Recortar derechos, recortar la democracia

El hundimiento del sistema financiero internacional que algunos habían creído que sería el inicio del fin del capitalismo se está convirtiendo, por el contrario, en su refortalecimiento.

Al haberse mantenido prácticamente todas y cada una de las condiciones que permiten que los grandes grupos financieros actúen con plena libertad, ahora se encuentran en condiciones de extorsionar a los gobiernos para exigirles que se ponga fin o se limiten sustancialmente derechos sociales básicos e incluso la propia capacidad de los gobiernos para decidir.

Paula Cabildo.

Para evitar la caída de los bancos y el colapso de las economías, los gobiernos tuvieron que aplicar recursos multimillonarios que finalmente provocaron un estallido descomunal de la deuda. Pero como previamente se había establecido el principio de que los bancos centrales no pueden financiar la deuda de los Estados, resultó que eran los propios bancos privados y los fondos de inversión especulativa que habían originado la crisis quienes tenías que suscribirla ahora que se desbocaba.

Así, los financieros reciben dinero de los bancos centrales en condiciones sumamente generosas, al uno por ciento, con la excusa de que hay que ayudarles para que financien la actividad económica. Pero en lugar de dedicarlo a financiar a empresas y familias lo utilizan para suscribir deuda al cuatro o cinco por ciento. Y como esto les parece poco, lanzan todo tipo de rumores sobre la solvencia de los estados para procurar que el interés al que se emite suba aún más.

Y no sólo eso. Puesto que la deuda es imprescindible para poder hacer frente al hueco que la crisis (es decir, el comportamiento irresponsable y criminal de los especuladores internacionales) ha provocado, éstos últimos vuelven a gozar de una posición de privilegio a la hora de negociar. Y lógicamente no desaprovechan la oportunidad.

Gracias a ello, y de nuevo con la excusa de que si no es así los gobiernos no podrán pagar la deuda, se obliga a establecer reformas laborales, rebajas en el gasto social, a privatizar servicios públicos y a avanzar lo más rápidamente posible en la de las pensiones.

Las llamadas a reformar profundamente las relaciones financieras e incluso a refundar el capitalismo que hicieron los propios dirigentes conservadores se han convertido en una rendición sin condiciones ante los especuladores y las consecuencias son fácilmente previsibles: se abre una etapa larga de depresión, con bajas tasas de actividad y de empleo y con un progresivo debilitamiento, no sé si definitivo, de las políticas de bienestar que en los últimos decenios se habían ido aplicando en Europa.

Pero lo que me parece más importante aún que este recorte en los derechos sociales es lo que más sutilmente lleva consigo. Lo que estamos viviendo no es solamente un pulso en el reparto de la renta entre capital y trabajo sino una ofensiva de los grandes poderes económicos y financieros para acabar con las resistencia políticas a su dominación. Lo que se busca es limitar al máximo el papel incómodo de los poderes representativos. La democracia, incluso en su versión más suave y degradada, se ha convertido en un enemigo fatal de “los mercados”. Yallí es donde se va a procurar dar el tijeretazo más profundo.


Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.

Este artículo ha sido publicado en el nº 42 de la revista Pueblos, junio 2010.


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