La mafia de la frontera sur

Berlín, abril de 1945. En los estertores de la II Guerra Mundial, la población civil berlinesa sufre los bombardeos y el racionamiento mientras circulan inquietantes rumores sobre la llegada del Ejército Rojo. Pronto los rumores se hacen realidad. Y en los refugios antiaéreos, en las escaleras de los portales o en las cocinas, las tropas victoriosas violan a las mujeres alemanas. Una periodista anónima lo relata en el sobrecogedor libro 'Una mujer en Berlín'. A ella la violan por vez primera a la salida del refugio, tras acudir a defender a otra mujer de tres soldados rusos mientras hombres alemanes, paralizados por el miedo, miran para otro lado.

Esta mujer sufrirá sucesivas violaciones por parte de los militares soviéticos (las tropas aliadas, francesas y norteamericanas, también las cometieron). Sin embargo, sus palabras no expresan compasión por sí misma. Tampoco desesperación. Al contrario, revelan una vitalidad desbordante y son un ejemplo de la capacidad de las mujeres para sobrevivir en situaciones extremas: prueba de ello es su decisión de salir de casa en busca de un oficial que monopolice la violencia sexual sobre ella, “un lobo que me defienda de los demás lobos”.

Casablanca, abril de 2014. Una furgoneta traslada a un grupo de mujeres migrantes, que huyen de las redadas de la policía marroquí. Entre ellas está Juliette. Ha salido de Benin City hace tres años y, tras cruzar el desierto, permanece en Marruecos a la espera de una oportunidad para cruzar a Europa. Pero Juliette ha perdido gran parte de su autonomía: no es ella la que decidirá cuándo y cómo cruzar, no es ella la que ha escogido sobrevivir en Marruecos (ya lleva casi dos años) de la mendicidad y de la prostitución; no es ella la que optó por abortar en condiciones peligrosas, ni tampoco la que más tarde decidió quedarse embarazada y tener a la hija que sostiene en sus brazos en el ambiente irrespirable de la furgoneta. Pero si Juliette se ha puesto en manos de una red de trata para que la traslade a España, si las redes de explotación de mujeres funcionan en el tránsito hacia Europa, es también porque a estas mujeres las amenazan violencias mayores. Y la red que las explota y ejerce el control sobre sus cuerpos las defiende “de los demás lobos”.

La política de externalización de fronteras de la UE y de España ha generado una enorme violencia de las policías norteafricanas contra la población migrante. Policías marroquíes abandonan en el desierto, sin agua y sin comida, a las personas detenidas en las alambradas de Ceuta y Melilla o en las redadas internas en Marruecos. El desierto engulle más muertos que el océano, señala Mahmud Traoré, migrante senegalés que saltó la valla hace nueve años, mientras las policías española y marroquí disparaban y mataban a algunos de sus compañeros. La violencia sexual contra las mujeres es una de las prácticas habituales de estos cuerpos policiales que le hacen el trabajo sucio a Europa. Cuando la impunidad y la violencia se desatan, los cuerpos de las mujeres las sufren en dosis y formas especialmente brutales.

Son los Estados y las empresas que viven del negocio de la xenofobia las verdaderas grandes mafias de las fronteras. Lo es el Estado español cuando paga a Marruecos por la persecución de hombres y mujeres migrantes; lo es cuando entrega maletines de dinero a las autoridades de los países a los que España fleta vuelos de deportación; lo es cuando paga millones de euros a compañías aéreas como Air Europa para hacer este trabajo; lo es cuando inventa falsas migraciones masivas que justifican nuevos contratos para elevar las alambradas. Sucede al revés de lo que dice el discurso oficial: es la política migratoria española la que crea el ecosistema adecuado para que otras redes de explotación puedan aflorar y desarrollarse.

Si Juliette logra cruzar la frontera, sus posibilidades de acabar en un CIE y de ser deportada a Nigeria son bastante elevadas. Por mucha publicidad policial contra la trata y por muchas declaraciones institucionales contra los secuestros de niñas en Nigeria, la maquinaria española de las deportaciones es despiadada: si el plan es llenar un avión a Lagos (como ha sucedido, una vez más, el pasado 12 de junio), también las mujeres traficadas podrán ser deportadas.


Gema Fernández R. de Liévana es abogada en el ámbito de los derechos humanos. Trabaja en Women´s Link Worldwide, en violencia contra las mujeres y trata de personas. Participa en la Oficina de Derechos Sociales del Barrio del Pilar (Madrid). Eduardo Romero G. forma parte del colectivo Cambalache (Asturies). Es autor de Quién invade a quién. Del colonialismo al II Plan África; Un deseo apasionado de trabajo más barato y servicial; y A la vuelta de la esquina. Relatos de racismo y represión. Con otras tres personas, han escrito ¿Qué hacemos con las fronteras? (Akal, 2013).

Artículo publicado en el nº62 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2014.


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