“El veneno del teatro”… o el teatro, envenenado

El público puesto en pie no deja de aplaudir. Los dos actores, aún jadeantes por el esfuerzo interpretativo y la intensidad del final de obra, lanzan miradas infinitas de agradecimiento y coreografían a la perfección un elegante y simétrico arqueo de espalda en reconocimiento al respetable, que según avanzan las galas y la luz de sala gana en intensidad, se desinhibe en bravos y loas por la excelencia teatral vivida. En estas, uno de los actores hace un gesto a la platea con la palma de una mano mirando hacia abajo y el dedo índice de la otra completamente erguido percutiéndole con insistencia, pidiendo tiempo y momento para expresarse.

Ante tal petición, las albricias del público paran de golpe y espeta: “Muchas gracias por estos aplausos tan generosos, pero quiero pedirles un favor. La semana que viene actuamos en Valencia y ruego recomienden a sus allegados y amigos en esta ciudad, si los tienen, que acudan a ver la obra que acaban de presenciar. Como se hacía antes, boca a boca, o este negocio se acaba. Gracias”. Se reanudan con más insistencia los aplausos y por fin vemos el patio de butacas, que presenta unas inexplicables y desoladoras calvas de asientos sin uso y que nos revela la razón del extraño eco con el que resonaba tal algarabía…

Fotografía: Ros Ribas.
Fotografía: Ros Ribas.

Acabamos de ver la obra El veneno del teatro, de Rodolf Sirera, dirigida por Mario Gas e interpretada por Daniel Freire y Miguel Ángel Solá. Gabriel de Beaumont, uno de los actores más afamados del París de la Ilustración, a finales del siglo XVIII, es hecho llamar al palacio de un excéntrico aristócrata, el cual le invita a representar un texto del que es autor y que describe la agonía de los últimos momentos de la muerte de Sócrates (condenado a tomar cicuta por la supuesta subversión de su pensamiento político y filosófico). El conflicto de la obra es un meticuloso, preciso y fascinante paso a dos in crescendo que nos va llevando desde la desesperación y la frustración del engolado actor sometido al extravagante experimento del potentado, con la discusión del método teatral y las escuelas y teorías de interpretación como telón de fondo. El debate está entre el sistema de Diderot, que aboga por la separación entre la emocionalidad del personaje y la del actor, frente a modelos opuestos que requieren del intérprete una inmersión sentimental íntegra, hasta el punto de entremezclar sin compasión y con todas las consecuencias los requerimientos del personaje con los propios del intérprete. El desarrollo de esta discusión nos revela la aviesa intención del aristócrata, que, sometiendo a su actor a los efectos de un letal veneno, pretende una dramaturgia de sesión única y teatro total por parte de Beaumont. Éste, desde la inicial y paulatina pérdida de fuerza fruto de los primeros sorbos de un malgastado vino chileno que va consumiendo, hasta los estertores más grotescos que preceden la defunción, evoluciona a la expiración si remedio, balbuceando magistralmente un texto que loa y maldice la muerte como momento supremo de la debilidad y miseria humana, al tiempo que ruega una compasión que lo único que consigue es alimentar con más fuerza la crueldad del aristócrata. El veneno del teatro.

Está claro que la trascendencia de esta propuesta, más allá de adentrarnos en los muchos e interesantes recovecos de los discursos teóricos del método teatral, abarca muchos elementos que nos abren un espacio para la reflexión, el disfrute y la vivencia, perfectamente delineados. La obra nos muestra una panoplia de bucles y ejes en segundo plano que nos hablan de la miseria del ser humano sometido y del tirano, del valor de la vida y la desesperación de la muerte en ciernes, del reconocimiento y la fama frente a la vulgaridad y la perversión de la raza homínida, del método y el orden frente a la heterodoxia, de la vanidad y del fracaso…

La precisión milimétrica y la calma pautada con la que avanza la dramaturgia son de las que hacen afición, de las que logran que te olvides del lugar en el que permaneces y te atrapan hasta la médula en un debate y un desarrollo que no quieres que acabe. El trabajo actoral es excelente, el estado de gracia y la entrega de los dos intérpretes no cabe más que encuadrarlo como un brillante capítulo de adenda al magnífico tratado teatral que se nos acaba de mostrar. La puesta en escena, los elementos escenográficos y la iluminación aparecen magistralmente sometidos al absoluto servicio de la evolución de la obra en su sobriedad, elegancia y funcionalidad. No hace falta más, ni menos.

¡Qué sana envidia genera el talento y regusto de Mario Gas ante un texto de salón tan exquisito, después del despampanante despliegue y reconocimiento general de su última producción al frente del Teatro Español, Follies! Personalmente prefiero al Mario Gas más íntimo, más presente, más quirúrgico, más poliédrico, más cercano, más incisivo, más relajado, más gourmet, y aquí el director se reencuentra con todas estas cualidades en plenitud de facultades y con una perspectiva muy atractiva por el ánimo y posibilidad que nos genera seguir disfrutando de su capacidad en montajes del estilo.

El veneno del teatro resulta una experiencia emocional memorable, un montaje teatral en dimensión y calidad, de manual de iniciación y ratificación para espectadores ávidos de experiencias intensas, de las de verdad… Pero la angustia del patio de butacas semi vacío nos devuelve a la realidad más bruta y terca, que en esta ocasión definitivamente no se puede acabar de entender.

¿Dónde está el fallo en este caso? ¿En el IVA? Sin duda alguna que este impuesto revolucionario, que anega el más mínimo margen de sosiego y dignidad para este sector, es una lanzada de costado casi definitiva. Como no se rectifique pronto, puede ser que aboque masivamente al amateurismo como única salida para mantener este arte ¿Quizá el problema también esté en el modelo empresarial de distribución? Puede ser. La pérdida del caché como valor de cambio frente al riesgo de taquilla sin duda ha retraído el modelo y los sistemas de desarrollo en la producción. El éxito basado en meter con calzador en el elenco a los actores del prime time televisivo sigue una “lógica” de mercado injusta para los buenos actores, actrices y productores (incluidos los del top televisivo, cuando son del oficio), pero al fin y al cabo con una “lógica”, anormal, pero “lógica”.

Y más. ¿Quizá el problema resida en unas políticas institucionales de promoción y fomento absolutamente despreocupadas y mimetizadas con el rentabilismo, la privatización y el encanto de los diarios de color salmón? ¿Quizás los jóvenes están, ahora sí, desertando de un arte que en los últimos tiempos no ha logrado empatizar ni conectar con nuevos modelos culturales, nuevos ámbitos de colectivización del conocimiento y nuevos campos para el acercamiento transmedia del hecho teatral? ¿El veneno del teatro, o el teatro está envenenado?

Si tienes amigos y amigas, parientes, personas conocidas en Valencia, Madrid, Barcelona, o donde se represente la obra, pídeles por favor que busquen en la cartelera y que, si este montaje está programado, acudan. Estoy seguro de que, cuando el IVA y las otras cosas lo permitan, habremos ganado un nuevo-viejo espectador, y la arcana y perenne crisis del teatro habrá pasado a convertirse en una chanza para el recuerdo. O por el contrario, ¿quizás…?


José Alberto Andrés Lacasta es colaborador de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Publicado en el nº 60 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer trimestre de 2014.


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