Los medios en América Latina: de la resistencia a la construcción

Estamos pasando de más de 500 años de resistencia a una etapa de construcción (nueva comunicación, nuevas democracias), donde se deben dar pasos en la práctica y, a la vez, ir diseñando nuevas teorías que tengan que ver con nuestras realidades, idiosincrasias y futuro, rompiendo los añejos paradigmas liberales. En América Latina estamos reinventando la democracia. Transitamos una etapa inédita que recupera y actualiza las mejores tradiciones emancipatorias y de resistencia popular.

p61_medios-sociedad_paulaPara comenzar a vernos con nuestros ojos es necesario visibilizar a las grandes mayorías, a la pluralidad y diversidad de nuestra región, recuperar nuestra memoria: un pueblo que no sabe de dónde viene difícilmente podrá saber a dónde va. La profundización de este nuevo proceso emancipatorio exige el protagonismo de los espacios de participación colectiva para garantizar y robustecer las políticas públicas de integración regional, y el reconocimiento de derechos y la justicia en lo económico, social y cultural. Al mismo tiempo, jamás han estado tan violentadas tanto la libertad individual como la soberanía de los Estados, como consecuencia directa de una altísima concentración de las comunicaciones y de los medios en pocas manos. Ésta es una limitante tanto para la democracia como para las libertades individuales.

América Latina está en un proceso de reinvención y, además, redefiniendo su inserción en el mundo multipolar. Modifica su actual rol de proveedor de materias primas, que lo coloca en una situación frágil y vulnerable, para buscar un tipo de industria con tecnología punta y desarrollo de las manufacturas, al tiempo que desarrolla su mercado interno con equidad y justicia. Su futuro no está aún definido, en especial porque su visión de sí misma, su destino como territorio y su relación con las grandes potencias, especialmente con Estados Unidos, se está transformando radicalmente.

No podemos hablar de comunicación y democracia sin ubicarnos en el contexto de la recuperación, revalorización y reconstrucción del Estado como espacio institucional y ético-político, dispuesto a asumir e implementar políticas públicas como la transformación de los sistemas de comunicación y normas y medidas que contribuyen a la democratización de la información, la cultura y los conocimientos.

Tampoco podemos hacerlo sin referirnos a la concentración monopólica de los medios y todas sus implicaciones, el valor estratégico de las políticas de comunicación, las legislaciones democratizadoras impulsadas desde los movimientos sociales, a veces con el apoyo de los Estados, las normas antimonopólicas, el fomento a la revitalización de la comunicación estatal a partir de la re-creación de medios propios y de las políticas para el afianzamiento de los medios populares (comunitarios, alternativos, independientes) y el fomento a la producción cultural y de contenidos audiovisuales, así como la incansable lucha por el derecho a una nueva comunicación abierta, democrática, plural, diversa.

Por primera vez en la historia de la región aparecen en las agendas públicas la preocupación por reestructurar los sistemas de difusión, habida cuenta de la enorme concentración de las industrias de la comunicación, de la información y del entretenimiento en manos de pocas empresas y conglomerados nacionales y trasnacionales, auténticos latifundios mediáticos y cibernéticos, para terminar con legislaciones omisas y complacientes con los monopolios y oligopolios.

Y hoy somos conscientes de que la comunicación jamás estuvo tan involucrada en la batalla de las ideas por la dirección moral, cultural y política de nuestras sociedades, donde los medios de comunicación desempeñan el papel de servidores de la hegemonía, de la ideología de las clases dominantes, en la búsqueda de ubicar en el imaginario colectivo el consenso sobre su visión de mundo, el mensaje único, hegemónico, consumista, antidemocrático.

La lucha simbólica por la democratización de la comunicación necesita cuestionar el discurso que los medios, como aparato privado de hegemonía, elaboran y diseminan. Pero la democratización depende también del convencimiento público sobre la necesidades de espacios más libres, plurales, diversos para la información y la opinión y el fomento del Estado a la diversificación de los contenidos.

Lo hegemónico

Para el sociólogo marxista italiano Antonio Gramsci, la hegemonía presupone la conquista del consenso y del liderazgo cultural y político-ideológico por una clase (o bloque de clases) que se impone sobre las otras, e involucra la capacidad de un determinado bloque de articular un conjunto de factores que lo habilite a dirigir moral y culturalmente, sostenidamente, la sociedad como un todo. Si se quiere cimentar una hegemonía alternativa a la dominante es preciso propiciar una guerra de posiciones cuyo objetivo es subvertir los valores establecidos y encaminar a la gente hacia un nuevo modelo social. El objetivo consiste en la imaginación de una nueva cultura no subalterna, muy diferente de la burguesa, que pueda llegar a ser dominante, sin verse arrastrada por culturas tradicionales.

La separación creciente entre gobernantes y destinatarios de sus decisiones; entre intelectuales y el resto, entre las y los funcionarios de las teorías y quienes las reciben, es inaceptable en el pensamiento del italiano. La hegemonía no es una construcción monolítica, sino el resultado de mediaciones de fuerza entre los bloques de clase en determinado contexto histórico. No es estática. Puede ser reelaborada y alterada tanto en el ámbito social (a través de asociaciones y movimientos contrahegemónicos) como por el Estado.

Hace cuatro décadas, para imponer un modelo económico y político se recurrió a las fuerzas armadas, con el saldo de miles y miles de personas muertas, desaparecidas, torturadas. Hoy los medios de comunicación masiva llevan el bombardeo del mensaje hegemónico directamente a nuestras salas, comedores y dormitorios, durante 24 horas al día, a través de la información, la publicidad y el entretenimiento, transmitiendo un mismo mensaje, dirigido a las percepciones más que al raciocinio.

El tema de los medios de comunicación social tiene relación directa con el futuro de nuestras democracias, porque la dictadura mediática pretende suplantar a las dictaduras militares de cuatro décadas atrás. Son los grandes grupos económicos, los latifundios mediáticos, que usan a los medios y deciden quién tiene o no la palabra, quién es protagonista y quién antagonista. Y plantean una realidad virtual, invisibilizando la realidad adversa a sus intereses. La gente común conoce la historia (virtual) a través de los medios. Y sólo cuando su propia realidad contrasta con esta historia virtual y la hace estallar en pequeños trozos, logra darse cuenta de esa dualidad, de ese divorcio entre medios y realidad.

Para cualquier análisis que queramos hacer, debemos tener en cuenta la revolución digital de las últimas dos décadas, que provocó la mezcla de texto, sonido e imagen. Desde entonces, las fronteras entre el mundo de la comunicación, el de la cultura de masas y el de la publicidad son cada vez más tenues y las grandes empresas, a través de las megafusiones, se han adelantado a gestionar el contenido de las distintas esferas. Nuestras sociedades consumen hoy grandes dosis de información sin siquiera saber que es falsa. La clave es un sistema de instantaneidad que nadie puede verificar y que en muchas ocasiones es una manipulación de laboratorios y estudios de cine o televisión.

Construir democracia

La democracia sigue instalada como sistema formal, sin apropiación ciudadana, razón por la cual su institucionalidad es precaria. Construir democracia es construir ciudadanía, empoderar a las personas pobres garantizándoles igualdad de acceso a la salud, vivienda, educación e información, dar voz e imagen a las grandes mayorías ninguneadas.

Eduardo Galeano decía que “ya no se necesita que los fines justifiquen a los medios. Ahora los medios de comunicación justifican los fines”. Hoy los medios de comunicación comerciales cartelizados atacan como partido político y se defienden con la muletilla de la defensa de la libertad de prensa, cuando sólo reivindican, en realidad, la impunidad de sus empresas y de los intereses imperiales.

Debemos ser proactivos y no limitarnos a lamentos y denunciología, debemos convencernos que estamos abandonando una época de más de 500 años de resistencia para iniciar (¡y cómo nos cuesta!) la nueva etapa de construcción. Debemos romper viejos paradigmas para poder reinventar nuestras democracias y democratizar palabra e imagen. Apostar al futuro es, sin duda, incluir preferentemente la opción por las personas jóvenes, las nuevas generaciones.

Pero lo primero que debemos de democratizar y de ciudadanizar es nuestra propia cabeza, reformatear totalmente nuestro disco duro. El primer territorio a ser liberado son los mil cuatrocientos centímetros cúbicos de nuestro cerebro. Aprender a desaprender, para desde allí comenzar la construcción.

En este presente es indispensable la democratización de las comunicaciones, la articulación de los medios populares y el fortalecimiento de los medios públicos. Es así que el afianzamiento de una agenda para una comunicación democrática requiere del impulso de los movimientos sociales, de los Estados nacionales y de las instancias regionales de integración.

Estamos en una etapa de transición. En nuestros países debemos dar por terminada la etapa de la resistencia (al colonialismo cultural) para comenzar la difícil etapa de la construcción (de nuevas alternativas, de la democracia, del futuro de nuestros pueblos). Construcción sugiere cambiar paradigmas, reinventarnos; sugiere proceso, avances y retrocesos. Tenemos muchos problemas para construir, para pensar hacia adelante, en pensar en cosas nuestras; en crear y errar también. Es tiempo de seguir elevando nuestra autoestima, esa que parecía haber tocado fondo hace apenas una década. Como excusa para no construir, muchas veces hemos puesto la falta de recursos por delante, aunque generalmente el problema mayor es que no teníamos ideas. Nos habían secuestrado la utopía, aniquilado nuestros sueños.

Ahora hay que aprovechar esa posibilidad de construir una nueva comunicación, una nueva sociedad, una nueva democracia, y construirla no sólo en la práctica sino también en la teoría, una nueva teoría adecuada a este nuevo enfoque de América Latina. Hay que darle la palabra a la gente y no tener miedo, apelar al raciocinio del pueblo y no sólo a los sentimientos, que son los golpes bajos permanentes de la construcción comunicacional hegemónica.

Se han roto algunos viejos paradigmas. Las nuevas legislaciones establecen un tercer sector de la comunicación, más allá del privado y el público, que es el sector ciudadano sin fines de lucro (alternativos, independientes, comunitarios), que debe desarrollarse en igualdad de condiciones con los otros dos sectores. Este solo hecho, que supera la visión tradicional reducida a la polaridad Estado-sector privado, representa un cambio paradigmático significativo.

Pero promover efectivamente la participación, la interacción, nuevos valores y una estética distinta en la comunicación implica pasar por profundos cambios culturales, pues de poco servirían si la población no se apropia de ellos. Es necesario cambiar la “matriz productiva” de la comunicación y pasar de una sociedad consumidora de información o mercancías a una sociedad crítica y productora de información, de medios, de respuestas, de preguntas, de nuevas creaciones, de nuevos discursos.

La construcción (de una nueva comunicación democrática, de democracias participativas) se hace desde abajo, hombro con hombro. Lo único que se construye desde arriba es un pozo.


Aram Aharonian (Uruguay, 1946), coordinó el diario Noticias y fue jefe de redacción de La Voz (Argentina). Fundador y ex director de TeleSUR, hoy dirige la Fundación para la Integración Latinoamericana y el Observatorio en Comunicación y Democracia.

Artículo publicado en el nº61 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2014, monográfico sobre comunicación, poder y democracia.


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