Seguridad y violencia

La democracia como sistema político, el capitalismo y todas sus variantes como sistema económico, la moralidad derivada del protestantismo, pretenden ser la base para alcanzar el progreso, esta religión que domina el mundo y que ha de vaciar de incivismo a la raza humana al proveerla de muchos más bienes materiales de los que jamás hubiese deseado. Pero el progreso no ha llegado a todos por igual, e incluso, en aquellos lugares donde se le vitorea con más fuerza, sigue habiendo tales desigualdades económicas que se generan amenazas capaces de tumbar a su primer promotor, el Estado. Ante esta incompetencia, la población más desfavorecida busca nuevas vías para proveerse de todo aquello que le fue prometido.

Los siguientes artículos son una selección de ejemplos en los que ciertas sociedades desencantadas con el padrinazgo del Estado, han buscado medios alternativos para asegurar la satisfacción de sus necesidades. El caso de Nigeria, donde la abundancia en recursos petrolíferos ha enriquecido a sus mandatarios y a las petroleras extranjeras y ha conducido, por el contrario, a la mayoría de su población a elevados niveles de depauperación, es una muestra de la confrontación de dos ideas de seguridad. La periferialización del país en el capitalismo mundial debida a su dependencia en un solo recurso puesto al servicio de la “seguridad energética global” ha derivado en que la “seguridad humana” de su población se vea en riesgo permanente. La suma de petróleo y pobreza han generado un clima de violencia en la región productora en la que actores públicos y privados luchan por alcanzar el bienestar que el Estado es incapaz de asegurar.

La emergencia de Hezbollah en el terreno político y militar del Líbano, debe encuadrarse en otra incapacidad diferente. La ocupación, por parte de Israel, de parte del territorio original de Líbano, y la ineficacia del Gobierno prooccidental libanés en su exigencia de ver devueltos esos territorios, dejaron el camino libre para que Hezbollah, enarbolando la bandera nacionalista y sustentado por una labor previa de atención de las necesidades de los más desfavorecidos por medio de sus redes sociales, se convirtiese en paladín de una querencia generalizada. Algo similar, aunque con otras características, sucedió en la nueva República de Kosovo, donde el UÇK fue el encargado de llevar a efecto la pretendida independencia frente a una Serbia que había desatendido este territorio durante años. Esta independencia, por otro lado, enfrenta a la nueva república a algunas cuestiones de gran importancia que el nuevo Estado deberá afrontar y que van desde la corrupción hasta sus deudas con organizaciones como la OTAN.

Los casos de México y Guatemala deben ser atendidos desde otra perspectiva. En el primero, el aumento de la violencia, la corrupción institucional, desde altos cargos de la policía hasta jueces y políticos, parecen estar vinculados con la incapacidad del Estado para frenar, durante años, el asentamiento en su territorio de bandas delincuenciales. La teoría que dice que cuando un Estado no puede satisfacer las necesidades de su población, ésta se lanza a la transgresión, podría tener cabida en el caso mexicano. Guatemala, en cambio, parece haber subido el siguiente escalón. A falta de un Estado fuerte que detenga la sucesión de delitos, la seguridad privada se ha hecho con amplios espacios de la vida pública donde incluso sustituye en sus atribuciones al propio Estado. Diferentes casos y un final semejante, la privatización de la violencia y la pérdida de su monopolio por parte del Estado.


Introducción del dossier “Seguridad y violencia” del número 35 de la Revista Pueblos, diciembre de 2008.


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