¿Por qué trabajar la economía de los cuidados en la cooperación para el desarrollo?

Tengo en mis manos una camiseta de algodón manufacturada en Bangladesh. La etiqueta marca doce euros. ¿Refleja ese precio todos los costes de su producción y distribución? ¿Caben en esos 12 euros el valor de los recursos extraídos de la naturaleza, todas las fuerzas de trabajo empleadas y los residuos generados? ¿Cómo se repartirá la riqueza obtenida? ¿Será una distribución equitativa? En el mejor de los casos puede que todas estas preguntas me asalten mientras espero pacientemente la larga cola hasta la caja. Pero… es que tiene un precio… tan competitivo…
Paula Cabildo.

Paula Cabildo.

“Sólo el necio confunde el valor con el precio” Francisco De Quevedo

“-Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos. / -La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. / -La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién manda, eso es todo”. Lewis Carroll 1896, Alicia en el País de las Maravillas.

Sirva el ejemplo como analogía para el modelo de desarrollo hegemónico, para una ética que ha ido dejándose permear por la lógica del mercado y que en su huída hacia delante se va tecnificando para despolitizarse. Empecemos por el principio. ¿A qué estamos llamando desarrollo? ¿Quiénes y dónde están disfrutando del bienestar generado? ¿Sobre quiénes están repercutiendo los costes derivados de los avances del desarrollo? ¿Ante qué estamos cerrando los ojos porque el resultado es muy competitivo? Para encontrar la respuesta es necesario prestar atención al modelo de éxito que sirve de guía, a la relación que se establece con el tiempo y a qué lugar ocupa el cuidado de la vida en la definición de lo qué se nombra como desarrollo.

En la cooperación para el desarrollo gran parte de las decisiones se toman basándose en indicadores que una vez sumados construyen complejos índices que nos informan de la pertinencia de intervenir en un territorio y no en otro, de cómo evoluciona el desarrollo según un modelo determinado de éxito, del logro de los resultados y de si ya ha llegado el momento de “salir del país”.

Los índices habituales nos resultan familiares. El Producto Interior Bruto (PIB) y el Índice de Desarrollo Humano (IDH), marcadamente economicistas, han ido evolucionando gracias al incansable empeño de muchos y muchas en recordar que el desarrollo trabaja para las personas, que la equidad es su medio y su finalidad, y que es la eficiencia la que está al servicio de la equidad y no al revés. La riqueza no la miden exclusivamente las variables económicas y el foco está en a qué llamamos riqueza, cómo ésta se concentra, cómo se distribuye y qué se hace para redistribuirla.

En su evolución estos índices han ido integrando categorías como el acceso a la educación o la presencia en los espacios de la política tradicional. Así nacieron el IDH ajustado por la Desigualdad (IDH-D), el Índice de Gini, el Índice de Capacidades Básicas (ICB),el Índice de Desigualdad de Género (IDG), el Índice de Equidad de Género (IEG)… No obstante, todavía están lejos de mostrar e incidir allí donde todo lo que miden se hace posible, allí donde se regenera cotidianamente la vida, provocando que el cuidado de la vida quede aún excluido de las decisones que toman como referencia esos mismo índices.

La buena noticia es que se están desarrollando nuevos índices que ya no nos resultan tan familiares y que implican nuevas formas de entender el desarrollo: el Índice FOESSA de Bienestar Social, la Metodología OPERA, o el Índice de Coherencia de Políticas para el Desarrollo. Destacan el Índice de la Felicidad Interior Bruta (IFIB) y el Índice del Buen Vivir. ¿Puede haber algo que mida mejor y más legítimamente el desarrollo que la felicidad y el buen vivir? Quizás es sólo una cuestión de tiempo que el desarrollo ajuste su brújula con variables como ésta.

Y llegamos al Tiempo

La crisis sistémica, cuya onda expansiva ha alcanzado al Sur global del Norte geográfico, está fuertemente condicionada por la relación que tienen con el tiempo los entornos culturales a los que otorgamos el poder de definir el sentido de las palabras. ¿Ha sido siempre entendido el tiempo como se define en el desarrollo hegemónico? ¿Para todas las civilizaciones el tiempo tendrá una sola dimensión lineal y será un enemigo a batir?

Si acudimos a nuestras raíces culturales, encontramos que en la antigua Grecia el tiempo se nombraba de tres maneras diferentes: Kronos es el tiempo que sucede entre la vida y la muerte, Airón cuida de lo que nace y cíclicamente renace, la materia que ni se crea ni se destruye, se transforma, y Kairós, el hijo de la diosa fortuna, es el momento oportuno, el que nos ayuda a intuir la ocasión.

¿Cómo vivían el tiempo los ancestros de nuestros socios de la cooperación para el desarrollo? ¿Cómo está interactuando ahora la concepción lineal del tiempo que impera en el modelo del desarrollo del Norte global con las otras maneras de relacionarse con el tiempo de las cosmovisiones de las personas y organizaciones socias con las que trabajamos en la cooperación? ¿Cómo está afectando la concepción imperante del tiempo al desarrollo?

El medio ambiente

El impacto del llamado desarrollo sobre el medio ambiente ha hecho crecer exponencialmente la huella ecológica en gran medida porque la velocidad a la que extraemos y explotamos los recursos y generamos los residuos, no se sincronizan con el ritmo que la Naturaleza necesita para regenerarlos.

El planeta del que extraemos los recursos que necesitamos para la vida se originó hace cuatro billones y medio de años, 22.500 veces el tiempo que hace que existe la humanidad. La manera en la que definimos el desarrollo niega el vinculo de dependencia centrando el relato en la producción y obviando de dónde se están extrayendo los recursos necesarios para generar y mantener los estándares de desarrollo considerados óptimos. Manipula la secuencia pretendiendo que sea la naturaleza la que nos necesite, cuando la relación de dependencia es al contrario, “no necesito a la gente, es la gente la que me necesita, (…) tus acciones determinaran tu destino, no el mío, yo soy la naturaleza, yo estoy preparada para evolucionar, ¿lo estás tú?[1]”.

Salud, ciudadanía y conflicto capital-vida

En el Norte global el estrés se considera inherente al desarrollo. Presumimos de no tener tiempo y nos da prestigio estar siempre “con mucho lío”. El estrés es la respuesta de nuestro organismo a situaciones de peligro inminente, momentos en los que nuestras glándulas renales responden generando, principalmente, cortisol y adrenalina. El estrés es una ultima ratio, el último argumento posible del cuerpo, pero esta excepcionalidad se ha convertido en normal en los países modelo del desarrollo. Un organismo que se siente constantemente bajo peligro vital tiene un sistema inmunológico muy débil y está sumido en un estado de confusión en el que difícilmente puede discernir las amenazas reales de las ficticias, provocando reacciones desproporcionadas con graves efectos en la salud y contribuyendo decisivamente a que la primera causa de muerte en los países desarrollados sean las enfermedades cardiovasculares[2].

Paula Cabildo.

Paula Cabildo.

El tiempo es también necesario para el ejercicio de la ciudadanía. Hace falta tiempo, “tiempo para sacar tus conclusiones, tiempo para tomar tus decisiones, tiempo para saber dónde te pones[3]”. Tiempo, en definitiva, para dudar, para poner en crisis lo naturalizado.

Ciñéndonos a la concepción lineal del tiempo empleada en el Norte global (de la que son fiel reflejo herramientas de planificación muy usadas en cooperación, como el Marco Lógico), podemos hacer un ejercicio de simplificación que consiste en dividir el tiempo en cinco segmentos: el tiempo para el autocuidado, el tiempo para cuidar a otras personas, el tiempo para la producción (entendida como el empleo), el tiempo para el ocio y el tiempo para el trabajo comunitario. De este modo nos daremos cuenta, a simple vista, de que hay segmentos más rígidos que otros, cualidad que determina hasta dónde podemos ajustarlos, recortarlos, reducirlos e incluso suprimirlos para dar respuesta a las necesidades de los otros tiempos.

Si queremos ir un poco mas allá observaremos también que hay un marcado sesgo de género en la manera de usar el tiempo y cómo la dictadura de género[4] se traduce en una legitimidad diferente para los hombres que para las mujeres de disfrutar más de un segmento de tiempo que de otros. El análisis se enriquece al sumar la edad y la posición socioeconómica.

Los cuidados

Nos centramos en los segmentos de los cuidados para dar paso a otro eje primordial para entender el modelo de desarrollo que estamos aplicando y exportando. Los cuidados son las actividades que hacen posible diaria y generacionalmente el sostenimiento de la vida y el bienestar físico de las personas. Los cuidados son tan viejos como la vida misma, puesto que son su base. Necesitan y reciben cuidados tanto las personas dependientes como las autónomas… ¡Un momento! ¿Hay formas de vida puramente autónomas?, ¿no formamos todas y todos parte de un sistema?, ¿no somos en definitiva inter y eco dependientes?, ¿al servicio de quién juega la fantasía de que el modelo del éxito está en la más pura de las independencias? Pues parece que es todo mucho más prosaico y que somos mucho más vulnerables de lo que nos empeñamos en creer: somos seres interdependientes, parte de un ecosistema, necesitados de cuidados, capaces de cuidar.

La vida no es posible sin los cuidados, por eso la economía de los cuidados trabaja incansablemente para transformar esa visión de la economía en la que sólo se conoce como “trabajo” lo que es empleo, es decir, lo que resulta como contraprestación por una remuneración. Visibiliza, a la vez, cómo los cuidados se practican directamente: escuchando a otra persona, dando de comer a alguien, generando las condiciones materiales que hacen posible esos cuidados (haber hecho la comida, haber planificado, haber considerado gustos o alergias, por ejemplo).

Se puede cuidar presencialmente, pero también en la distancia, lo que añade un grado más de dificultad a la hora de visibilizar si estamos o nos están cuidando. Y esto se complica aún más al comprender que los cuidados tienen dimensiones corporales, materiales, emocionales y afectivas, y que, por tanto, los descriptores que habitualmente aplicamos a nuestra interpretación del desarrollo no se adecuan a la base de todo: lo que hace la vida posible.

¿Cómo se aplicarían los criterios de calidad del CAD[5] (pertinencia, coherencia, eficacia, eficiencia, sostenibilidad, viabilidad, impacto) a todas las tareas de cuidado que hacen posibles todos los proyectos de cooperación para el desarrollo que se ponen en marcha?

Puede que aún haya quien se esté preguntando por la relación entre el conjunto de tareas que hacen posible la vida, los cuidados, y el desarrollo. Preguntémonos, entonces: ¿en qué espacio se regenera en su mayor medida la vida? En los hogares, en el espacio privado, allá donde no se ve a simple vista, allá donde hace falta centrar la mirada para ver, allí donde las actuaciones de desarrollo no quieren entrar, lo que concuerda con la doctrina liberal de que “lo que ocurre en el hogar no entra en la jurisdicción del estado puesto que es un asunto privado”. Allí donde se coloca el mayor peso de la regeneración de la vida cotidiana, la cooperación para el desarrollo rara vez interviene, y más raramente aun considera y contabiliza lo que allí ocurre, los resultados de las intervenciones del desarrollo, lo que, sin embargo, hace posible sus otros resultados.

El desarrollo, tal y como lo entendemos, es posible gracias a la naturaleza, de la que extraemos los recursos necesarios, y al sostenimiento de la vida, en el que juegan un papel esencial las mujeres, que es a quienes se asigna principalmente la responsabilidad del cuidado. Pero la lógica biocida del capital niega e invisibiliza esta dependencia, despojando así a quien cuida de los derechos generados:

“El mismo día que cumplí los 65 me fui al centro de salud a por mi tarjeta medica roja, esa que que dan cuando eres jubilada y así no tienes que pagar nada por los medicamentos. Porque yo ahora, a mi edad, tengo muchos dolores, que si las cervicales, que si la tensión… Pero salí de allí sin la tarjeta roja y sin la mía… Mientras me quitaba la tarjeta me decía: ‘usted no tiene derecho a esa tarjeta ni a la sanidad pública, ese derecho es para los jubilados y usted no ha trabajado nunca’. ¿Qué yo no he trabajado nunca? Ahora estoy en la tarjeta sanitaria de una de mis hijas como dependiente[6]”.

Entre mujeres

Este reparto tampoco es equitativo intramujeres y refleja las inequidades socioeconómicas: cuida más quien menos tiene y recibe menos cuidados quien más los necesita. Se dibuja así un círculo vicioso de cuidados/precariedad/exclusión/pobreza que única- mente se romperá colocando el cuidado de la vida como el objetivo prioritario de la cooperación para el desarrollo.

En la respuesta a la emergencia del ébola se ha observado que las mujeres son el 55 y el 60 por ciento de las personas muertas y un 75 por ciento de la población infectada. La feminización de la pandemia se asocia a que son ellas (mujeres, niñas; enfermeras y otro personal de salud) las principales responsables del cuidado, por lo cual están más expuestas, así como a las grandes dificultades que enfrentan para acceder a la información.

Los cuidados son un factor que inhibe o facilita el desarrollo humano y sustentable, pero, como veíamos, las actuaciones de cooperación para el desarrollo tradicionales son ciegas a la multiplicidad de tareas que hacen posible la vida. No las tienen en cuenta al organizar los recursos necesarios para la intervención, no inciden en distribuirlas de manera más equitativa, no las colocan en el centro y, sin embargo, sí se sirven de todo este trabajo de cuidados para hacer posible el desarrollo de sus intervenciones. No lo olvidemos: el desarrollo es para las personas y lo hacen las personas, y las personas no existen si no son cuidadas dignamente.

Hasta aquí podría llegar el relato, pero el feminismo no creó la perspectiva de género como herramienta descriptiva, sino como herramienta de transformación. Para subvertir esta situación es necesario colocar el cuidado de la vida en el centro del desarrollo, desplazando la lógica del mercado, y para ello es imprescindible visibilizar los cuidados como elemento esencial para que la vida sea posible (quién, dónde, cuándo, cómo se cuida). Dignificar el trabajo de cuidar. Redistribuir equitativamente la responsabilidad de los cuidados, y entender y promover que el cuidado de la vida es una responsabilidad y un derecho que ha de ser asumido individual y colectivamente. En esta última categoría entran los recursos públicos, para promover el cuidado de la vida como política pública. ¿Y si llamamos desarrollo únicamente a aquello que coloque el cuidado de la vida en su centro? ¿Y si llamamos desarrollo sólo a lo que contribuye a que la vida merezca la pena ser vivida?


Mar Correa García. Genera, Red de Mujeres Feministas por el Género en el Desarrollo.

Las inspiraciones para este escrito han venido de Silvia Federici, Cristina Carrasco, Raquel Coello, María Novo, Nidya Pesantez,Yayo Herrero y Amaia Pérez Orozco.

Artículo publicado en el nº64 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer trimestre de 2015.


NOTAS:

    1. www.natureisspeaking.org .
    2. Organización Mundial de la Salud (OMS).
    3. “Tiempo”. Canción de Bebe y Carlos Jean.
    4. Izquierdo, María Jesús (1984): “No toda hembra es mujer”, El País, 8 de marzo.
    5. CAD, Comité de Ayuda al Desarrollo.
    6. Grupo de discusión para la elaboración de la guía Cómo trabajar la economía de los cuidados en la cooperacion para el desarrollo (2012).

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