Campos amarillos

Estos días he recordado la escena. Era primavera en una carretera de la Segarra, y mientras repostaba, charlaba con el empleado de la gasolinera. Le pregunté por unos fantásticos campos teñidos de amarillo en flor que teníamos enfrente nuestro, salteando el verde de los cereales, un regalo para los ojos de quienes tan acostumbrados estamos al gris cemento. "Son campos de colza", me dijo. "Este año se ven muchos así". Cierto. No solo en las comarcas de Lleida, sino en otros muchos puntos de Catalunya y España. La explicación del fenómeno la teníamos junto a nosotros, líquida, en el surtidor.

Con el argumento equivocado de que los combustibles producidos a partir de colza, soja, maíz y otros vegetales son beneficiosos para luchar contra el calentamiento global, la Unión Europea lleva unos años obligando a su uso y subvencionando a la industria que los produce. Actualmente estos biocombustibles suponen un 4,5% del total del consumo energético europeo en transporte. Pero son tan significativos los impactos denunciados por muchas organizaciones ecologistas y campesinas que en septiembre el Parlamento Europeo propuso reducir el objetivo a alcanzar en el año 2020: del 10% se pasa al 6%. Una reducción, sin embargo, aún insuficiente para frenar la deforestación y el hambre que los agrocombustibles están provocando.

Esta es la razón de estos nuevos campos amarillos en nuestros paisajes, pues la mayoría de los nuevos cultivos de colza han sido sembrados para cubrir este objetivo supuestamente medioambiental. Pero como ni con ellos ni con muchas más hectáreas dedicadas a agrocombustibles es suficiente, Europa importa biocombustibles a base de palma africana del Sureste Asiático y de soja del Cono Sur americano. Y aquí está el doble drama. Por un lado, supone que millones de hectáreas de bosque y selva se talan para el monocultivo de palma africana o soja, y como ello provoca una gran liberación de carbono al ambiente el resultado final son unas emisiones de CO2 superiores a las del gasóleo convencional (solo en España, según el Instituto Internacional por el Desarrollo Sostenible, el uso de agrocombustibles en el año 2011, lejos de reducir las emisiones de efecto invernadero, supuso un incremento de 6,5 millones de toneladas de CO2 emitidas a la atmósfera). Por el otro, supone que mucha superficie de tierra agraria se dedica a esos cultivos compitiendo con la producción de alimentos básicos (según Intermón Oxfam, si la superficie utilizada en el 2008 para producir biocombustibles destinados a la Unión Europea se hubiera dedicado al cultivo de trigo y maíz, las cosechas resultantes podrían haber alimentado a 127 millones de personas). Y eso comporta un aumento del precio de esos alimentos básicos, lo que para las personas más pobres y vulnerables se traduce en hambre.

Recuerdo también que hace apenas diez años, al aparecer esta opción energética, fueron muchas las voces que advirtieron de lo que podría suceder, y fueron tildadas de “obsesiones ecologistas”. El lema que surgió entonces para avisar de que estábamos pensando antes en los automóviles que en las personas decía acertadamente Antes comestibles que combustibles. Ni caso se nos hizo, y hoy por hoy la UE, según la campaña Stop bad biofuels, gasta anualmente en apoyar los biocombustibles una cifra equivalente a seis años del presupuesto en educación, a cerca de 350 nuevas escuelas en Inglaterra o a 200.000 maestros de primaria cada año: 6.000 millones de euros. Es decir, podemos añadir otro lema, Antes educación que combustión.

Y para acabar con los efectos de estas políticas energéticas, hay uno que pocos sospecharon pero que hoy es el que más preocupa a las poblaciones rurales de los países del sur: el acaparamiento de tierras. A ojos de la especulación, es irremediablemente lógico, de forma que hacerse con la mayor cantidad de tierras fértiles con capacidad para producir los combustibles que mueven la economía capitalista resulta una inversión muy jugosa. Por eso en el transcurso de esta década una superficie de Asia, África y América del Sur similar a la mitad de todas las tierras fértiles europeas ha pasado (legal o ilegalmente, pero siempre sin ninguna legitimidad) de ser un suelo nutriente de sus pueblos campesinos a estar bajo el control de potentes fondos de inversión, grandes multinacionales del agro o incluso países con déficit alimentario como China, Corea del Sur o los Emiratos Árabes.

Todo eso se ve cuando miramos con atención esos bonitos campos amarillos, y bien lo sabe el amigo de la gasolinera, que como el mejor de los estrategas me comentó: “Ojo, ya hay empresarios árabes que compran tierras por estos lugares”.


El Periódico de Catalunya. 5 de diciembre del 2013. Gustavo Duch. Blog Palabre-ando.


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