Portugal repite los síntomas de la Revolución de los Claveles

Es temprano. Los turistas aún no colapsan la céntrica plaza del Comercio. Una decena de alumnos y sus profesoras se han citado en la estatua de José I, habitual punto de encuentro, con dos exmilitares portugueses. Recordar y explicar lo que pasó hace 40 años es el objetivo de la jornada. "Los jóvenes no saben lo que es la guerra, la falta de libertad, la censura, la policía política...", justifica Aniceto Afonso, coronel de artillería jubilado.
Mural en Oporto.
Mural en Oporto.

Portugal revive estos días el 40 aniversario de la Revolución de los Claveles, la que derrumbó la dictadura de Salazar, la que trajo la libertad, la democracia y la que puso fin al colonialismo y a las guerras en África. “Era un país muy triste y empobrecido. Todas las familias tenían a algún joven en la guerra”, continúa el exintegrante del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), la organización protagonista de aquel golpe de Estado que finalizó con la entrega del poder a la sociedad civil.

Han pasado cuatro décadas desde que el punto neurálgico no sólo de Lisboa sino del país se convirtiera en el eje de la revolución que cambió la historia de Portugal. “Aquí estaban varios ministerios clave, como el del Ejército, el de la Marina, el de Finanzas…, además del Banco de Portugal y otros organismos del Gobierno”, explica a los chavales Afonso, también investigador de Historia en la Universidad Nova de Lisboa. Aquella mañana, la del 25 de abril de 1974, la diáfana y concurrida plaza, conocida como Terreiro do Paço, se convirtió en la avanzadilla de la revolución: una unidad de diez carros blindados llegó al corazón del régimen desde el municipio de Santarém antes de las seis de la madrugada. A las pocas horas y sin apenas derramamiento de sangre (hubo cuatro muertes), el primer ministro Marcelo Caetano entregaba el poder. Había caído una de las dictaduras más largas de Europa.

Emigración forzada y desempleo

Los turistas van llegando poco a poco a este desenlace de calles abierto al río Tajo. En la ciudad de la luz el turismo aporta siempre un tono diferenciado, mientras maquilla la roja economía del país. Portugal vive en la austeridad de los recortes desde el rescate financiero ejecutado por la troika en mayo de 2011. “La sensación de regresión es tan evidente que está produciendo una exasperación que recuerda a la del 74”, explica el historiador Manuel Loff.

Sin guerras como las coloniales de por medio, la situación del país tiene mucho en común con la de los últimos años de la dictadura. Y los recuerdos van y vienen. Los claveles, símbolo del cambio de régimen, son habituales en las constantes manifestaciones que salpican la geografía lusa. La canción Grândola vila morena, cuya emisión en radio la noche del 24 de abril sirvió para confirmar a los integrantes que comenzaba la operación, es la banda sonora que acompaña toda reivindicación que se precie. “Hay memoria de lo que pasó, y más en estos momentos”, apunta el coronel e investigador. Los expertos hablan incluso de dos dictaduras civiles: la nacionalista de Salazar y la “internacionalista y despersonalizada” actual, escribe el catedrático de Sociología de la Universidad de Coimbra Boaventura de Sousa Santos: “Ambas llevaron la pobreza al pueblo portugués, al que dejaron a la zaga de los pueblos europeos”.

Los números consolidan los paralelismos. La deuda pública es hoy la herida abierta en la economía, alcanzando el 130 por ciento del PIB, mientras que hace cuatro décadas los gastos de la guerra, que duró trece años, desangraban el 40 por ciento del presupuesto nacional. Ambas situaciones dejaban y dejan escaso margen para las inversiones y el gasto social.

Y está el drama de la emigración forzada. Loff apunta que si entre 1968 y 1973 salieron de Portugal unas 120.000 personas, desde 2010 “se están batiendo récords de emigración” ya que se han marchado entre 150.000 y 200.000 personas. La mirada a la coyuntura internacional ilustra otras analogías: mientras la crisis del petróleo de 73 también dejó su huella en el Portugal aislado de entonces, la crisis financiera que estalló en el verano de 2007, hoy profundizada y encallada, envuelve al país ibérico en un contexto complicado. Las altas cifras de desempleo y la caída de la bolsa de Lisboa son también compartidas.

“Una nueva encrucijada histórica”. Así tilda la Asociación 25 de Abril, a la que pertenecen muchos de los militares que tumbaron la dictadura, el momento actual que vive el país; “de captura del Estado por intereses particulares”, apunta en el manifiesto del aniversario de este año, en el que también se pide una respuesta popular.

“El régimen que nos mantiene como el más pobre país europeo es el resultado de un largo proceso de reacción de las clases propietarias y sus aliados en las clases medias propietarias. La insurrección militar se agigantó como una revolución democrática, cuando las masas populares salieron a las calles, que enterró el salazarismo y fue victoriosa. Pero la revolución social que nació del vientre de la revolución política fue derrotada”, escribe el profesor de Historia Valerio Arcary en el libro Revolución o transición: Historia y memoria de la Revolución de los Claveles.

Una Constitución socialista

La revolución trajo una ruptura en el más hondo significado de la palabra: nacionalizaciones de bancos, ocupaciones de latifundios agrícolas, asambleas ciudadanas frecuentes, ocupaciones de fábricas… y el final del imperio portugués (que incluía Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe, Timor y Macao y sumaba más de dos millones de kilómetros cuadrados). Fueron los primeros resultados visibles de un proceso que duró alrededor de dos años, en el que también hubo pasos para atrás y que estuvo marcado por las luchas entre la derecha y la izquierda militar. A pesar de la derrota de esta última, y de las siete reformas posteriores, la Constitución portuguesa de 1976 está muy marcada por ideas socialistas, pues incluso su Preámbulo habla de “abrir camino hacia una sociedad socialista”.

“La democracia portuguesa sigue siendo a pesar de todo reflejo de la Revolución. Llevamos tres o cuatro años de fuerte contestación social debido al austeritarismo en el que vivimos. Es el ciclo más intenso de participación política y social desde la Revolución”, considera Manuel Loff. “La democracia portuguesa, en aquello que tiene de esencial, es una democracia conquistada y no otorgada”, añade el catedrático y presidente del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad Nova de Lisboa, Fernando Rosas, en el libro Revolución o transición.

La memoria del mes abril, para muchos robada, es también un centro neurálgico de Portugal. Para bien y para mal. Para un lado y para otro. “La derecha se siente siempre muy incómoda con la memoria del 25 de abril”, sostiene Loff. Al coraje de los militares que hicieron la Revolución de los Claveles apeló hace poco el primer ministro, el conservador Pedro Passos Coelho, quien recalcó que la Historia se enfrenta “a un momento en que hay que tomar decisiones arriesgadas y difíciles”.

“La situación que tenemos es muy semejante a la que teníamos antes del 25 de abril, en cuanto a la energía que respira el pueblo. Las personas por aquel entonces estaban sedientas de que sucediera alguna cosa, y ahora también falta ese clic. Estoy convencido de que si hubiera alguna cosa, las personas van a reaccionar fuerte y positivamente con un acto recuperador de los valores de abril para acabar con esta tristeza”, reflexiona Vasco Lourenço, presidente de la Asociación 25 de Abril y uno de los tres dirigentes del MFA.

Primera hora de la tarde. Los turistas llenan las terrazas del Largo do Carmo, en el lisboeta barrio del Chiado. Llegan los estudiantes y los dos exmilitares para visitar el cuartel de la Guardia Nacional Republicana: “El más importante de nuestra historia”, subraya Aniceto Afonso. Y es que, fue precisamente aquí donde hace cuatro décadas se decidió la Revolución. Aunque hayan desaparecido de la fachada las marcas de los pocos disparos de aquel día.


Fuente: ZoomNews.com.


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