Leer a… Simone Weil

Simone Weil nació en París a principios del siglo XX. Participó en grupos pacifistas y sobre todo estuvo vinculada al sindicalismo revolucionario. Incomprendida por sus contemporáneos y ninguneada por la posterior tradición política y filosófica oficial, ya son muchas las personas que, libres de prejuicios, se aproximan a su filosofía. Llevada por la necesidad de exponerse a la realidad, asume a lo largo de su vida distintos trabajos manuales: trabajó en una fábrica inglesa, fue miliciana en la guerra civil española[1], colaboró con en la Resistencia francesa… Le tocó vivir acontecimientos difíciles y oscuros del corazón del siglo XX, vivencias que contribuyeron a ir creando en ella un pensamiento difícil de clasificar.

p62_simone_weilSu pensamiento en acción la llevó a hacer un esfuerzo de “atención” a la realidad: la atención como provocación de la verdad. En 1946 en “Ensayo sobre la noción de lectura”[2] se cuestiona el concepto de realidad del mundo exterior:

“Pues lo que nosotros llamamos el mundo son las significaciones que leemos; no es, pues, real. Pero nos sobrecoge como exterior; entonces es real. (…) El cielo, el mar, el sol, las estrellas, los seres humanos, todo lo que nos rodea es igualmente algo que leemos. Lo que llamamos una ilusión de los sentidos, corregida, es una lectura modificada”.

Así, en su corriente filosófica y de pensamiento hay una constante preocupación por el despertar. En 1933 se pregunta, en cuanto a la revolución proletaria, si es necesario ese despertar. Simone no tiene duda:

“La capacidad de juzgar libremente es cada vez más escasa (…). En cuanto a la clase obrera, su situación de instrumento pasivo de la producción difícilmente la prepara para tomar en las manos su propio destino”[3].

Estos conceptos de realidad modificada y búsqueda de despertar, unidos a palabras como revolución, proletariado o sindicalismo, son los que hacen de Simone Weil una pensadora insólita y singular. Durante toda su vida la búsqueda de la verdad fue una constante. En la madurez de su pensamiento conjuga la militancia social y política y la preocupación por la clase trabajadora con la crítica feroz al sistema capitalista. En “El capital y el obrero”, curso impartido en la Bolsa de Trabajo de Saint-Étienne, apela a la revolución total como única forma de restablecer el dominio del trabajador sobre las condiciones de trabajo. Simone no sólo se preocupa por el salario y las condiciones físicas laborales: las y trabajadores, como seres humanos, como seres susceptible de ser felices, centran su atención. Cuando el obrero termina su jornada laboral, ¿es feliz?, ¿se siente bien? La lucidez de sus reflexiones radica en que trasciende el mero marco laboral para entender al ser humano en su globalidad. Se da una suerte de conjunción entre misticismo y compromiso político y social difícil de encontrar en la historia de la filosofía y del pensamiento. Para Simone Weil

“Es fácil definir el lugar que debe ocupar el trabajo físico en una vida social bien ordenada; debe ser su centro espiritual”[4].

Simone Weil escribe ya a mediados del siglo pasado sobre el deterioro de los sindicatos, sobre el aburrimiento del obrero, sobre el materialismo histórico, las contradicciones del marxismo, sobre el movimiento sindical en general, sobre la unidad de acción de la clase obrera. Un eje central de su concepción política es la idea de “fuerza”:

“El efecto perverso que conlleva al círculo vicioso del prestigio de la fuerza”[5].

“Que sólo puede conducir al no-entendimiento y a la guerra que se produce por este empleo de la fuerza y no por el uso de la inteligencia. (…) La inteligencia no debe inclinarse jamás ante ninguna autoridad”[6].

Entre 1938 y 1939 compone el artículo “La Ilíada o el poema de la fuerza”, en el que determina que el verdadero héroe de la obra es la fuerza: la fuerza que somete a los seres humanos, la fuerza manejada por los seres humanos. Establece un paralelismo entre la violencia que se ejerce por medio de la fuerza y la “cosificación” que se produce en el ser humano cuando es sometido por otros a semejante empleo de la fuerza: “Había alguien y, un instante más tarde, no hay nadie”. Se produce la transformación de un ser vivo en cosa. Violencia es cosificación.

¿Quién fue Simone Weil? ¿Qué mujer a comienzos del siglo XX visita una mina para “conocer” cómo trabajas los obreros? ¿Quién es esta mujer que se atreve a escribir sobre la revolución proletaria a la vez que habla de belleza y de mística? No cabe duda de que estamos ante un caso excepcional de valentía y radicalidad.

Llega a tener alguna experiencia mística que la marcará profundamente. Simone acoge estos momentos, llamémoslos “elevados”, para comprender que

“El hombre sólo escapa a las leyes de este mundo por espacio de una centella. Instantes de detenimiento, de contemplación, de intuición pura, de vacío mental”[7].

También le influirá su breve contacto, como miliciana, con la Guerra Civil española. En 1939, el estallido de la II Guerra Mundial y la ocupación de Francia por las tropas alemanas hacen que Simone tenga que exiliarse, ya que era de origen judío. Participó también en la Resistencia francesa y vivió en Nueva York.

A estos años pertenecen escritos sorprendentes sobre el individualismo y el desarraigo:

“Un ser humano tiene una raíz en virtud de su participación real, activa y natural, en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro”[8].

Pero para Simone el arraigo no es sólo solventar la vida en conjunto, las necesidades básicas como el hambre o la vivienda. El ser humano tiene necesidad de arraigo moral, de compromiso con uno mismo, lo que lo lleva a la rebelión y a la desobediencia.

Al trazar las líneas que dibujan el esqueleto de la obra de Simone Weil aparecen palabras como racionalización, fuerza, obediencia/rebelión, movimiento social, inteligencia, revolución, desarraigo, atención, realidad. Y con todo ello podemos configurar el pensamiento vital de esta filósofa revolucionaria.

La sociedad civil se ha aburguesado. El sistema capitalista, dice Simone, nos hace burócratas, y “la sociedad burguesa está aquejada de una monomanía: la contabilidad”. Nada tiene valor si no puede contarse en cifras.

Para Simone, ya en 1937 la revolución era necesaria: el sistema estaba muy enfermo. Todo esto nos suena mucho en estos años convulsos que vivimos en todo el mundo. Pero ya entonces la palabra parecía “manoseada”, así es que en pleno siglo XXI quizás “revolución” no es lo que se ha pretendido que sea. Quizás debamos revisar los escritos de Simone Weil para comprender que revolución y progreso no son contradictorios sino complementarios. Que cada persona, como ella dice, tiene su particular concepto de revolución y que todas en algún momento de nuestra vida hemos apelado a ella. En 1936 en Francia la masa tomó conciencia de su responsabilidad en el rumbo de la historia, quizás tomaron todos conciencia de que la revolución podía ser efectiva.

Simone Weil, con un lenguaje claro, directo y a veces emotivo y apasionado, reniega de la obediencia ciega y de los efectos devastadores del sinsentido. Apela a la solidaridad, al arraigo físico y ético y al empleo de la inteligencia. Sobre todo, al empleo del conocimiento y la inteligencia.

Merece la pena reconquistar ese terreno de sabiduría, libres de prejuicios y abiertos al conocimiento


Clara Alonso (claracinta@gmail.com) es colaboradora de
Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº62 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2014.


NOTAS:

  1. Simone Weil, conocida como La santa roja, se enroló en la Columna Durruti para combatir en el Frente de Aragón.
  2. Revista Anthropos.
  3. “Perspectivas. ¿Vamos hacia la revolución proletaria?”, en Escritos históricos y políticos, Simone Weil, Ed. Trotta, Madrid, 2007.
  4. Echar raíces, Ed. Trotta, Madrid, 1996.
  5. Revista Anthropos.
  6. “Reflexiones brutales”.
  7. La gravedad y la gracia, Ed. Trotta, Madrid, 2007.
  8. Citado en Simone Weil. La conciencia del dolor y de la belleza, Ed. Trotta, Madrid, 2010.

“El asombro es la fuente de la sabiduría”
Platón
“¿Cómo se mantiene la obediencia cuando supone al menos tantos riesgos como la rebelión?”
Simone Weil


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