Apunta, dispara y publica: ¿Puede la agitación en las redes sociales sustituir a la gente aglomerándose en las calles?

En la mañana del 9 de junio, una multitud se quedaba fuera, a la sombra del Hotel Hilton y del Corner House, al lado de Kimathi Street, en Nairobi (Kenia). Sus ojos estaban fijos en un hombre que se había encadenado a la estatua de Dedan Kimathi, el luchador por la libertad que después daría nombre a la calle. El manifestante, que se identificó como Dedan Kimathi Waceke, llevaba una bandera de Kenia con un sombrero con los colores nacionales y gritó que no iba a liberarse de su prisión a menos que se le concediera una audiencia con su abuela, Mukami Kimathi. Afirmaba que era el tercer nieto de Dedan Kimathi, pero que, a pesar de tan impresionante pedigrí, languidecía en la pobreza.
Fotografía: Sebastián Ruiz.

Fotografía: Sebastián Ruiz.

Como el drama continuaba desarrollándose, alguien de la multitud sacó su smartphone, hizo una foto y la publicó en Facebook. Se volvió viral hasta el punto de que incluso quienes no estaban allí discutieron los méritos de las demandas del tal Waceke. Y, con esa simple acción de “apunta, dispara y publica”, la relación simbiótica entre las redes sociales y el activismo fue puesta una vez más a prueba.

Seis meses antes, el 29 de diciembre de 2013, tres periodistas de la cadena de televisión Al Jazeera habían sido arrestados y acusados de difundir información falsa y ayudar a un grupo terrorista en Egipto. Sin embargo, el director general de Al Jazeera English, Al Anstay, había afirmado que Baher Mohamed, Peter Greste y Mohamed Fahmy habían sido encarcelados simplemente por hacer su trabajo, lo que desató una campaña online con el hashtag #FreeAJStaff, en la que más de 40.000 personas exigieron la inmediata liberación de los periodistas.

El mismo mes que el joven se encadenó a una estatua en Nairobi, y a pesar de que el hashtag #FreeAJStaff había alcanzado los cerca de 80 millones de comentarios en Twitter, Mohamed, Greste y Fahmy fueron condenados a la cárcel entre siete y diez años. El mundo estallaba en protesta, pero El Cairo hacía caso omiso a la disidencia digital y volvía a sus quehaceres de implementar su propia versión de la justicia.

 #BringBackOurGirls 

Dos meses antes, el 15 de abril, el grupo extremista Boko Haram había secuestrado a más de 200 niñas de un internado en Chibok, al norte de Nigeria. La campaña con el hashtag #BringBackOurGirls, que comenzó Jibrin Ibrahim, un trabajador poco conocido de una ONG, tomó rápidamente peso y se difundió dando lugar a protestas en las principales capitales del mundo. Cediendo a la presión, el presidente Goodluck Jonathan rompió su silencio sobre la cuestión un mes después de que comenzaran las protestas, mientras que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, anunció planes con medidas antiterroristas para ayudar a Nigeria.

De manera que un hombre se encadena en Nairobi buscando audiencia con su abuela por “injusticias históricas” y la gente se pasa un par de horas blogueando antes de pasar a otro asunto. En el Cairo, los periodistas que trabajan para una emisora internacional son encarcelados a pesar de las protestas de los más altos cargos en el planeta. Y en Nigeria, más de 270 niñas continúan secuestradas meses después de que fueran raptadas de su internado y a pesar de una campaña en las redes sociales difundida durante días.

Entonces, ¿funciona realmente este activismo de hashtag? ¿Es todo palabra sin ningún tipo de acción? Después de que las celebridades, presidentes y expertos en redes sociales tuvieran su espacio de protagonismo, parecen que han cambiado rápidamente para dar apoyo a la próxima crisis tuiteando y facebookeando sus pareceres sobre los males del mundo, pero haciendo muy poco para provocar cambios sobre el terreno.

“La realidad es que las redes sociales nunca reemplazarán a las personas en las calles”, dice el fotógrafo y activista keniano Boniface Mwangi1. “La gente sigue hablando de la primavera árabe, pero ¡eso no fue una revolución de Twitter! La Plaza Tahrir no estaba en internet, sino en terreno físico, así que vamos a no mentirnos sobre la posibilidad de que un día las redes sociales reemplazarán al activismo callejero. Miremos lo que hizo Waceke, el nieto de Dedan Kimathi, ese junio por la mañana en Kimathi Street: si él hubiera tuiteado sobre la pobreza nadie le habría escuchado, pero encadenándose a esa estatua su declaración fue muy fuerte”.

Boniface dice que para la gente es muy fácil confundir un seguimiento profundo de una red social con las acciones reales. “Mira, por ejemplo, la forma en que la gente votó a los aspirantes presidenciales Martha Karua y Peter Kenneth. Eran muy populares online, pero no lo eran tanto fuera de la red. El número de seguidores en Twitter, claramente, no es un indicio de la influencia que tienes en las calles”.

Pese a todo, Boniface opina que las redes sociales son una gran herramienta de movilización. “Pueden ser una muy poderosa voz para el pueblo, pero hay que ir más allá de los provocadores, de los insultos, de los tuits pagados, de las maniobras dirigidas por el gobierno y de la prensa sensacionalista que recogen estos tuits y los ponen fuera de contexto”, dice.

Para Edwin Kiama, un activista de las redes sociales, una revolución empieza por la transformación de las mentalidades, y una de las maneras de hacerlo es mediante la participación de la ciudadanía keniana en las redes sociales, para ayudar a cambiar la narrativa. “Permitimos que un montón de cosas nos ocurran y nadie quiere asumir la responsabilidad”, explica.

Navegar en el blog Wanjiku Revolution y gestionar las cuentas relacionadas de Facebook y Twitter ha permitido a Kiama llegar a un gran número de jóvenes kenianos para lograr el cambio. Él pone como ejemplo un anuncio de licitación que el gobierno publicó hace un mes en los diarios locales. El primer elemento de la lista era una subasta para transportar los discursos del gobierno a un costo de SH500,0002. “Alguien hizo una foto del anuncio y me la envió, así que fui a la página, la verifiqué, le hice una foto, la destaqué, lo compartí en mi Twitter y etiqueté a algunas personas, entre ellas Boniface Mwangi, y luego se hizo viral”, dice.

Fotografía: Sebastián Ruiz.

Fotografía: Sebastián Ruiz.

Cambio superficial

Aunque el escándalo dio lugar a una declaración oficial del gobierno, Kiama cree que es algo que ha estado ocurriendo durante años y el cambio puede ser superficial. Sus puntos de vista son apoyados por Ann Njogu, activista y cofundadora de CREAW (Centro para los Derechos a la Educación y la Conciencia), quien cree que los beneficios de las redes sociales son irreversibles. “Los seres humanos tienen una necesidad de interacción”, comienza. “Es por eso que se han convertido en una nueva forma explosiva de hacer las cosas y de conectar a las personas a un nivel de interés determinado, ya que puede haber una comunidad de unas 100.000 personas a la que apasione una cosa y que sean capaces de decir: chicos, ¿qué podemos hacer sobre esto? A través de una publicación en Facebook o a través de un tuit, puedes tener conversaciones que ocurren en tiempo real. Creo que es muy poderoso”.

Para ella, algunos de los éxitos recientes del activismo social incluyen la agitación en contra de la venta del Hotel Grand Regency, el #ungarevolution y la campaña más reciente, #justiceforliz. El último es especialmente importante para Ann, ya que tuvo dimensiones internacionales y atrajo la atención de un público global. Todo comenzó cuando fueron detenidos seis hombres de Busia3 por atacar y violar a una niña de 16 años, pero los agentes de policía encargados del caso decidieron castigarlos, antes de liberarlos, haciéndoles cortar la hierba que estaba fuera de la comisaría.

Pero, ¿realmente funciona?

“Hasta la fecha, el fiscal general no ha renunciado”, se lamenta Ann. “Y tampoco ha renunciado el inspector general de la policía. Es triste, pero al mismo tiempo es bueno haber sido capaces de llamar la atención sobre ese tema”. Hasta ahora, sólo uno de los atacantes ha sido arrestado. Aunque los manifestantes esperaban algo más, vieron esto como una victoria porque sucedió en un condado donde los casos de violación son rampantes pero rara vez procesados.

“Cuando se inició la campaña no sabía que iba a llegar tan lejos como lo hizo”, explica el también activista de las redes sociales Nebila Abdulemelik, quien encabezó la campaña internacional, en una entrevista de Avaaz.org en YouTube. “Simplemente tomó vida propia”. Este “tomar vida propia”, también conocido como trending (tendencia) o viral, es un fenómeno de mucha esperanza en el activismo social, ya que no sólo haces llegar el tema a un público más amplio, sino que también se mueve desde una plataforma regional a una nacional, o a una internacional, presionando más a las personas responsables de corregir la injusticia.

La revolución egipcia en 2011 fue vista como un ejemplo significativo del poder de las redes sociales como una herramienta para el activismo. Bajo hashtags como #jan25 y páginas de Facebook como ‘We Are All Khalid Said’ (en honor a Khalid Said, golpeado hasta la muerte mientras protestaba), las y los manifestantes ganaron una voz, la atención internacional, y mostrarían las masas unidas en la Plaza Tahrir.

Para muchos y muchas kenianas, como la activista Ann Njogu, dudar de la posibilidad de que una campaña de hashtag pueda llegar a tales extremos es cuestión de tiempo. “Las redes sociales, cuando se utilizan correctamente, tienen un alcance desmesurado. Es sólo que no hemos tenido un problema al que atenernos… Es sólo cuestión de cuándo y cuál será el tema atenuante”.

El papel de la clase media

De acuerdo con un informe reciente de Human IPO, Kenia tiene una tasa de penetración de teléfonos inteligentes del 67 por ciento (un 40 por ciento superior a la media del continente africano, que oscila entre el 18 y el 20). La popularidad de estos teléfonos en Kenia se atribuye a una creciente clase media, y es este grupo el que podría, literalmente, tener un pulgar sobre el cambio a través de las redes sociales. “La clase media pronto entenderá la necesidad de acomodarse o rebelarse a la acción”, subraya Ann Njogu de CREAW. “Muchas veces la gente es reacia debido a la naturaleza egoísta de nuestra política, pero si la crisis de 2007 nos ha enseñado algo es que nadie está a salvo”.

El activista Edwin Kiama, alguien muy dinámico en las redes sociales, ha podido observar las conductas digitales de la clase media de Kenia. “Los asuntos que preocupan a la clase media son muy apasionados pero no afectarán al cambio”, dice. “Todavía están atrapados en su zona de confort y priorizan tuitear para organizar quedadas entre ellos. Todos despotricamos sobre los semáforos, pero seguimos conduciendo en las mismas calles”. Sin embargo, a pesar de sus deficiencias, Kiama se alegra de que las redes sociales hayan dado a las y los kenianos la oportunidad de compartir noticias que por lo general pueden ser ignoradas por los principales medios de comunicación.

“Lo que estamos tratando de hacer es cambiar la narrativa respecto a las cosas que importan; por ejemplo, hemos realizado iniciativas que son ‘poco sexy’ para el gobierno, como #civiceducationke o #inequalityke, una campaña nacional sobre la educación cívica creada a través de los tuits para luego, conseguir kenianos comprometidos en estas conversaciones hasta que se convierte en un problema nacional”.

El activista Boniface Mwangi cree que se podrían conseguir más logros si se utilizara Twitter de forma eficaz. “La clase media de Kenia debe darse cuenta de que si continúan cobardes y nunca salen a las calles, al menos deben utilizar su Twitter con responsabilidad poniendo de relieve los problemas, dando su opinión y efectuando el cambio”, explica.

Por ejemplo, dice que a pesar de que el presidente Uhuru Kenyatta ha puesto en marcha una web para luchar contra la corrupción, poco se ha hecho, y los tuiteros guardan silencio sobre el tema. “El presidente es un pez gordo de las redes sociales. El año pasado lanzó una web para luchar contra la corrupción con mucha fanfarria, pero no hemos visto un sólo caso que se haya perseguido. La clase media keniana puede ayudarnos a mantener el hashtag para un gobierno responsable de sus acciones”.


Naliaka Wafula, periodista keniana.

Artículo publicado en el periódico de Kenia Daily Nation (29 de julio de 2014) y traducido con el permiso de la autora y del diario por Sebastián Ruiz. © Daily Nation.

Euskaraz:

Artículo publicado en el nº63 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2014.


NOTAS:

    1. Nota del traductor. Mwangi ha sido reconocido dos veces por la CNN como el fotoperiodista africano del año y, entre otros premios, recibió en 2012 el Príncipe Claus por su trayectoria profesional. Fundador del colectivo de artistas y activistas PAWA254, que realizan crítica social y política a través del arte protesta, ha sido detenido en varias ocasiones.
    2. N.T. La moneda del país son chelines kenianos. SH500,000 equivalen aproximadamente a unos 4.366 euros.
    3. Busia es un condado de Kenia, frontera con Uganda.

Print Friendly

Un pensamiento sobre “Apunta, dispara y publica: ¿Puede la agitación en las redes sociales sustituir a la gente aglomerándose en las calles?”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *