islámico.

La presencia de tantas familias huidas de Kobane ha alterado la vida del pueblo, se ha empezado a vivir de una manera más solidaria y colectiva, compartiendo desde la cocina y la comida hasta las tareas para mantener los servicios comunes. La basura es recogida por vehículos del municipio de Diyarbakir, conducidos por voluntarios, que la trasladan a diario hasta los vertederos. Todos los pueblos de esta zona han organizado también un servicio de seguridad que controla los accesos. La pequeña mezquita es un lugar de oración, de encuentro, recepción de invitados y actividades de los niños menores de Kobane. El té caliente siempre está disponible. Detrás está la escuela, turca, de la que se excluye de facto a los niños kurdos.

Es en una explanada de tierra desde donde los días claros se llegan a divisar los edificios de Kobane donde la gente se reúne por la noche alrededor de las hogueras para compartir el fuego, llama a sus familiares y combatientes, les envían pequeños vídeos, apoyándolos moralmente. Allí intercambian información sobre la situación. Desde aquí, decenas de personas, residentes y voluntarios, frente a las fronteras que les gustaría ver destruidas, se manifiestan, cantan y gritan consignas de apoyo a la lucha de sus milicianos y milicianas de las Unidades de Protección Popular, de YPG (mixta) y de YPJ (femenina).

Los y las combatientes kurdas

Fotografías: Eliana Caramelli.

Fotografías: Eliana Caramelli.

p65_disegno p65_Marouan al presidio di MesherVemos escenas similares en el pueblo cercano de Mis Aynter. Alrededor de un té caliente, otros refugiados nos dicen: “Las YPG se crearon para defender el pueblo kurdo y no para invadir otros pueblos”, denunciando las atrocidades cometidas por el EI en Sengal, en Irak. Nos llevan a ver un centenario edificio que alberga una especie de “memorial”, dedicado íntegramente a Arin Mirxan (uno de los tres activistas asesinados por un comando en París), y también en honor a los numerosos caídos de Kobane. Hay una larga lista de nombres y fotos.

Se nos explica cómo una noche una noche una mujer suicida del EI se hizo explotar cerca de las posiciones de las YPG provocando ocho víctimas, pero que en el contraataque de las fuerzas kurdas murieron 34 del EI y otros 43 fueron hechos prisioneros. Mientras estábamos allí llegó el cuerpo el cuerpo de un militante del partido marxista-leninista turco que había ido a combatir a Kobane el 6 de septiembre y que moriría poco después.

Desde la colina, del lado turco, en Mesher, alcanzamos a ver los edificios destruidos de Kobane.

La gestión de la vida y de los campos, recopilación y distribución de la ayuda

Retornamos a Peris y visitamos el campamento Kobane en uno de los pocos momentos de alegría y emoción del día, cuando llega la furgoneta que distribuye raciones de alimentos. Decenas de niños y mujeres hacen una fila ordenada portando platos y utensilios de cocina. Las raciones son distribuidas por una ONG turca, aunque normalmente la comida es preparada por los propios refugiados con el apoyo del ayuntamiento local.

Aquí también pudimos ver el ajetreo en el almacén Avesta, un gran cobertizo que en su día fue un supermercado, donde ahora se clasifican y almacenan las raciones destinadas a los refugiados. Hay numerosos jóvenes, y hasta niños, que ayudan en las tareas. Las raciones están bien calculadas y todo es anotado meticulosamente. Todos los campamentos cuentan con al menos dos responsables de la logística y la distribución de la ayuda. Cada uno de ellos, siempre en contacto con el Centro de Amara (que registra cada nueva llegada) sabe exactamente cuántas personas viven en el área que cubren y cuáles son las necesidades reales.

En los campamentos hay unos pocos puntos de agua potable para llenar botellas y bidones; una de las tiendas de campaña funciona como escuela dos horas al día, con tres niveles de clases, y hay hasta un centro cultural para algunas actividades de teatro.

Una mujer nos mira desconsolada, sabe que la pequeña barrera de piedras construida a la entrada de la tienda sólo mínimamente puede frenar el barro que cubre todo el campo y toda la ciudad debido a la incesante lluvia. Ellas es R., una profesora que se escapó de Kobane hace dos meses; su casa quedó destruida, el coche quemado, la escuela donde trabajaba como profesora de árabe de niños de secundaria ya no existe. Aquí enseña kurdo en la escuela del campamento. No se ha casado, pero tiene dos hijos adoptivos y quiere que puedan estudiar. Planea ir a Noruega o Alemania, porque le dijeron que allí hay posibilidades de integración para los refugiados.

Después del café hecho “a la manera de Alepo” y con muchos cigarrillos de por medio, nos muestra en su computadora portátil su perfil de Facebook. El barro, afortunadamente, no ahoga la fuerza de esta mujer para empezar de nuevo.

Fotografía: Eliana Caramelli.

Fotografía: Eliana Caramelli.

Las mismas escenas se repiten en el campamento Kader Ortakaya, con cerca de 4.000 personas, entre ellas unos 400 niños. Las condiciones son difíciles; por fin acaba de llegar la electricidad después de meses de frío y oscuridad. Hoy también es el día de visita del equipo médico, que confirmó el mal estado de salud general y la falta de condiciones de higiene en el lugar.

Estos campamentos son autogestionados por voluntarios de la comunidad kurda, que cuentan con el apoyo de la Municipalidad de Suruc, donde desde hace 17 años gobierna el BDP (Barış ve Demokrasi Partisi, Partido de la Paz y Democracia, kurdo) y la población kurda representa el 58 por ciento del total.

Tanto el jefe del BDP local como la misma alcaldesa de Suruc nos confirman la extrema necesidad de ayuda que tienen. Ella es Zuhal Ekmes, una alcaldesa joven, como es habitual en todos los municipios kurdos. Comparte el cargo con un colega masculino. Nos cuenta que la ayuda enviada por la ONU es canalizada a través de Afad, una organización gubernamental que se ocupa de dos pequeños campamentos fuera de la ciudad a los que nadie quiere ir porque “parecen campos de prisioneros”. A los otros municipios no llega esa ayuda.

“Nosotros no queremos limosnas”, dice la alcaldesa, “luchamos contra el EI no sólo para defender al pueblo kurdo, sino también para defender al mundo del fundamentalismo. Tras el estallido de la Primavera Árabe, todos los países han vuelto a los regímenes autoritarios. En Rojava (región kurda de Siria) no, allí hay democracia”.

Tal vez esto es precisamente lo que asusta a la comunidad internacional.

Confederalismo democrático e igualdad de género

Con A., una de las responsables del área de seguridad y logística de Persis, hablamos sobre el modelo del confederalismo democrático que se está aplicando en los cantones de Rojava. Es un modelo en el que no sólo participan los partidos políticos, sino también las asociaciones civiles y personas independientes. Hay un gobierno y un parlamento cantonal, con rotación de cargos, donde rigen los principios de subsidiaridad e igualdad de género.

“En Rojava”, nos dice esta responsable, “hay una igualdad de género que ni en los países occidentales está tan extendida. Todas las funciones son compartidos al 50 por ciento por hombres y mujeres, y tanto en el ámbito político, como en el cultural, educativo y militar. Si las mujeres gobernaran no habría más guerras en el mundo”.

“Es en particular con el trabajo realizado en el terreno militar donde las mujeres han ido ganándose gradualmente la confianza de los hombres. Este proceso, que comenzó hace veinte años dentro del PKK, está ahora propagando en todo Rojava de manera imparable, porque las mujeres han demostrado en la práctica su capacidad”.

Sigue siendo dudoso, sin embargo, si la igualdad de género está incorporada efectivamente también en la vida cotidiana. Lo que vemos aquí es en realidad una repetición de funciones estandarizadas.

También con respecto a la cuestión ecológica invocada por la llamada Carta de Rojava parece limitarse a reivindicar una “forma natural de vida, en armonía con los demás, a la par, en libertad y sin sumisos o esclavos”.

Nuestra interlocutora nos dice con la misma sonrisa con la que nos dio la bienvenida que quiere volver lo antes posible a Kobane, porque tiene muchos enemigos a enfrentar y luchar abiertamente todos los días, no sólo en el frente militar, sino sobre todo en lo político y cultural. Es la fuerza de un gran sueño.

Diariamente hay al menos dos familias de refugiados que deciden regresar a sus hogares en escombros en Kobane.

Retorno

A., nuestro amigo e intérprete, se escapó de Alepo hace cuatro con su familia; él tenía 14 años. No quiere oír hablar turco. Le encanta la música y canta canciones de Shakira, quiere estudiar medicina, aprender italiano, escapar a Alemania. Aquí no es vida. Lo que vio, los muertos en directo, la destrucción, es demasiado. Quiere divertirse, como cualquier joven de 18 años de edad, pero mira a su alrededor y reconoce que es uno de los afortunados después de todo.

Con su hermana, S., hacen lo que pueden como voluntarios del Centro Amara. Su padre, un profesor de inglés, ha abierto una tienda aquí; nos da la bienvenida con un gran apretón de manos. “Gracias, es esta humanidad que queremos, no la de aquellos que quieren la guerra sin fin”.

Partimos.

En los ojos nos quedan las imágenes de las mil caras vistas estos días, sus sonrisas y apretones de manos. Y también el cielo oscuro de Kobane salpicado de decenas de globos de aire caliente de colores en la noche de Año Nuevo lanzados desde aldeas turcas fronterizas, donde los y las combatientes de la ciudad responden con bengalas rojas en el cielo, iluminando la esperanza.


Eliana Caramelli trabaja en el Ayuntamiento de Venecia, donde también es delegada de la organización sindical COBAS del empleo público. Está comprometida con la red Italiana campesina Genuino Clandestino y con movimientos para la defensa de los bienes comunes.

Texto traducido del italiano por Oscar Paciencia y editado por Roberto Montoya.

Artículo publicado en el nº65 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2015.


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