Venid a Israel

El primer ministro israelí ni siquiera esperó un tiempo de cortesía, el de su estancia en Francia por ejemplo, para lanzar su llamamiento a los judíos franceses. “Veníos a Israel”, clamó Benjamin Netanyah tras los atentados contra el semanario Charlie Hebdo y el supermercado de productos 'kosher' en París.
Mohammad Sabaaneh.

Mohammad Sabaaneh.

Apenas un mes después, cuando un crimen muy similar volvió a perpetrarse en Copenhague, repitió el mensaje: “Europa no es lugar seguro para los judíos, venid a Israel”. Más allá de lo estrambótico que resulta afirmar que Israel es lugar más seguro que Francia o Dinamarca, lo que evidencia el llamamiento de Netanyahu es que no tiene que ver con la seguridad de los judíos europeos, sino con la necesidad de reforzar la imagen y la ideología del Estado de Israel.

En su siempre lúcida columna de la edición digital de Gush Shalóm, el periodista israelí Uri Avneri escribe al respecto: “¿Por qué toda la maquinaria de propaganda israelí se ha lanzado a proclamar que Europa está experimentando un aumento del antisemitismo de proporciones catastróficas? Para convencer a los judíos europeos de que vengan a Israel. Para un sionista, cada judío que llega a Israel es una victoria ideológica.”

El término antisemitismo que se inventó en Alemania a finales del XIX quizás resulta un tanto anacrónico, al aplicarse sólo a judíos y no a los árabes o a semitas en general, pero el caso es que su uso y la connotación emocional que le acompaña ha formado parte de la estrategia de comunicación del movimiento sionista desde sus inicios en la década de 1880 y del Estado de Israel después.

El sionismo siempre ha necesitado del antisemitismo para justificarse. Y, del mismo modo, siempre ha pretendido erigirse en representante de todos los judíos del mundo. “Voy a dirigirme al Congreso de EEUU no sólo como primer ministro de Israel sino en nombre de todo el pueblo judío”, anunciaba Benjamin Netanyahu en vísperas de su último viaje a Washington. Ese mismo día, J. Street, judío estadounidense, le respondía en la red: “No, Sr. Netanyahu, usted no puede hablar en mi nombre, usted no está legitimado para hablar en nombre de los judíos de Estados Unidos”. Pero, ¿acaso la legitimidad importa cuando de lo que se trata es de lanzar una buena y eficaz campaña propagandística?

El primer ministro de Israel necesita reforzar el apoyo tradicional pero no suficientemente incondicional de Europa a la política expansionista de su gobierno. Los atentados de París y Copenhague le han brindado una excelente ocasión de hacerlo además de una cortina de humo tras la que ocultar la dimensión del expolio de Palestina. Entre otras cosas permite que los crímenes cometidos por el ejército israelí en Gaza, la política de expansión de las colonias, el régimen de apartheid instalado en territorio palestino, la atrocidad cotidiana de la ocupación, queden relegados a un segundo o tercer plano, e incluso arteramente justificados, con sólo invocar el peligro del “antisemitismo europeo”, que tendría como principales víctimas a ciudadanos europeos de religión judía que sólo yendo a Israel estarían a salvo.

Es indudable que Europa lleva en su seno, junto a los valores de la democracia y los derechos humanos, el germen del racismo. Basta ver el ascenso de determinados partidos claramente xenófobos para comprender hasta qué punto la amenaza persiste. Claro que hay racismo en Europa. Y va especialmente dirigido contra los musulmanes europeos.

Los autores de los atentados de Francia y Dinamarca no actuaron movidos por el viejo “antisemitismo europeo”. Son musulmanes nacidos y crecidos en sociedades europeas de las que, al parecer, nunca llegaron a sentirse parte. El desarraigo y un fanatismo religioso recién adquirido han alimentado el desquiciado resentimiento contra Occidente, y lo que identifican con él, de estos asesinos. Por desgracia, esa identificación de lo judío con Israel y de Israel con Occidente, de la que Benjamin Netanyahu hace gala de manera tan oportunista, no es exclusiva del sionismo: también la hacen criminales como los que actuaron en París y Copenhague.


Teresa Aranguren es periodista y autora de los libros Palestina: El hilo de la memoria y Olivo Roto: Escenas de la ocupación. Es miembro del Consejo de Administración de RTVE.

Artículo publicado en el nº65 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2015.


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