Billy el Niño da las gracias por ser español

Billy el Niño es español, y puede dar gracias por ello. De haber torturado al servicio de otra dictadura, en otro país, quizás no habría tenido la vida plácida de que ha disfrutado en los últimos cuarenta años, no habría saludado burlón al salir de la Audiencia Nacional tras haberse sentado unos minutos en un banquillo por primera (y seguramente última) vez en su vida.

Si por ejemplo hubiese sido portugués, habría corrido la misma suerte que sus colegas de la PIDE, la policía política salazarista. Tras la Revolución de los Claveles los represores fueron depurados, señalados, en algunos casos juzgados y condenados, en otros incluso perseguidos y golpeados en las calles por quienes hasta entonces habían vivido aterrorizados.

Si Billy el Niño hubiese torturado al servicio de la dictadura argentina, o de la chilena, no habría ley de amnistía que lo protegiese. Sus víctimas lo habrían sentado en el banquillo años atrás, sin necesidad de buscar justicia en otros países, y habría recibido una severa condena. Además, el edificio donde torturaba a los detenidos sería hoy un lugar de la memoria, para conocimiento de futuras generaciones. Prueben en cambio a encontrar alguna placa que recuerde a las víctimas en la fachada del edificio de la Puerta del Sol donde reinaba González Pacheco.

No digamos ya si en vez de un policía franquista hubiese sido un agente nazi. Habría sido condenado mucho tiempo atrás. Y en caso de escapar, si hubiese encontrado refugio en un país amigo –por ejemplo España, que fue paraíso de no pocos nazis huidos-, habría pasado el resto de su vida escondido, con una identidad falsa, temiendo que en cualquier momento alguien lo encontrase, lo denunciase, y acabase juzgado y condenado, como sigue ocurriendo hoy con los últimos criminales nazis nonagenarios.

Podríamos poner más ejemplos de países que actuaron contra sus criminales de lesa humanidad y terroristas de Estado, si no juzgándolos, sí al menos apartándolos. Y aun habiendo no pocos países que siguen marcados por la impunidad de sus represores, cuesta encontrar algo comparable a lo sucedido en España: aquí los policías torturadores no solo no fueron detenidos ni juzgados, no solo se beneficiaron de la amnistía, sino que siguieron en sus puestos. Y ascendieron, y fueron condecorados, y vieron pagados generosamente por la democracia los servicios prestados a la dictadura, hasta llegar a la jubilación para disfrutar el merecido retiro. Y durante todos esos años, cruzándose por la calle con sus víctimas.

Lo grave de González Pacheco, alias Billy el Niño, no es que haya tardado cuarenta años en sentarse en un banquillo, y además sin consecuencias. Lo grave es la vida que ha llevado en estos cuarenta años, protegido por el Estado, disfrutando de buenos puestos tanto en los cuerpos de seguridad como en el sector privado, protegido hasta ayer mismo, cuando se blindó su imagen para que no fuese fotografiado, y pudo salir tranquilo y saludar en desprecio. Solo faltó que alguien le abriese la puerta de un coche con chófer, como la vez anterior en que tuvo que presentarse ante el juez.

Torturadores hay por todo el mundo. Impunes a la manera española, no hay muchos. De la misma forma que suelo decir que España no tiene un problema de corrupción –pues también hay en otros países, incluso mayor- sino de impunidad de los corruptos; la democracia española no tiene un problema de crímenes contra la humanidad, sino de impunidad de los criminales, un problema de víctimas sin reparar y delincuentes sueltos. Y bien pagados.

Y esa cultura de la impunidad no ha cesado desde entonces. También son españoles, a la manera en que es españolamente impune Billy el Niño, los policías que en estos cuarenta años de democracia han seguido torturando, como señalan los frecuentes informes internacionales que nos sitúan a la cabeza de Europa en casos de tortura y malos tratos policiales. Y como sus predecesores franquistas, también los torturadores de hoy (y quienes revientan manifestaciones, disparan a los ojos de los manifestantes o reducen detenidos hasta la muerte) siguen disfrutando de impunidad, de solidaridad corporativa, de desidia judicial, de indultos, de ascensos.


 Fuente: eldiario.es, 10/04/2014.


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