Germán Roncancio, miembro del Congreso de los Pueblos (Colombia): “La paz es un terreno en disputa política e ideológica entre una paz sin cambios ni reformas sustanciales y una paz con justicia social”

En 2012 las FARC-EP y el Gobierno colombiano inician los diálogos de Paz en La Habana y desde entonces la sociedad civil colombiana ha venido articulando a nivel regional y nacional diferentes iniciativas para la consolidación de una agenda social y política para la paz. Germán Roncancio Jiménez es analista y observador de los procesos de paz en Centroamérica y Colombia desde 1992 (Tlaxcala, México). Participa en espacios de paz en su país como la Red de Universitarios por la Paz, Ruta Social Común para la Paz, Clamor Social por la Paz, Congreso por Paz y Congreso de los Pueblos, proceso de carácter social y popular que ha emprendido una construcción legislativa común. Actualmente, es editor de la Revista CEPA, Centro Estratégico de Pensamiento Alternativo. Conversamos con él durante el 1º Encuentro de Movimientos Sociales “Construyendo la Paz en Colombia”, celebrado en Bilbao y Gernika el pasado mes de febrero.
German Roncancio, fotografiado en Bilbao por Andrea Gago.
Germán Roncancio, fotografiado en Bilbao por Andrea Gago.

– Desde el inicio de las conversaciones en La Habana han aumentado las amenazas, desapariciones forzosas y señalamientos a personas defensoras de derechos humanos. Un ejemplo es el asesinato reciente de vuestro compañero Carlos Alberto Pedraza. ¿Qué ha supuesto esto para el Congreso de los Pueblos?

– En primer lugar reconocer, felicitar y agradecer a los convocantes y organizadores del 1º Encuentro de Movimientos Sociales “Construyendo la Paz en Colombia”, por la pertinencia política y los esfuerzos en la realización e invitación al evento. Y, en este espacio, a nuestros compañeros, compañeras y colegas de Paz con Dignidad y de Revista Pueblos, por su siempre destacada amistad y solidaridad con el pueblo colombiano y sus organizaciones populares y democráticas.

La muerte del compañero Carlos, en las circunstancias acaecidas, un crimen de estado sin duda, nos ha causado un intenso e inmenso dolor y rabia, pero a la vez un profundo sentimiento y convicción de redoblar nuestros esfuerzos de lucha por avanzar en un proceso de paz que construya los cimientos un país digno y soberano. Considero que su asesinato es un nefasto mensaje, una macabra advertencia, un ataque y un fallido propósito e intento de amedrentar al movimiento social. Algo así como: “Ustedes están fortaleciendo la participación social, popular, están muy fuertes en el paro agrario, en la cumbre agraria, en los trabajos de base, de barrio, en la defensa de los derechos humanos… Eso no los salva de la represión y muerte por parte de las mal llamadas fuerzas “oscuras”, de las hordas paraestatales-paramilitares que actúan con anuencia oficial”. Pero, muy por el contrario, el Congreso de los Pueblos, el conjunto del movimiento popular, muchas expresiones desde lo local, sectorial, nacional e internacional, se han pronunciado, repudian el cobarde crimen y exigiendo al gobierno que asuma su responsabilidad en el esclarecimiento de los hechos.

Ahora bien, aunque haya negociaciones de paz, la guerra sigue, sigue en otras formas de expresión. Las luchas sociales y de clase continúan. Las fuerzas dominantes en el mundo están en crisis general, económica, política-ideológica, crisis civilizatoria. Hoy se registra una disputa de hegemonía, una tendencia en el mundo hacia la polarización por la tenencia y control de los recursos naturales y los mercados entre China, Europa, Rusia, el bloque anglosajón de Norteamérica e Inglaterra. En este contexto, Colombia, aun cuando continua formando parte del “patio trasero” del imperialismo de los Estados Unidos, también está en disputa, en compra-venta. Colombia tiene ocho bases militares, juega un papel muy importante en la geopolítica de toda América Latina, de todo el Cono Sur y Centroamérica. El proceso de paz se da en este contexto de confrontación multipolar, en el que el capital necesita recomponerse a través de multinacionales, principalmente extractivistas de los recursos de la naturaleza, y con la existencia de una decidida e importante resistencia popular y de sectores medios que hacen frente al modelo neoliberal.

Observamos que desde la constitución de 1991 se reconocen los derechos humanos, el derecho a la vida, a la salud, a la educación… pero, a la vez, esa misma Constitución es la patente de corso de la implementación del modelo “aperturista”. Por ejemplo, el tema de las zonas de reserva campesina, del primer punto sobre lo agrario en las negociaciones de la Habana, no es nuevo, ya fue consagrado en esa Constitución, pero no se ha implementado y hoy se vuelve a discutir. El cumplimiento de los derechos y las normas establecidas constitucional e institucionalmente tienen hoy que volver a ser refrendados en una mesa de negociación. Al parecer, las fuerzas dominantes necesitan la negociación del conflicto armado y social, pues es el momento de la consolidación del modelo. Recordemos que en Oslo, ciudad donde comenzaron las actuales conversaciones de paz, quedó taxativamente establecido que la negociación solo sería posible en el marco del modelo de desarrollo actual, que se debería asumir según los planes de desarrollo del gobierno. Es decir, que no se pueden tocar para nada las políticas estructurales, la política petrolera, la política extractivista, y menos favorecer ningún proceso de empoderamiento de las poblaciones para decidir sus propios destinos, la autodeterminación de los pueblos.

Mientras tanto, mientras se adelantan negociones y un cese unilateral de fuego, continúan los bombardeos, los desembarques por parte de las fuerzas armadas, los desplazamientos forzados, la represión a sangre y fuego de los paros, la judicialización de la protesta social. Líderes y lideresas populares, defensores de los derechos humanos, luchadores por de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, organizaciones populares, territorios y poblaciones enteras, son objetivos militares, objetos de los crímenes de Estado, de los cínicamente llamados “falsos positivos”. Hay una fuerte contradicción entre lo que se está hablando con una expresión del movimiento popular colombiano, la insurgencia, y lo que se ejecuta con el conjunto del movimiento social. Sus reivindicaciones no son tenidas en cuenta.

German Roncancio, fotografiado en Bilbao por Andrea Gago.
Germán Roncancio, fotografiado en Bilbao por Andrea Gago.

– Por lo que cuentas, parece como si estuviesen saliendo fortalecidos los enemigos de la paz.

Cuando hablamos de la importancia geopolítica de Colombia en la región estamos hablando de Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina, Chile y Venezuela. Mientras en algunos países se vienen asumiendo cambios que interpretan la tendencia democratizadora en el continente, el país sigue servil a la doctrina establecida desde los EEUU, no se oculta el interés desestabilizador contra el proceso de los países progresistas del continente, sobre todo de la hermana República Bolivariana de Venezuela. Es un empeño muy fuerte de los sectores de extrema derecha del continente y en especial de Colombia. Por eso decimos que la paz en Colombia es un campo nacional y regional en disputa.

A nivel interno, estudios e investigaciones serias de profesores como Jairo Estrada, Julio Fierro y Renán Vega permiten relacionar y ver cómo coinciden los mapas de los megaproyectos hidroeléctricos, extractivistas y mineros con el mapa de los cordones estratégicos de los paramilitares y con las regiones del éxodo o desplazamiento forzado, de todo el despojo de tierras. Durante los últimos diez, doce años, se incentivó profusamente la expropiación violenta de tierras para dar paso a megaproyectos. Frente a esto vienen emergiendo alternativas muy importantes, como la propuesta de territorios de vida digna, del Congreso de los Pueblos, o la de zonas de reservas campesinas, de Marcha Patriótica.

Las recientes movilizaciones en el país van más allá de reivindicaciones sólo sectoriales y economicistas. Se están desarrollando en clave de rechazo a los Tratados de Libre Comercio (TLC) o a la defensa del agua; están adquiriendo unos contenidos mucho más claros, fuertes, más políticos. La emergencia misma de la Cumbre Agraria, comunitaria y popular, de expresiones religiosas como la Mesa Ecuménica, de movimientos de jóvenes, de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE), de Marcha Patriótica o de Congreso de los Pueblos, son evidencias de la búsqueda y concreción de procesos de articulación e interlocución, del resurgimiento de nuevos sujetos sociales y políticos que, con nuevas características, retoman reivindicaciones sustanciales de orden estructural e histórico. Diversas expresiones, aún fragmentadas, de organizaciones e iniciativas por la paz, que aspiran y requieren confluir en un gran torrente de movimiento por la paz.

– Al parecer está por concluir la fase exploratoria de diálogos entre el ELN y el gobierno, quizás se anuncie una mesa de conversaciones en los próximos meses. Una de las cuestiones que más ha dificultado avanzar en esta fase ha sido la participación social y ciudadana en el proceso. La declaración del Congreso de los Pueblos de abril de 2013 recogía la necesidad de configurar espacios regionales y locales de diálogo entre insurgencia, gobierno y comunidades. ¿Cómo se va a concretar esa participación de la sociedad?

– El Congreso de paz de abril de 2013 rebasó favorablemente las expectativas iniciales y se convirtió en una gran convocatoria nacional por la paz. Participaron cerca de veinte mil personas y hubo presencia de varios países que siempre se han solidarizado con la solución política al conflicto y la construcción de la paz en Colombia.

En este Congreso por la Paz se definieron tres asuntos e ideas fuerza. En primer lugar, se mandató un gran diálogo nacional e internacional por la paz con vida digna y justicia social; en segundo, la construcción de una agenda social y política que recoja los elementos estructurales para la solución del conflicto, esto es la agenda de paz entendida como la misma agenda social y política de los procesos, movimientos y organizaciones sociales y políticas. El tercer mandato fue la conformación desde abajo, desde las bases, desde los territorios, de un fuerte bloque popular y democrático por la paz, un gran movimiento social y político por la paz con justicia social.

En eso estamos, forjando e implementado los mandatos. Tras el Congreso ayudamos a conformar la Ruta Social por la Paz, principalmente con expresiones de la izquierda. Ahora, en la actualidad, Clamor Social por la Paz, un proceso mucho más amplio, articulador y de dinamización e interlocución de muchas procesos e iniciativas de paz, así como de las principales organizaciones sindicales, ecuménicas, religiosas, de mujeres, jóvenes, universitarias, en perspectiva de una convergencia con Frente Amplio y Cumbre Agraria.

Los avances de las mesas con la insurgencia de las FARC-EP los apoyamos, defendemos y respaldamos. Hay unos alcances importantes sobre temas estructurales, nada más y nada menos que el asunto de la tierra, el tema de la participación política, el problema de las víctimas. En el caso del ELN, exigimos sin reservas que se abran formalmente las conversaciones y consideramos que hay un plus histórico, el carácter de la participación, que debe ser activa, con el pueblo, vinculante, decisoria y decisiva.

Entendemos la participación en dos dimensiones. La primera dimensión es de corte estratégico, de construcción de ese poder, un poder desde la base, desde las regiones. Es decir, construcción de paz desde los territorios, desde los problemas concretos de la tierra, del agua, de los derechos humanos, de la salud, de la educación… Una construcción desde los sectores que hemos soportado la guerra del capital contra el trabajo en estos 50 años, la guerra del capitalismo contra los territorios, contra sectores sociales y populares. Desde los pobladores, rurales y urbanos, que hemos soportado la agresión e imposición de una cultura hegemónica dominante, violentando las culturas populares, las tradiciones de solidaridad, de trueque, de intercambio. En definitiva, la reconstrucción del país con vida digna y justicia social. La segunda dimensión sería lo concreto y lo inmediato, es decir, una solución política con uno de los actores importantes del movimiento popular, el insurgente.

German Roncancio, fotografiado en Bilbao por Andrea Gago.
Germán Roncancio, fotografiado en Bilbao por Andrea Gago.

– En ese sentido, otro de los valores que se le podrían agregar a la mesa de negociación con el ELN sería la manifestación expresada por esta insurgencia sobre la necesidad de revisar la doctrina militar, algo que también se ha manifestado desde el movimiento popular ¿Qué opinas al respecto?

Si no se revisa la doctrina militar, toda la concepción de guerra de baja intensidad, toda la concepción del “enemigo interno”, quedamos en las mismas. En El Salvador hubo una supuesta reestructuración del ejército, pero las cosas en ese sentido están peor que antes. En Colombia las personas que reclaman la tierra continúan siendo asesinadas por fuerzas paramilitares respaldadas, instruidas y armadas por el ejército nacional. Por eso toca revisar la doctrina militar, su estructura y su práctica. ¿Al servicio de quién están? ¿De la soberanía e intereses del país en su conjunto o de los intereses hegemónicos y dominantes de las multinacionales?

– Pero el gobierno está acelerando la aprobación de leyes para garantizar la impunidad de generales y altos mandos del ejército, ¿no es así?

– Por eso decimos que por un lado está la mesa con la insurgencia y, por otro, la agenda del modelo de desarrollo, incluyendo el fortalecimiento de las fuerzas armadas, la represión, el asesinato, encarcelamiento y persecución de dirigentes populares, activistas sociales y defensores y defensoras de derechos humanos. Una cosa esquizofrénica.

– El gobierno entiende la resolución del conflicto en términos de desarme, desmovilización y reintegración (DDR) y en muchos espacios se habla ya de posconflicto. ¿Se piensa desde Congreso de los Pueblos en este posible escenario?

Es más acertado hablar de “post-acuerdos”, no de posconflicto. En ese proceso que comentaba de búsqueda de conformación de una gran convergencia social y política por la paz se empieza a considerar la posibilidad de una tercera mesa, la mesa del movimiento social y popular. Esta mesa debe confluir en un movimiento amplio social y político con una agenda estructural que vaya más allá de la coyuntura electoral. El Congreso de los Pueblos, como decíamos, plantea fortalecer los territorios de paz con vida digna, en la perspectiva de poder popular. De aquí que consideremos que el terreno de la paz es un terreno en disputa política e ideológica, económica y cultural, entre la concepción dominante de una paz rápida e impuesta, sin cambios ni reformas sustanciales, que se reduce al DDR, y la concepción de una paz con justicia social, con vida digna.

– Existen diferentes articulaciones del movimiento social que están realizando aportaciones. ¿Será posible una convergencia nacional? ¿Crees que la Cumbre Agraria puede ser el espacio que impulse esa articulación?

– Hoy se hace más evidente la necesaria e importante articulación y unidad. Mientras el movimiento siga disperso, enredado en sus problemas internos, no podrán concretarse los retos que demanda el momento. Hay una necesidad objetiva y coyuntural de avanzar en las reivindicaciones históricas. También hay un intento de recomposición del poder dominante. El cien por ciento de la población no está movilizada en función de la paz, la paz ha sido manoseada, el capital ha logrado banalizar el concepto, trivializarlo, ponerlo en términos de propaganda de televisión, reducirla a la entrega de las armas. Pero también cada vez está más claro que la paz debe abordar los problemas de fondo, asumir los problemas históricamente no resueltos.

Hoy existe un ambiente positivo de generación de espacios de articulación y de encuentro. Se viene desarrollando un dialogo constructivo y a muchas voces con los diferentes sujetos y movimientos sociales y políticos que nos aproximan en dos perspectivas: la inmediata, las elecciones, y las mesas de diálogo. Todo parece indicar que están madurando las condiciones y capacidades de movilización y de lucha. Estamos en un momento de reacomodo de diferentes fuerzas de izquierda y de derecha, porque hay una recomposición de fondo y de forma. Juegan un papel muy importante articulaciones nacionales como la Cumbre Agraria, Clamor por la Paz, Frente Amplio por la Paz, Marcha Patriótica, Congreso de los Pueblos…

– ¿Qué solicitud hacéis desde el Congreso de los Pueblos a la solidaridad internacionalista con Colombia?

La solidaridad entre los pueblos es vital en tres ámbitos: En primer lugar, en todo lo que tiene que ver con la concepción de la paz, el campo en disputa política e ideológica del que hablábamos. El segundo tiene que ver con todo el problema de la crisis humanitaria, de la violación de los derechos humanos, persecuciones y amenazas. Es importante dar ese debate en la solidaridad y llevar a cabo una observación permanente de la situación de violación de derechos humanos y de impunidad. El tercer ámbito es el de cómo los pueblos estamos pensando y construyendo un mundo distinto al neoliberal desde la práctica de la solidaridad internacionalista.

No sé si se le puede llamar “la internacional de la solidaridad”, pero necesitamos pensar la solidaridad entre los pueblos en doble vía, entender la relación entre los países como la relación de hermandad, no de explotación de las riquezas naturales por parte de unos países o de unas empresas. Debemos avanzar en iniciativas como el ALBA de los movimientos sociales. En definitiva, cómo nos pensamos una solidaridad, entendida no como caridad o beneficencia, sino de construcción conjunta. No puede ser retórica, deben ser construcciones reales desde la base de las sociedades, en clave “un mundo mejor es posible”.


Eneko Calle García es colaborador de Paz con Dignidad y de Pueblos – Revista de Información y Debate.


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