Imaginemos que tuvieran nombre

En el año 2003 Teresa Aranguren escribió una obra de culto o, más exactamente, una obra clásica, 'Palestina, el hilo de la memoria', reeditada muchas veces y leída por innumerables lectores como se lee con los dedos el cuerpo de un niño mojado o de un amigo enamorado. En ese libro, donde la historia de la Palestina robada y martirizada se presentaba en carne y hueso, digna y real, Teresa Aranguren demostró que era no sólo la gran periodista cuyo trabajo habíamos admirado durante dos décadas sino también una gran escritora camuflada. Por eso, cuando tres años más tarde, en 2006, Constantino Bértolo publicó la primera edición de 'Olivo Roto: escenas de la ocupación', ahora felizmente reeditada por Barataria, muchos sentimos que se trataba del cumplimiento de una promesa aplazada, pues 'El hilo de la memoria', tejido con distintos olvillos, era la promesa muy concreta de un libro -precisamente- de relatos.

Cuando Olivo Roto se publicó por primera vez en 2006 yo escribí en la añorada revista Ladinamo una reseña de título “Vivir con el otro dentro”, título que me permitía repasar los distintos conjuros que utilizamos contra el otro, cada vez que quiere hospedarse en nuestro pecho, pero también justificar la inclusión de una autora española y que escribe en castellano en una sección de libros dedicada explícita y exclusivamente a obras ajenas a la tradicción europea y occidental. ¿Qué hacía Teresa Aranguren al lado del japonés Tanikazi, la nigeriana Chimamanda Adichie o el apátrida Abdel Rahman Munif? Bueno, decía yo, es que Teresa Aranguren, en este libro escrito en castellano, revela ser, en realidad, una escritora árabe, mitad iraquí y mitad palestina. No es una cuestión de buena “documentación” ni de buen “conocimiento” de la zona: precisamente la técnica literaria de exterminio o fumigación del otro que llamamos “orientalismo” es un refinamiento de la erudición, un capricho de acumulación de detalles muertos. El orientalismo y el exotismo trabajan sobre mortajas de colores sustituyendo las concreciones humanas por listas de nombres sonoros y huecos: ciudades, comidas, falsos modismos locales. Sabe mucho, reconoce poco.

¿Cómo se llega a ser una escritora árabe siendo española y escribiendo en castellano? Haciendo exactamente lo contrario. Teresa Aranguren lleva el otro dentro; y ese otro que es ella misma se expresa de manera neta y sobria, porque Aranguren, que ha vivido el dolor de cerca y no lo ha rechazado, es tan neta y sobria como muchos de esos palestinos e iraquíes reales que algunos hemos conocido y que mantienen con sus nombres, sus ciudades y sus amigos las mismas relaciones -quizás más secas y austeras- que nosotros con los nuestros. ¿Cómo decirlo? Olivo Roto enjuga el orientalismo en la carne exacta de los hombres y mujeres de Próximo Oriente, acomete una obra de anti-orientalismo radical y, al mismo tiempo, rutinaria y banal, como lo son el deseo y el sufrimiento -sin tremendismos ni sentimentalismos- de los protagonistas de estos relatos, protagonistas que se expresan en general en primera persona y que podríamos ser cualquiera de nosotros si nosotros viviéramos en un país ocupado amenazados por soldados extranjeros que arrancan nuestros árboles, vuelan nuestras casas y matan a nuestros hijos. La frase de Teresa Aranguren es sobria, clara y dura como la vida de los iraquíes y los palestinos bajo el régimen de ocupación que enmarca, atraviesa y enraíza estas historias.

¿Cómo se llega a ser una escritora árabe? Con la imaginación, que es esa facultad horizontal, terrestre, minuciosa, que nos permite ser ocupados -en un sentido exactamente opuesto al de un ejército- por el alma de los otros. El orientalismo fantasea, la literatura imagina. Imaginar es construir la verdad de manera que nos afecte, como le afecta a una madre el dolor y la alegría de su hijo: es imposible, por ejemplo, no sentir como propia la angustia de esa niña que en el relato titulado Humillación ve a su padre desnudado por soldados isaraelíes en un control militar y no puede dejar de desear con horror que lo maten (¡a su propio padre!) para ahorrarle esa indignidad y salvarlo de su futura vergüenza ante su hija. Teresa Aranguren -se diría- ha dejado a un lado toda fantasía, ha luchando contra todo lo que sabe de la zona, ha soltado lastre de adjetivos y coloración local para que nada le estorbase en el camino de su imaginación constructiva y contagiosa. Es por eso que el iraquí torturado, el vengativo, la que se ha vuelto loca, el palestino que regresa para el entierro de su padre, la que ha sido expulsada tantas veces que busca inútilmente la muerte, la que se abraza a su olivo (Farida, Ahmed, Tarik, Abdala, el pobre tonto Malek) son sencillamente nuestros semejantes, que es una buena manera de describir a los que son como nosotros, pero en sus propios territorios y en sus propias vidas. Mediante este ejercicio de sobria imaginación constructiva Teresa Aranguren devuelve a los palestinos e iraquíes lo que nuestros periódicos y nuestros políticos les quitan: a veces la vida, sí, pero siempre los nombres, las pieles, los placeres, los dolores, la normalidad humana compartida. Para esa tarea no bastan las buenas intenciones. Hace falta una mano narrativa, el buen pulso literario que Olivo Roto demuestra en cada línea.

Hay que agradecer a la editorial Barataria que haya devuelto a la vida, a su vez, este libro que nunca estuvo muerto. No podía escogerse mejor momento. Nunca el mundo árabe ha estado más ocupado -ocupantes internos y externos- que hoy y nunca ha necesitado tanto de una buena política y de una buena literatura. Teresa Aranguren es una buena escritora árabe a la que sólo se puede reprochar que se prodigue tan poco. Olivo Roto es también la promesa -aplazada ya ocho años- de nuevos libros que sólo ella puede escribir. Los esperamos.


Fuente: La Marea, 28/11/2014.


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