Emprendifobia

Hace muy poquito puse nombre a una molesta sensación que notaba que me invadía cuando me encontraba de pronto con la imagen de un montón de celdas vacías de una colmena o avispero: tripofobia. Resulta que es una sensación de incomodidad y rasquiña (como esto va por grados, no llego a la angustia ni al pánico) bastante común que sienten una de cada cuatro personas cuando ven cosas como una vaina de flor de loto llena de semillas, una especie de sapo que no salta por estas latitudes y, sobre todo, fotomontajes varios y harto desagradables de partes del cuerpo humano agujereadas con estos motivos. San Google me ha dicho que esto de la 'trypophobia' o “fobia del patrón repitiente” es el miedo o la repulsión a las figuras con grupos de huecos o agujeros en grandes cantidades sobre una superficie, “normalmente de apariencia asimétrica y especialmente orgánica”.

Ya venía yo hilando que las plataformas de crowdfunding y los listados de cursillos para emprendedores me causaban una sensación similar cuando, también gracias al buscador nombrado (con el que mantengo una tensa relación de amor-odio) me encontré con que la Asociación para el Fomento de la Iniciativa Empresarial en Castilla y León publicitaba un espacio de coworking llamado La Colmena como el “ecosistema para emprendedores”. “Esto lo explica todo”, pensé. El picor al ver las dichosas celditas, el molesto zumbido que oigo al encontrarme con esto del emprendimiento en los sitios más insospechados y la extraña sensación, mezcla de mareo, rabia y hasta culpa, que me atrapa cuando pienso en cuántas amistades están metidas en “interesantes iniciativas que algún día darán dinero”. Y ya, de paso, explica incluso la manía que le tengo a Camilo José Cela.

Lo de la “exposición al propio miedo” puede que me sirva para dejar de sentir malestar ante las celdas de las abejitas, pero no me va a valer para la emprendifobia. Más que comprobado lo tengo. Me atacan las loas al emprendimiento y el crowdfunding. Recibo tal avalancha de estímulos semanales al respecto que puede que con lo que comience a soñar en breve sea con trabajar en una cadena de montaje tipo Charlot en Tiempos Modernos. Que sí, que es evidente que no lo digo en serio. Que ojalá todas las personas pudiesen hacer de su pasión su empleo, vale. Pero que con esto del emprendimiento nos están colando un cambio de mentalidad que ni en las ensoñaciones más lúbricas de Margaret Tatcher, también.

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Justo andaba maquinando en este texto cuando me llegó a través de una red social una invitación “personalizada-automatizada” de la Fundación Repsol para participar en su IV Convocatoria del Fondo de Emprendedores. Todavía no me puedo creer la conjunción astral, casi como la de La Colmena. Lo tiene todo: una empresa enorme, gigantesca y con mil tentáculos, busca humildemente individuos con buenas ideas para construir participativamente un mundo mejor (¿se habrán arrepentido de las barbaridades que han ido cometiendo en, por poner un ejemplo, Colombia?). No he podido resistirme a copiar-pegar el texto y adjuntarlo también con algunos comentarios no demasiado elaborados.

¡Qué suerte poder contactar contigo! Estamos buscando personas con talento, que apuestan por la innovación. ¿Eres uno de ellos? ¿Eres de los que, aunque a veces sienta miedo ante el futuro, no abandona? Pensamos que sí.
Sueñas con cambiar el mundo, por eso, a cada problema que surge, planteas una solución. Piensas en una sociedad más sostenible, con un futuro energético más eficiente. Y eso es algo que tenemos en común: queremos conocer tus ideas y potenciar su desarrollo en un ambiente de mutua colaboración, de transmisión del conocimiento y lleno de personas con talento y humanidad.
Tendrás la oportunidad de moldear, desarrollar y explotar tu idea: una idea que empieza a construir un futuro más sostenible.
El Fondo de Emprendedores de Fundación Repsol es una iniciativa orientada a mejorar la sostenibilidad de los modelos energéticos. Nuestros objetivos son tanto apoyar la creación de nuevas empresas y promover su desarrollo de manera desinteresada, como impulsar la participación del inversor privado en la creación de proyectos.
En definitiva, fomentar la implantación de medidas innovadoras de eficiencia energética con especial impacto social y acercarlas como solución al mercado. ¿Lo vas a dejar escapar?
Anímate, inscribe tu proyecto en la IV Convocatoria del Fondo de Emprendedores de Fundación Repsol y construyamos juntos un futuro mejor para todos.

La carta en cuestión incluye casi todos los términos que he ido añadiendo en la lista de “talismanes” de esto del emprendimiento: personas (2 veces), talento (2), innovación/innovadoras (2), miedo, futuro (3), abandono, sueños, soluciones (2), sostenible/sostenibilidad (3), eficiente/ eficiencia (2), común, desarrollo/ar (3), colaboración, conocimiento, humanidad, idea (2), iniciativa (2), desinterés, participación, inversor privado, creación (2), objetivo, empresas, implantación, impacto social, mercado, proyecto. Lo que me está costando sumar palabras a esta lista de talismanes del emprendimiento me lleva a pensar que emplean algún programa informático que elabora discursos mezclando estos términos con preposiciones y artículos varios. Todo ello en frases sencillas, fácilmente traducibles al/del inglés. Muy pocas ideas e innovación en los discursos, dicho sea de paso.

La culpa es nuestra

Lo grave no es, para nada, que esto del emprendimiento haya ido creando una jerga propia, ni que me lleguen mensajes pseudo personalizados a través de una red social en la que, si fuese totalmente coherente y careciese de curiosidad-mata-gatos, no tendría ni que haberme metido. He conseguido casi acostumbrarme al uso perverso (al robo) que hacen de las palabras ciertos partidos, empresas o grupos sociales, empezando por las omnipresentes “libertad” y “democracia”, y a veces me basta con recordar a Benedetti y su “y límpiese bien la boca si dice revolución” para relajarme al respecto y poder seguir pensando.

Lo grave sí es que esta saturación de emprendimiento y crowdfunding nos está arrastrando el sustrato del pensamiento de manera parece que casi irremediable a las personas que andamos debajo de los 40, y en escala creciente bajando de generación. Por delimitar un poco, a las que ni soñamos con eso de un “empleo para toda la vida” y, más aún, a las que ya consideran que eso es carca, aburrido, empobrecedor, poco innovador y varias cosas más por el estilo. Estamos cambiando la mentalidad. Lo dice Guillem Martínez en un artículo: “En un futuro postdemocrático, la mejor propaganda, la más barata y la que parece más madura es la que nos hace creer que la culpa de todo no es de un gobierno o de unas empresas que hablan todo el día de libertad y democracia. Es nuestra. De nuestros hábitos o de nuestro destino”[1].

Hablamos de neoliberalismo

El neoliberalismo, como sabemos, es la única ideología posible. Para empezar, porque va pregonando por ahí que no es ideología. Y, aunque a veces no termino de creérmelo, en debates inesperados he pronunciado casi la mitad de veces la frase (o la he pensado y he zanjado conversación mirando las nubes o hablando de pececitos de colores) “¡pero si es que el neoliberalismo es una ideología!” que la innegable vencedora, “¡pero si feminismo y machismo no se pueden comparar así!”

Al neoliberalismo (o post-, o como queramos), le interesa dividir a la ciudadanía haciéndole creer que no necesita la comunidad. O que la necesita sólo para hacer negocio y lograr “seguidores” y “me gusta”, digámoslo de otro modo. El individuo es grandioso y, en solitario, con su inteligencia y su esfuerzo, puede con todo. Quien necesita del Estado, o de alguna estructura visible (ya se encarga bien de hacer bien invisibles los cuidados y las familias), ha fracasado. Va en metro a los 25 años, que decía Guillem Martínez. Es el sueño americano, que con las redes sociales parece que ha saltado de continente y ha perfeccionado sus estrategias de marketing. Las personas pueden lograr cualquier objetivo que se planteen siempre que se esfuercen lo suficiente. Tergiversamos “libertad” e “igualdad de oportunidades” y ya tenemos el cóctel listo.

Es fácil que suene a “teoría de la conspiración” o a “que viene el lobo”, pero hay innumerables think tanks repartidos por el mundo que se ocupan de, entre otras cosas, legitimar e inculcar la narrativa neoliberal. Es un esfuerzo planeado, quizás no calendarizado y estructurado con metas y objetivos, lo desconozco, pero sí estudiado, dirigido a introducir en las sociedades europeas las bases del neoliberalismo como lo “natural e incuestionable”. En “Cuando al compañero lo convierten en competencia”[2], Pascual Serrano rescataba una cita (en El País) de Alan Solomont, embajador saliente de Estados Unidos en España, que es más que clarificadora: “Hemos dedicado algunos esfuerzos a intentar que aquí también, como ocurre en EE UU, los jóvenes quieran ser el próximo Steve Jobs, Bill Gates o Mark Zuckerberg”. (Evito ahora un párrafo sobre lo masculino, las aficiones y la tecnología, pero me cuesta una uña).

Emprendimiento precario

Tengo la impresión de que las personas que tengo cerca y que están atrapadas en esto del emprendimiento no se creen del todo que sea tan cool, o tan it, o tan estupendo. Que “es lo que hay” y que tienen que ponerle toda la ilusión que puedan a su esfuerzo, todo el cariño. Saben que están en una situación de precariedad grave, que tienen que gastar muchísimo dinero en materiales, en maquinaria, en programas informáticos, en formación, en asesorías o en seguros, o en todo a la vez. Si no pueden gastar mucho dinero, gastan tiempo, todo el tiempo del mundo. Hay que crear una marca propia, definida, personal; creérsela y venderla, venderla mucho.

1502_misc5_emprendifobia02Cuando veo durante un rato largo todas esas “marcas personales” moviéndose por internet me viene a la cabeza, nítida, la imagen de uno de los más temidos fantasmas tripofóbicos: la vaina de la flor de loto, con una semillita en cada agujero. Cientos de ideas buenísimas, asfixiándose en peceras, al lado de otros cientos de ideas clónicas, en batallas de diseño y marketing. Entonces sé que es hora de apagar el ordenador y de decir unas cuantas blasfemias sobre la supuesta crisis, las ilusiones robadas y el cine norteamericano.

Supongo que ha quedado claro que no me muevo en la esfera social de los devoradores y devoradoras de charlas TED, medialabs ni másteres de intraemprendizaje, a quienes me temo ni se les pasa por la cabeza que tengan algo que ver con las personas asalariadas con derechos laborales menguantes. El emprendimiento, así a lo bestia, convierte a los compañeros y compañeras en la competencia, pero puede que estas personas ni se planteen que las cosas puedan ser de otra manera.

La Barbie que ahora toca querer ser

Creo que la palabra náuseas es la que más acierta a describir lo que siento al leer frases como “aunque cuente con smartphone y ganas de trabajar todas las horas posibles del día no se olvida de su habitual coquetería y su perfecto peinado”, del artículo “Barbie se hace emprendedora” que publicó El País en junio de 2014[3]. El símbolo se adapta a los nuevos tiempos al ritmo de una de las variantes del mantra neoliberal: “si puedes soñarlo, puedes llegar a serlo”.

Como explican Víctor Ginesta Rodríguez y Andrea Alvarado Vives en un artículo redondo[4], “la aparición de Barbie Emprendedora es una poderosa constatación simbólica de la perversión neoliberal del ideal de independencia económica de las mujeres y del actual fomento de la iniciativa particular privada”. Es decir, que ahora al sistema le viene mejor que las mujeres dediquemos nuestra vida casi completa a la profesión, que es lo moderno, mientras soñamos con las proporciones y la sonrisa invariable de la muñeca… y olvidamos, por supuesto, que los seres humanos tenemos que cuidarnos unos a otros, que somos hijos o hijas, a veces hermanas o hermanos, a veces madres y padres, casi siempre compañeras y compañeros, amigos y amigas de personas que también son hijos e hijas… etc, etc, etc.

Así que, mientras en lo cotidiano y en los espacios que podemos algunas personas peleamos por visibilizar los cuidados y darle el valor que se merecen, como imprescindibles que son, van estas mentes frías y calculadoras y actualizan la mitología liberal para intentar colarnos que las mujeres también podemos ser hongos hobbesianos[5], completamente autónomas, dueñas de nosotras mismas, desligadas de cualquier deber hacia nadie. Inteligentes, innovadoras e independientes, sin despeinarnos, estropearnos la figura ni dejar de sonreír. Flexibles en cuanto a ampliar horarios para lo profesional, nuestra razón de ser; contorsionistas de la conciliación. No he tocado la agenda y ya llevo rato frustrada.

De lo humano, los medios y el emprendimiento social

Puede que más que una estrategia para naturalizar por estas latitudes el capitalismo brutal que se vive en otros lugares, la Barbie Emprendedora sea precisamente un síntoma de quién va ganando la batalla. Amador Fernández-Savater reflexiona sobre “la configuración neoliberal de lo humano” rescatando frases como la de un amigo norteamericano de paso por Madrid[6]: “Pero qué suerte tenéis viviendo aquí, ¡no hay capitalismo!”

Cuando deja de percibirse como imprescindible que los derechos universales estén garantizados, como ocurre con la atención sanitaria a personas inmigrantes, es que el neoliberalismo va ganando terreno en nuestras mentes. Quizás podamos darle la vuelta a muchas de las últimas leyes y privatizaciones, pero va a ser mucho más difícil revertir determinado imaginario sobre la carrera profesional, las empresas, la felicidad y la solidaridad entre compañeros y compañeras.

Las redes sociales no ayudan a terminar con la espiral de silencio[7], porque parece que en ellas intentamos evitar los temas más polémicos para no perder seguidores y aplausos. Salvo quienes sueltan burradas creyéndose lo del anonimato en internet y quienes ya tienen un perfil público muy definido, en general el uso que le damos a las redes sociales se parece más a la actitud conciliadora que podríamos tener en la cena de Navidad de una familia bien numerosa que a un debate profundo que se salga de los marcos conceptuales a los que los medios grandes nos habitúan.

Y los medios grandes[8] no se preocupan precisamente de hacernos reflexionar sobre el sistema productivo o la crisis de los cuidados, sino que se llenan de artículos que ensalzan el emprendimiento, la narrativa neoliberal y lo importante de las iniciativas individuales para el bien común. Con esto último, que puede significar muchas cosas, no se refieren a otra cosa que al emprendimiento social, que no es estado ni ONG y que dice que su objetivo es satisfacer las necesidades sociales pero aplicando estrategias de mercado. Y empezamos a liarla, mezclando economía “social y solidaria” y enunciados terroríficos como “el poder del lucro para el bien social”.

En teoría, y hablando de lo más básico, hay dos vías: o bien los beneficios de un emprendimiento “x” pueden destinarse a apoyar algo “social”, o bien el propio funcionamiento de la empresa puede hacer cumplir el objetivo social (por ejemplo, empleando a determinadas personas, en paro o excluidas por algún motivo más o menos definido). Ninguna de las fórmulas es nueva, pero sí el peso que estas iniciativas están teniendo. La mayoría son empresas “seleccionadas, apoyadas y financiadas por empresas del gran capital, bancos, filántropos, directamente o a través de fundaciones”. Lo explica con nombres y apellidos el Colectivo Filantropófagos[9] en un artículo sobre el gran capital en los medios: las fundaciones filantrocapitalistas “son la herramienta más importante que usa el gran capital para penetrar en sectores estratégicos donde hacer negocio (salud, educación, medioambiente, comunicación…); y las y los emprendedores sociales su herramienta para acceder y ampliar la clientela hacia sectores críticos de la población y personas que viven en situación de pobreza”.

Estamos hablando de que las personas que tienen más dinero del mundo se dedican a financiar pequeñas (comparativamente hablando) iniciativas para parchear problemas estructurales y visten la operación de modernidad, innovación y buenas intenciones. Nos secuestran el pensamiento[10], y muchas de las personas que dirigen estas iniciativas se lo creen y hablan de “empoderarse”, y muchas otras escriben hermosos textos en medios que incluso son críticos con el sistema en líneas generales defendiendo los planteamientos de “cosas” como Ashoka, la escuela neoliberal de negocios ESADE, el BBVA, la farmacéutica Boehriger Ingelheim o las fundaciones Botín o Telefónica.

Y sí, esto del capitalismo como estado mental[11] y el emprendimiento social me obsesiona. Contemplar demasiado rato las redes sociales me produce un mareo como el de la tripofobia, y términos como conocimiento, desinterés, innovación o participación me causan algo parecido al pánico… Pero eso no quiere decir que no esté totalmente de acuerdo con alguna de las cuestiones planteadas en la reforma educativa, la LOMCE, como lo de fomentar la iniciativa y el espíritu emprendedor. Y límpiese bien la boca…


Andrea Gago Menor coordina Pueblos – Revista de Información y Debate.

Este texto se publicó originalmente en el nº 5 de MISC. Revista de encuentros transdisciplinares (MonoDEstudio, http://monodestudio.es/revista-misc/).

Una versión más breve se publicó el 27/03/2015 en La Marea: “La Barbie que ahora toca querer ser”.


NOTAS:

[1] Artículo publicado en el nº61 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2014, monográfico sobre comunicación, poder y democracia. www.revistapueblos.org/?p=17432.
[2] Serrano, Pascual: “Cuando al compañero lo convierten en competencia”, Atlántica XXII, julio de 2013. Ver en: www.atlanticaxxii.com.
[3] En la sección “Gente”, por suerte: http://elpais.com/elpais/2014/06/19/gente/1403158769_827200.html
[4] “Mordiendo manzanas envenenadas: emprendeduría femenina, emancipación, cuidados y neoliberalismo”, Píkara Magazine, www.pikaramagazine.com, 17/12/2014.
[5] Celia Amorós, “Hongos hobbesianos, setas venenosas”, en Mientras tanto, nº48, 1992.
[6] www.eldiario.es, 19 de abril de 2013.
[7] Elisabeth Noelle-Neumann, 1974. Pascual Serrano habla sobre ello en “Las redes sociales y la espiral del silencio”, Mundo Obrero, enero de 2015.
[8] Interesante el caso de determinados medios de comunicación, muy críticos y a la vez configurados como empresas, como analiza el artículo “Capitalismo indignado: ¿Sirven las empresas para hacer la revolución?” (Gonzalo Toca, Jot Down).
[9] “El gran capital en los medios. El emprendimiento ‘social’ y las fundaciones ‘filantrópicas’ como estrategia”, nº61 de Pueblos. www.revistapueblos.org/?p=17793.
[10] Guiño a la obra de Susan George El pensamiento secuestrado. Cómo la derecha laica y la religiosa se han apoderado de Estados Unidos (2007).
[11] Del artículo citado de Amador Fernández Savater.


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