Vivencias musicales de Laos y Camboya

Cuando una está de viaje lejos de casa (y si lo que se pretende es viajar y no simplemente hacer turismo), en muchos momentos surge el debate entre dos estados. Puedes estar “in”, dentro del espacio y del tiempo que te rodea, o “out”; estás, pero fuera. En el primero sientes que conectas con la música, con las escenas que ves, con la comida y con la gente con la que interactúas. Se disfruta. Lo que experimentan tus sentidos no tiene por qué resultar directamente familiar pero, por lo que sea, entra con facilidad, lo vives, participas activamente de ello.
p58_Camboya1_isabel-duque

Guía Akha intentando tocar nuestra flauta. Fotografía: Isabel Duque Colmenero.

En el otro estado estás allí, comiendo, viendo, escuchando, interactuando… Sí, pero desde fuera, no te sientes parte activa. Participas, pero como si lo que pasa a tu alrededor te llegara desde una pantalla que te permite oler, degustar, tocar, ver y escuchar, pero no ser.

Las dos experiencias son igualmente enriquecedoras, porque si de la primera lo que destaca es el disfrute, de la segunda diría yo que debemos sacar en positivo el aprendizaje o, por lo menos, la observación de primera mano, intentando siempre dejar a un lado los juicios de valor que tanto nos gustan en este lado del planeta cuando nos enfrentamos a lo diferente. Pese a esta premisa, puede que no cumpla mi precepto anterior de no juzgar en lo que a continuación describiré, que no es más que una experiencia musical personal y, por lo tanto, subjetiva, vivida tanto en Laos como en Camboya durante tres semanas de viaje.

A los oídos occidentales, las armonías y las texturas orientales les cuestan de antemano, pero existen otros componentes culturales que acentúan o atenúan ese distanciamiento y que te hacen constatar que, por suerte, la globalización cultural todavía tiene sus límites.

Cuando una viaja en un autobús camboyano, trayecto que solía durar, en nuestro caso, entre seis y ocho horas, es del gusto autóctono que en la televisión se emitan sin parar, y a un volumen más que desmesurado, vídeos musicales subtitulados para que acompañes a estilo karaoke si gustas. O se trata de una canción amorosa con estética de princesa-príncipe donde el rosa, las flores, los prados y las declaraciones de amor inundan la pantalla (con, a veces, alguna ruina jemer de fondo); o la canción sigue teniendo estética rosa, pero ahora lo que se simula es una sala de baile sesentera estilo fiesta fin de curso de instituto yankee donde el grupo está formado por una chica que canta con vestido vaporoso, cambiando de peluca según la canción, y chicos que acompañan con instrumentos pop. La estética irreal saturada de colores pastel me hace pensar en cierta influencia china; pero es tan diferente lo que aparece en la pantalla de la realidad camboyana de mi alrededor, y observo que al resto de pasajeros les gusta tanto este tipo de vídeos, que ésta se convierte, sin duda, en la situación musical más “out” de todo el viaje.

La forma condiciona tanto el contenido que ese timbre de voz femenino tan nasal y tan agudo que en la música del autobús me parecía, digamos, muy alejado de lo que puede resultarme agradable, se torna completamente diferente cuando se escucha en directo y sin la parafernalia anterior. Esta segunda experiencia musical, claramente “in”, tiene lugar días después en la vecina Laos.

Estamos en un poblado akha, al norte del país, en la región de Luang Nam Tha, casi pegando ya con la frontera china. A través de la oficina estatal de turismo hemos contratado una estancia, un home-stay, en un poblado dentro del parque natural de Nam Ha al que hemos llegado después de caminar todo el día por la selva. Según nos vamos acercando, la densidad de vegetación y de humedad disminuye y el paisaje cambia. Ahora caminamos por una ladera entre terrazas de cultivo de arroz. La música en este caso nos llega de la voz de una muchacha akha que, inclinada sobre las plantas, canta con su bebé sujeto a la espalda. Mientras trabaja entona una melodía que recuerda en timbre y tono a las de los vídeos anteriores, pero que a mis oídos llega fácil, dulce y muy agradable. La experiencia musical aquí es claramente “in”, sobre todo cuando ella me sorprende mirándola y nos sonreímos. El contacto no se prolonga, ella sigue con su tarea y yo mi camino.

El tercer momento musical se produce en el mismo poblado. Cae ya la tarde y estamos sentados a la puerta de lo que esa noche será nuestra casa. Lo que en los adultos son miradas curiosas pero un poco esquivas ante los extraños que de pronto estamos allí, en los niños es un interés real por conocer quiénes somos y cómo somos. No compartimos idioma y compruebo que tampoco mucho de nuestro lenguaje no verbal, así que nos limitamos a mirarnos curiosamente y a sonreírnos. Cuando parecía que hasta ahí podía llegar la comunicación, uno de mis compañeros de viaje saca de la mochila una flauta y empieza a tocar. Acto seguido se ve rodeado de niños que imitan con silbidos la melodía y que quieren probar a soplar. Lo que era una situación de observación mutua se convierte en un compartir sonidos, en risas y en contacto físico. Nueva y claramente una experiencia “in” a través de la música, porque después de los niños se acercaron algunos mayores… y todo lo que no habíamos podido compartir con el guía local durante el día, lo conseguimos en ese momento cuando dijo que él también quería tocar esa flauta.

El último flash sonoro-musical nos devuelve de nuevo a Camboya. No lo viví directamente, pero bastó que me lo contasen para sentirlo. De todo lo que oímos durante este viaje sobre las matanzas y humillaciones a las que los jemeres rojos sometieron a todo el país durante cuatro años, esto fue, sin duda, lo que más me impactó, lo que más me hizo empatizar con aquellas gentes.

p58_Camboya2_isabel-duque

Detalle musical de una de las paredes pintadas de los Templos de Angkor (Camboya). Fotografía: Isabel Duque Colmenero.

A unos diez kilómetros de Phom Pehn, en el mismo campo de exterminio de Choeung Ek, donde entre 1975 y 1979 tuvieron lugar miles y miles de ejecuciones de civiles durante el régimen de Pol Pot, se levanta hoy un monumento en memoria de todos ellos y de muchos más, pues se estima que un cuarto de la población del país murió víctima de aquel régimen. Por lo visto, los únicos sonidos que escuchaban día y noche los confinados en Choeung Ek eran los del generador que hacía posible que sonase a todo volumen música revolucionaria, tan fuerte que solapaba el ruido de las ejecuciones (realizadas, por cierto, con hachas, piedras o martillos para ahorrar munición). Aparte de mitigar el ruido de las matanzas, la música servía para entontecer a los prisioneros que trabajaban en los alrededores y evitar que hablaran entre ellos.

Todo esto me hace llegar a la conclusión de que la música potencia las experiencias, en este caso de un viaje. Sean más o menos agradables, te hagan sentir fuera o dentro de escena, los sonidos siempre suman en positivo porque intensifican lo vivido y lo guardan de manera más fija dentro de ti.


Isabel Duque Colmenero, colaboradora de Pueblos – Revista de Información y Debate, es periodista y profesora de música.

Artículo publicado en el número 58 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2013.


Print Friendly

Un pensamiento sobre “Vivencias musicales de Laos y Camboya”

  1. You really make it aapper really easy along with your presentation however I in finding this matter to be really something that I believe I’d by no means understand. It seems too complex and very huge for me. I’m looking ahead for your next post, I’ll try to get the cling of it!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *