Túnez en el abismo. Revolución y contrarrevolución en la cuna de la “primavera árabe”

El golpe de Estado militar en Egipto el pasado 30 de junio ilumina y profundiza la ofensiva contrarrevolucionaria que, desde el interior y desde el exterior, ha tratado de limitar o abortar los procesos de cambio iniciados en el mundo árabe a partir de diciembre del año 2010. Detenidas en el rompiente de Siria, donde las protestas populares se están desviando de su impulso ecuménico original y son secuestradas e instrumentalizadas por potencias extranjeras, y empujadas hacia el conflicto “sectario” o religioso, el sangriento putch egipcio forma parte, en realidad, de un golpe de Estado regional contra los Hermanos Musulmanes y sus diferentes ramas locales: un golpe de Estado, en definitiva, contra el modelo turco-qatarí, aceptado sin entusiasmo por los EEUU y la Unión Europea, que parecía destinado a “democratizar” Oriente Próximo y el Norte de Africa y garantizar una nueva estabilidad durante algunos años.
Ilustración: Paula Cabildo.

Ilustración: Paula Cabildo.

El derrumbe vertiginoso de este modelo turco-qatarí complace a las fuerzas más reaccionarias en la zona (Arabia Saudí, Israel, el régimen sirio y, por supuesto, al ejército egipcio) y es secundado, más o menos a regañadientes, por la administración Obama, muy debilitada y dependiente de sus aliados en la zona. Este derrumbe amenaza las frágiles transiciones democráticas abiertas en Egipto, Libia y Túnez y fortalece a las derechas laicas asociadas a las viejas dictaduras y a las extremas derechas islamistas. Una angustiosa sensación de déjà vu se apodera de analistas y testigos: todas las esperanzas polinizadas por la irrupción de los pueblos de la región hace dos años y medio parecen revertirse muy rápidamente y, bajo la embestida de la involución anti-islamista, se restablece el viejo y trágico ciclo de dictaduras, represión y radicalización contra el que se alzaron los movimientos populares.

En este contexto, Túnez, cuna de las revoluciones árabes, parece resistir a duras penas el embate. Desplazado de la atención de los medios, el pequeño país del norte de Africa que incendió toda la región aparece encogido y amenazado, último y frágil baluarte también de un impulso democrático descascarillado y contra las cuerdas. ¿Qué pasa en Túnez? ¿Qué esperanzas hay de que complete su revolución y reoriente el curso de los procesos regionales?

Revuelta, revolución, ficción

Conviene recordar algunos datos. Tras una revuelta comenzada en las regiones más desfavorecidas del país, el dictador Ben Ali abandonó el poder el 14 de enero de 2011, momento a partir del cual la revuelta se transformó en revolución. La presión popular y la intervención de los partidos organizados en la clandestinidad (islamistas y de izquierdas), el poderoso sindicato UGTT y distintos sectores de la sociedad civil, tumbaron a los sucesivos gobiernos “de transición” que trataban de impedir la radicalización del movimiento y que, con ese mismo propósito, acabaron cediendo a la reivindicación central de la Qasba-2: la Asamblea Constituyente.

El 23 de octubre de 2011, las primeras elecciones libres de la historia de Túnez dieron la victoria al partido Ennaahda, rama local de los Hermanos Musulmanes, con una mayoría relativa que le obligó a buscar alianzas de gobierno entre los partidos laicos. Se formó así una “troika” con los islamistas y dos partidos de centro-izquierda (Congreso por la República y Takatul) que se repartió cargos y ministerios y pasó a dominar la Asamblea en la que se redacta aún la Carta Magna.

Esta rápida “normalización” política se inscribió en una realidad tozuda y, en algunos sentidos, invariable. Por un lado, la crisis económica estructural, causa de la revuelta, se agravó como consecuencia de la inestabilidad política, la continuidad del marco económico neo-liberal de la dictadura y las propias protestas sociales, indicio de una nueva conciencia y de un empoderamiento popular de doble filo. La revolución interrumpida con la paradójica victoria popular de las elecciones a la Constituyente se transformó de nuevo en revuelta, esta vez endémica, en las mismas regiones donde comenzó en diciembre de 2010: Qasserine, Sidi Bouzid, Siliana, la cuenca minera en torno a Gafsa.

Por otro lado, la timidez o a veces la cómplice pasividad de los nuevos dirigentes ha determinado la permanencia de los aparatos policial y judicial y, por lo tanto, una dificultad estructural para acometer verdaderos cambios institucionales, así como su instrumentalización por parte de diversas “manos negras” que buscan descarrilar la transición democrática.

Mientras la Asamblea renquea y es incapaz de crear instituciones provisionales (una imprescindible ley de justicia transicional, por ejemplo), a la represión policial y jurídica se han sumado la violencia partidista y la minoritaria pero agresiva acción de los salafistas para convertir al gobierno de la “troika” en objeto de duras críticas, a veces desproporcionadas o incluso manipuladoras, por parte de una oposición que juega en ocasiones al aprendiz de brujo (cuando no está directamente implicada en operaciones de desestabilización) y que utiliza en su favor, de manera no siempre honrada, el nuevo orden mediático.

En el orden politico, la “normalización” apresurada seleccionó y condensó enseguida más de 100 partidos, conduciendo muy deprisa al país hacia una especie de bipartidismo virtual: un gobierno obsesivamente identificado con los islamistas de Ennahda, fuerza mayoritaria, y una oposición laica muy variada que pivota cada vez más en torno a la vieja clase política de la dictadura, repartida un poco por todas partes pero “oficializada” en la coalición Unión por Túnez del bourguibista Caid Essebsi (coalición en la que convergen también los partidos democráticos del liberalismo elitista laico). Como en Egipto, los duros conflictos de clase y el enquistamiento del aparato de la dictadura, no depurado y siempre operativo entre bastidores, ha quedado enmascarado por esta “ilusión democrática” cristalizada en torno al falso conflicto islamismo/laicismo. Este caparazón institucional e ideológico un poco ficticio ha dejado y sigue dejando fuera a las y los jóvenes parados que hicieron la revolución y que, frustrados en sus reivindicaciones, siguen alimentando hoy, en buena parte, la emigración ilegal y los salafismos.

La izquierda radical, por su parte, había fracasado en su primera tentativa de unificación, el Frente 14 de Enero, surgido de la revolución pero incapaz de mantenerse unido hasta las elecciones del 23 de octubre de 2011. Marginados en el Parlamento, aunque visibles en la prensa y la televisión, una nueva iniciativa llevó en septiembre de 2012 a la fundación del Frente Popular, coalición que reúne a quince partidos del espectro marxista y nacionalista y cuyo máxima referencia es el comunista Partido de los Trabajadores de Hamma Hammami.

Durante meses el Frente conservó una sensata posición equidistante entre “la derecha laica y la derecha islámica”, mientras desde la dirección central de la UGTT trataba de mantener un pulso social con el gobierno. Esta posición socialmente beligerante ha ido evaporándose para dejar paso a una política de enfrentamiento “cultural” con Nahda y sus referentes islamistas. Serán entonces los partidos minoritarios del Frente (como la Liga Obrera) o iniciativas emanadas de la sociedad civil (como Ma Galulnech) los que tratarán de llamar la atención sobre algunas cuestiones pendientes de la revolución tunecina: la deuda externa, la explotación del gas de esquisto o los acuerdos con el FMI.

A estas tres fuerzas (derecha islamista, derecha laica y Frente Popular) se suma la extrema derecha islamista, que ha aprovechado el clima de libertad y de inestabilidad para penetrar el tejido social y presionar a las instituciones políticas, a veces con la complacencia (algunos hablan de complicidad) del partido Ennahda y de su líder Rachid Al-Ghannouchi. La fuerza principal, Ansar-a-Charia, hoy perseguida y en abierta lucha con el gobierno, estuvo detrás del asalto a la embajada estadounidense de Túnez en septiembre de 2012 y también, al parecer, del borroso grupo yihadista asediado desde hace meses en el monte Chambi, en la provincia de Qasserine, junto a la frontera de Argelia, una zona también borrosa en la que el tráfico de gasolina, armas y drogas involucra a buena parte de la población.

Crisis y asesinatos políticos

En este contexto, dos crisis sucesivas han cuestionado la legitimad del gobierno salido de las urnas y amenazan con descarrilar la transición. Las dos arrancan de un acontecimiento trágico y criminal: el asesinato de líderes del Frente Popular.

El primero, Chukri Belaid, fue asesinado el 6 de febrero en la puerta de su casa y su entierro se convirtió en una de las movilizaciones más multitudinarias de la historia de Túnez. La gran condena colectiva de la violencia política adquirió la forma de una huelga general convocada por la UGTT y condujo a una crisis de gobierno, con una remodelación ministerial que supuso la salida de Hamadi Jebali como primer ministro y su sustitución por Ali Laraidh, hasta entonces ministro del Interior. La oposición cuestionaba la legitimidad del gobierno mismo, que se empeñaba en continuar una vez cumplido el plazo previsto para la redacción de la nueva Constitución, aún no concluida, y acusaba a Ennahda de complicidad, activa o pasiva, en el asesinato del dirigente izquierdista.

La segunda crisis aún no se ha cerrado. Coincide con el golpe de Estado en Egipto, modelo que tienta a la heterogénea oposición tunecina. Después del derrocamiento de Mursi se crea en Túnez un Tamarrud semejante al egipcio y, como en El Cairo, se reclama la deposición del gobierno y se invoca de manera más o menos velada la intervención del ejército. Es en ese momento, el 25 de julio, ya concluido el último borrador constitucional, pendiente de aprobación parlamentaria, cuando unos pistoleros matan a Mohamed Brahmi, líder del Frente Popular y miembro del Parlamento. La sacudida emocional alcanza también el precario orden institucional y precipita los acontecimientos. Siguiendo el modelo egipcio, el Frente Popular, hasta ese momento opuesto a las dos derechas, sucumbe a la tentación y se alía con Unión por Túnez en un sedicente Frente de Salvación Nacional en el que el fulul (remanente) de la dictadura y marxistas revolucionarios se movilizan juntos para exigir la disolución de la Asamblea Constituyente, máxima reivindicación de las jornadas de enero de 2011, y la creación en su lugar de un Consejo de Expertos que “redacte una Constitución verdaderamente democrática”.

El pulso en la calle y en los despachos, la tensión creciente y la inseguridad ciudadana, llevan a la retirada de la Asamblea de 70 diputados de la oposición y a la suspensión formal de las sesiones. Desde primeros de agosto la actividad parlamentaria está de hecho paralizada, la Constitución varada entre los escaños vacíos de la Asamblea y los proyectos de ley (el de justicia transicional y el del consejo electoral) muertos antes de nacer. En este contexto, en el que la vieja policía, las viejas leyes y los viejos jueces mantienen, como en Egipto, todo su poder, la represión dirigida contra artistas, cantantes y activistas revolucionarios (los que derrocaron a Ben Ali) puede fecundar elucubraciones paranoicas, pero alimenta sin duda la inestabilidad al mismo tiempo que la agresividad contra el gobierno.

¿Túnez corre realmente peligro? ¿Puede acabar como Egipto? Creo que no entenderíamos nada de lo que ocurre si no inscribiéramos esta crisis en el marco del “golpe regional” contra el islamismo moderado del que hablábamos. No es descartable una colusión, coordinada o no, entre el yihadismo al que el Ministerio del Interior atribuye los asesinatos de Belaid y Brahmi (y la ofensiva armada que en agosto mató a 11 soldados en Chambi) y “manos negras” desestabilizadoras. La izquierda sería víctima doble: “pone” los muertos y no va a sacar nada de su alianza con la derecha.

La ventaja de Túnez frente a Egipto es, sin embargo, clara. Y también doble. La revolución tunecina llegó mucho más lejos que la egipcia y cuenta con un núcleo duro de legitimidad popular, la Asamblea Constituyente, pese a su desprestigio creciente. Por otro lado, el ejército no constituye la médula espinal ni de la economía ni del aparato del Estado tunecinos. La propia derecha liberal, que apeló al golpe de Estado, ha reconocido públicamente que los militares tunecinos ni quieren ni pueden jugar ese rol.

Por el contrario, la centralidad estatal la ocupa en Túnez el sindicato histórico UGTT, un “Estado dentro del Estado” más antiguo que la propia nación y que es consciente de su poder. Enfrentado al gobierno para negociar mejor con él, más pragmático que ideológico, el órgano sindical, empujado por todos los costados, apuesta de momento por la continuidad del proceso democrático y está tratando de mediar entre Ennahda y sus rivales una solución que mantenga viva la Asamblea Constituyente, cediendo a la oposición la gestión de la “transición” en términos administrativos.

No es fácil. Lo cierto es que ni la aprobación de la Constitución ni la convocatoria de elecciones legislativas parecen inminentes y, sin estos dos marcos institucionales, el viejo aparato del Estado, con sus viejas leyes y su vieja policía, seguirá teniendo un margen grande para maniobrar en su provecho y desestabilizar una democracia lactante y resfriada. Un soplo la puede tumbar. Ojalá no ocurra. Porque entonces sí podremos decir (de vuelta al lugar de origen) que las revoluciones árabes, al menos de momento, han perdido la partida.


Santiago Alba Rico es arabista y escritor.

Artículo publicado en el número 58 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2013.


Print Friendly

Un pensamiento sobre “Túnez en el abismo. Revolución y contrarrevolución en la cuna de la “primavera árabe””

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *