El Estado de Israel: una impunidad legitimada

Por esas paradojas de la vida, el 2014 fue el que señaló la Asamblea General de las Naciones Unidas como el Año Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. En la resolución que determina el hecho se maneja con soltura ese lenguaje al que acostumbra la ONU y que, cuando se trata de Palestina, roza la perversión. Así se dice, “recordando el reconocimiento mutuo entre el Gobierno del Estado de Israel y la Organización de Liberación de Palestina…”, “afirmando su apoyo al proceso de paz…”, “acogiendo con beneplácito que el 29 de julio de 2013 se reanudaran las negociaciones de paz…”, “tomando nota…”, “recordando…”, “solicita…”, “invita…”. Una larguísima declaración de buenas intenciones de las que llenan los panteones, como dicen las viejitas mexicanas.

Seguramente lo más de verdad de la resolución que declara el Año de Solidaridad con el Pueblo Palestino fue quién votó qué en la Asamblea, porque ni para algo tan huero como esto los de siempre (EE.UU, Canadá y Australia) dieron su brazo a torcer. Son los mismos que han vetado sistemáticamente todo lo que tiene que ver con la creación de un Estado para Palestina. Tampoco estuvo nada mal la presentación de la resolución por parte de Ban Ki-moon, que defendió que los Derechos del Pueblo Palestino eran tan inalienables como los de Israel y que es cuestión de voluntad, así como entre amigos en igualdad de condiciones en un “quítame allá esas pajas” y “de lo hecho, pecho”. En la misma línea, el vicesecretario general de la ONU, Jan Eliasson, advirtiendo que las partes debían abstenerse de cualquier acción que pueda socavar las negociaciones.

Mientras la comunidad internacional marea la perdiz y vuelve la cabeza para no ver el horror que consienten y que tienen delante de sus narices, hace más de una semana que Israel dio comienzo a un nuevo ataque genocida contra Gaza con total impunidad.

El calendario

El 12 de junio secuestraron a tres jóvenes israelíes. Inmediatamente, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, anunció una reunión de urgencia con su gabinete de seguridad para determinar qué medidas se debían tomar en Cisjordania. El resultado fueron cuatrocientas personas detenidas, que se dice pronto. Paralelamente, seis ultranacionalistas judíos, aplicando los principios de la Ley del Talión, asesinaron a un muchacho palestino de 16 años quemándolo vivo. El cóctel molotov estaba en marcha. En la cara A de la política, un gobierno israelí más que preocupado por los acuerdos entre Hamas y Al Fatah y un EEUU en el que empiezan a proliferar las voces críticas por la ampliación de los asentamientos y la falta de voluntad política en las negociaciones de paz. En la cara B, las tensiones internas que aprovechan los hechos para arrimar el ascua a su sardina: por un lado, la derecha más dura del Ejecutivo israelí que llevaba esperando su momento para echarle en cara a Netanyahu el último intento de conversaciones de paz; por otro, las Brigadas Azedim al Kasam en el seno de Hamas, que no apoyaban el acuerdo de reconciliación nacional con Al Fatah.

El 30 de junio aparecieron los tres adolescentes israelíes muertos. La tensión fue en aumento, ya tenían la excusa perfecta. Es importante recordar que el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás) no reivindicó en ningún momento los asesinatos. El 9 de julio el primer ministro declara que autoriza la convocatoria de 40.000 reservistas por si hubiera que organizar una incursión terrestre, mientras continúan los bombardeos. Como sistema de defensa, la población gazatí sólo cuenta con que el Ejército israelí avise o no de dónde va a caer la siguiente bomba. Netanyahu no pierde baza y se envalentona, va subiendo el tono de sus declaraciones al más puro estilo machito en un “ellos se lo han buscado” y responsabilizando sin pelos en la lengua de la contundente respuesta militar a Hamás.

¿Fuerzas equilibradas?

Por descontado que no se justifica el fuego en sentido contrario, pero me parece de juzgado de guardia que en buena parte de las declaraciones y peticiones de alto el fuego se deje entrever que las fuerzas son equiparables. No lo son, ni mucho menos lo son. Desde la Franja de Gaza la ofensiva se basa en el lanzamiento de cohetes, cuentan con un arsenal considerable que con el paso del tiempo ha permitido aumentar su radio de acción. La mayor parte de esos proyectiles que se lanzan del lado palestino son rudimentarios, carecen de precisión y se disparan a boleo, de ahí que la mayoría caigan en zonas abiertas, lejos de los núcleos de población. En su mayor parte provienen de la antigua URSS, así que de tecnología punta nada de nada, están diseñados para generar cortinas de fuego, no para ser disparados de uno en uno. En el bando contrario, satélites militares, buques de guerra, dispositivos de visión nocturna, sistemas de vigilancia, todo tipo de sistemas de comunicación militares, drones… En materia defensiva no se quedan mancos, su sistema de protección contra misiles (Domo de Hierro) intercepta el fuego que llega del lado palestino, protegiendo así a la población civil israelí. Israel está entre los cuatro países del mundo que más armamento exporta, entre otros muchos a nuestro país, armamento que además lleva el sello de “testado”. Ziadah, poetisa palestina y activista de la campaña campaña Boicot, Desinversiones y Sanciones contra Israel (BDS), sostiene que “la producción militar israelí no sólo es dañina para la población palestina; primero la prueban con nosotros, pero después es exportada al resto del mundo y usada contra otras personas”.

En esta escalada de violencia, hay que añadir también que la Franja de Gaza comprende un área de 360 km² con una densidad de población de unas 4.118 personas por km² (la española es de 92 habitantes por km²). No necesitamos una imaginación muy portentosa para hacernos idea del desastre que supone en vidas humanas el impacto de los bombardeos israelíes en cualquier punto del territorio gazatí.

El saldo hasta el momento, en este año tan señalado y tan solidario, es de 189 personas muertas y 1400 heridas del lado palestino, 3 del israelí, esos pobres chicos que han servido de excusa para esta nueva ola genocida a la que han puesto un nombre más que revelador, “Margen Protector”.

Lo que nos cuentan

Se suma a toda esta crisis humanitaria que la Hasbará (el despliegue de medios y de personas voluntarias con el que cuenta Israel para hacer llegar su “verdad”) funciona como un mecanismo bien engrasado. En este contexto geopolítico, retorcido hasta la perversión, la información que nos llega desde los mass media es, más que desalentadora, directamente vergonzosa. Qué difícil se hace cualquier intento de sensibilización a una ciudadanía convencida de antemano de que Israel se defiende como puede en un ambiente muy hostil.

Que se lo digan a Norman Finkelstein, estadounidense experto en ciencia política en general y en el conflicto palestino israelí en particular, que fue interpelado por una joven judía que lloraba a lágrima viva ante las declaraciones del ponente. Él contesto hastiado y airado que ya no atendía a lecciones de moral que le pusieran por delante el Holocausto, que se dejara de historias porque no había nada más despreciable que usar el sufrimiento de las víctimas para justificar las barbaridades que Israel comete a diario contra el pueblo palestino. Su posición está clara: sencillamente esto tiene que parar.

Pues eso, que ya basta, que el genocidio nazi nos duele a todas, pero eso, por no justificar, no justifica ni que al término de la Segunda Guerra mundial la ONU aprobara la Resolución 181 en la que se repartió el territorio palestino para establecer en una de sus mitades el Estado de Israel. Allí vivían en ese momento 750.000 personas, la mayor parte de religión musulmana, sólo el 11% eran judíos. El conflicto estaba servido, era de cajón, no tardaron ni un año en echarse a pelear y de un plumazo Israel pasó de tener del 55% de territorio al 75%. Ahí se midieron las fuerzas y comenzó el periplo de guerras, intifadas y operaciones militares como la que estamos viviendo en este mes. En esta crisis crónica, del lado palestino se quedan la inmensa mayoría de los muertos y las sistemáticas violaciones de los derechos humanos.

En los últimos días, ante el anuncio de bombardeos masivos en el norte de Gaza, la gente lo ha dejado todo y ha buscado refugio en el sur. Hay miles de personas desplazadas. Impresiona saber hasta qué punto llega la desesperación de la población gazatí para que haya familias que en vez de abandonar sus pertenencias y protegerse, se hayan juntado en una sola casa ante la posibilidad de que les bombardeen. Así no dejarán niños huérfanos.

La operación militar de ahora es una más, tan de locos como lo fue la de Plomo Fundido a finales del 2008. A nadie con dos dedos de frente se le ocurría que el gobierno de su país bombardeara cualquier zona del mundo ante la sospecha de que allí se pudiera esconder algún asesino. Sin embargo, lo hace Israel y no pasa nada. Pero, claro, qué comparativa es esa si no tenemos en cuenta que los términos de la justicia universal ni se plantean en un gobierno israelí dominado por la ultraderecha, opción política que allí y aquí cunde como la pólvora en un ambiente caldeado a conciencia y que se fundamenta en el miedo al otro.

En la distancia, el tablero de la comunidad internacional se mueve y los dirigentes se posicionan. Hace unos días el primer ministro inglés, David Cameron, reiteraba “el firme apoyo del Reino Unido para Israel”. Le faltó tararearle a Netanyahu aquella canción de Los Manolos que decía “Amigos para siempre, means you´ll always be my friend”. Obama, ha ido más allá, claro, ofreciendo su ayuda incondicional a Israel e interpelando a Egipto para que medie en el alto el fuego con Hamás, esos “terroristas” culpables de todo mal. A sus órdenes, el emisario del Cuarteto para Oriente Medio (Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y las Naciones Unidas), Tony Blair, que lleva desde el sábado en El Cairo para facilitar las negociaciones del alto el fuego.

Naciones Unidas ha seguido en su línea. La Alta Comisionada para los Derechos Humanos, Navi Pillay, se ha puesto muy propia echándole una regañina a los dos bandos, en un “chicos, que no vale saltarse la legislación de derechos humanos y la normativa internacional humanitaria, ay…” A lo más que llega, porque Naciones Unidas sigue erre que erre sin enviar a los Cascos Azules. Qué vamos a esperar con el currículo que atesoran desde el armisticio que se firmó en el 1948, consintiendo la ampliación de la frontera que se había dado por buena sólo un año antes. Y, desde entonces hasta ahora, una resolución, otra resolución… que al Gobierno israelí por un oído le entran y por otro le salen, se lo pueden permitir, se lo permiten.

Desde Egipto se propuso ayer un alto el fuego, tras el cual se habla de establecer la apertura de los pasos fronterizos para facilitar la circulación de personas y provisiones. En el Cairo tendrán representación el Gobierno del Estado de Israel y las distintas facciones palestinas. Entre los interlocutores estará también el secretario de Estado, John Kerry… No se le vaya a escapar algo a los EEUU.

Ojalá el cese de la matanza se acuerde más pronto que tarde, pero lamentablemente acabará ésta y cualquier día empezará otra y luego vendrá otra más. Entre una y la siguiente la población palestina volverá a su día a día, a la constante ocupación y confiscación de tierras (especialmente las más fértiles), a la usurpación de bienes y de recursos tan básicos como el agua, a las detenciones arbitrarias, a la destrucción sistemática de viviendas e infraestructuras, de asentamientos ilegales; a sobrevivir con el muro de Cisjordania que les separa de sus tierras, de sus lugares de trabajo, de los centros educativos y de salud.

Deberíamos poder confiar en que la ONU fuera la salvaguarda de los derechos humanos en el mundo, pero la triste realidad es que Naciones Unidas no es más que el fiel reflejo de cómo se reparten las fuerzas del statu quo, el retrato de quienes mandan y quienes obedecemos por activa o por pasiva. Con este orden establecido y las leyes que lo rigen poca esperanza le resta al pueblo palestino, poca esperanza para cualquiera que se interponga en sus intereses. Si hay muertos, si el derecho internacional y la justicia universal lo son dependiendo de quién se trate, no son más que “daños colaterales”, y ésos ya nos enseñaron durante la Guerra del Vietnam que son los que se producen sin querer queriendo, porque este sistema del capital sólo puede funcionar si en todos los ámbitos unos pocos pueden campar a sus anchas mientras la mayoría nos repartimos, como mucho, las migajas de los despojos.


Amparo Pernichi es coordinadora de Paz con Dignidad – Andalucía.


Print Friendly

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *