Un análisis de las elecciones en Nigeria

Los pasados 28 y 29 de marzo Nigeria celebró elecciones generales. Las quintas desde que terminase la dictadura militar, en 1999. Como en España, nadie derrocó al dictador, Abacha se murió él solo, y ya los nigerianos de la élite (política, militar y económica, como en España) se organizaron para seguir gobernando en las nuevas circunstancias. Se formó el People’s Democratic Party, PDP, partido que había ganado siempre hasta ahora. Los capos de este partido -varones, como se llaman en España; o dones, como en Italia- no son los únicos que tienen poder y control sobre la cosa pública de Nigeria, hay otros varones que se hacen llamar “opositores”, que dicen liderar una intangible disputa ideológica con los del gobierno, pero que en realidad gozan de buenas relaciones con ellos y de importantes nichos de poder. Buhari es uno de estos segundos.

Muhammadu Buhari siempre ha estado entre la élite poderosa. De hecho participó en un golpe de estado en 1983 tras lo cual gobernó durante casi dos años. No dio pié a la democracia precisamente, sino al término de Buharismo, la política que implantó en Nigeria, ideológicamente adscrita al fascismo, pero abierta de par en par al capitalismo global. Fue derrocado (que no se fue voluntariamente) en 1985. Dicen de él como virtud que le gusta el orden y la rectitud… y tanto.

Dicen de él, también como virtud, que rechazó un puesto en el gobierno de Umaru Yar’Adua, predecesor de Goodluck Jonathan, puede que rechazase ese puesto por integridad, pero hace 40 años, no hizo gala de esa virtud, cuando fue Comisario Federal para asuntos de Gas y Petróleo y mientras ocupaba ese cargo desaparecieron miles de millones de las jugosas arcas públicas nigerianas. ¿que no se los llevó él? Puede ser.

Ahora Buhari tiene 72 años, el más viejo jamás llegado a la presciencia, y parece ser que ha despertado esperanza en los nigerianos, a pesar de que se había presentado en tres ocasiones y jamás le habían votado.

Hay una ley no escrita en Nigeria que no ha dejado de cumplirse durante toda la democracia por encima de todo. Se trata de una alternancia entre un musulmán del norte y un cristiano del sur en la presidencia. A su vez esos presidentes tienen como vicepresidente al contrario. Es decir, si el presidente es musulmán, siempre el vicepresidente será cristiano y viceversa. Los nigerianos dan por cumplidos los dos términos de Jonathan porque ha estado en la presidencia una legislatura y media, al tocarle asumir la presidencia, por la muerte de Umaru Yar’Adua. Hubo mucha polémica y debate sobre si esa media legislatura contaba o no, al final se dio por hecho que sí contaba, por lo tanto ahora tocaba musulmán y se ha cumplido esta ley.

El partido conel que se ha presentado Buhari, cuyo nombre no importa, se formó hace un par de años. Es una agrupación de los principales de la oposición que se hace llamar progresista, como podría haberse hecho llamar popular o democrático. En la agrupación se integra el CPC con el que siempre perdía estrepitosamente Buhari a pesar de llevar la palabra “progreso” en el nombre y que lo que más quieren los nigerianos es progreso de verdad.

Aquí la cuestión no es que lo nigerianos hayan votado a esta coalición nueva de toda la oposición con un musulmán -al que tocaba el turno- a la cabeza, sino quién ha votado a Buhari para encabezar dicha lista, con el historial que traía.

No me negará nadie a estas alturas que quien gana no es quien tenga un programa mejor, sea más honrado, mejor persona y buen gobernante acreditado, sino quien tiene tanto dinero para la campaña que fabrica una imagen de estos atributos y alguna otra nota colorida para convencer a la gente de que le vote.

Los pueblos del mundo, los nigerianos, los españoles, los estadounidenses, los palestinos y los israelíes, los rusos, los británicos y los franceses, todos, no damos mucha muestra de lo que podría llamarse ‘buen juicio colectivo’ al votar. Esto es un hecho hartamente demostrado por la historia de la democracia. Cuando se dan señales de ‘buen juicio colectivo’ en algún país, tampoco tienen opciones excelentes entre los candidatos, sino que se ven obligados a votar a lo menos malo. En general, las sociedades democráticas de todo el mundo hemos llegado a un punto en el que si alguien no roba, ya nos es suficiente, aunque no haga bien su trabajo de gobernar, con que no robe, nos parece bueno. Y dicen de Buhari sus votantes, de corta memoria como nosotros, que él no ha robado, que dirigió los asuntos petroleros del país y no tiene a su nombre grandes negocios en el sector, como otros. Puede ser.

Según el escritor e historiador nigeriano Max Siollun, no es que haya ganado Buhari, sino que ha perdido Jonathan, y da unas claves muy interesantes para explicar esta derrota, que, bien miradas, son la parte positiva de todo esto. Jonathan en su última legislatura en la presidencia ha establecido las bases para reducir al mínimo las posibilidades de fraude en las elecciones. También hay que decirlo, siempre había ganado el PDP gracias a la “ayuda” del fraude. Pero Jonathan nombró al frente de la Comisión Electoral a una persona honrada, preparada y que encima ha hecho su trabajo durante los 4 años. Este hombre ha estudiado y puesto medios para impedir los tradicionales métodos de cometer fraude del partido de los varones, ha cambiado el sistema de registro de votantes, dado formación a miles de personas para asistir en las votaciones, y ha introducido lectores biométricos de la huella dactilar para identificar a los votantes. Ha impedido, o al menos minimizado, el fraude por primera vez en la historia del país.

Otra clave fundamental para esta victoria es la presión de combatir a Boko Haram. Parece ser que Jonathan, el investigador británico Matt Carr también está convencido de ello, estaba intentando dialogar con los terroristas, aunque estaba, como todos los presidentes, obligado a negarlo en público, porque eso es popularmente imperdonable, a pesar de que, según los expertos, es la mejor, más efectiva y única forma de combatir el terrorismo.

A pesar de tener toda la ayuda militar y de industrias varias de guerra, que es mucha, de los estadounidenses, los británicos y de Israel, Jonathan va y ¿se pone en serio a hablar con los terroristas? ¿En lugar de tomar la opción que siempre se acaba tomando que es la militar? ¿Está loco o qué? Es cierto que la opción militar para combatir el terrorismo nunca ha dado buenos resultados, es más, ha empeorado la situación y aumentado el sufrimiento y las víctimas inocentes. Nunca, en toda la historia, en todo el mundo, aunque noticias e historias hechas a medida nos digan lo contrario. La realidad que presentan los expertos demuestra que lo militar empeora y encona la violencia. Pero es lo que hay. Lo militar manda. Hay muchas razones para ello que son material para otro artículo. Buhari es militar y de los duros, formado en Estados Unidos, Gran Bretaña y la India.

Todo esto para decir ¿saben por qué creo que ha ganado Buhari? porque fue uno de los dos únicos africanos a nivel individual que Obama invitó a su inauguración como presidente de los Estados Unidos y no hablaron del tiempo precisamente.


Fuente: Blog África en mente, 07/04/2015.


Print Friendly

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *