“Imagina na Copa?” El junio que Brasil no olvidará

Al final de la tarde del día 17 de junio salí de mi casa en el centro de Sao Paulo en dirección a la manifestación convocada en el Largo da Batata, en la zona oeste. Estaba tan nerviosa que sólo cuando llegué al metro me di cuenta de que había olvidado en casa mi monedero, con el dinero y los documentos. Tenía motivos para tener miedo. Sabía que la Policía Militar (PM) estaría allí y podría actuar con extrema violencia. Sabía que si se diese una situación de pánico entre la gente, el riesgo de ser pisoteada era grande. A pesar de los peligros, estar allí era una cuestión de honra, tanto para mí como para las centenas de millares de personas que saldrían a las calles en Brasil aquel día. En medio de la diversidad de rostros y carteles, el objetivo era el mismo: nos estábamos manifestando por el derecho a manifestarnos.

Desde el principio de mes se habían celebrado varias manifestaciones en Sao Paulo, pero la bomba de la indignación popular estalló el mismo día 13 de junio. Cerca de 10.000 personas se reunieron en el centro de la ciudad en el cuarto acto en contra del aumento de R$ 0,20 (cerca de 0,06€) en el billete de autobús y metro. Parece poco, pero las tarifas de transporte público de las capitales brasileñas aumenta todos los años, muchas veces con reajustes por encima de la inflación y esto da lugar a protestas. Con el aumento de este año, el billete pasó a costar R$ 3,20 (cerca de  1,02€). Esta vez el movimiento había ganado fuerza y prometía no dar marcha a atrás. “¡Si la tarifa no baja, la ciudad va a parar!”, decía una gigantesca pancarta exhibida por los activistas.

A pesar de apoyar al movimiento, el día 13 no pude ir a la manifestación. Era jueves y me quedé en casa trabajando (o intentado trabajar) y acompañando el acto a través de los relatos de amigos que estaban allí y lo compartían todo a través de internet. Justo antes de comenzar la manifestación, la primera noticia extraña fue que Piero Locatelli, reportero de la influente revista semanal Carta Capital había sido detenido por portar vinagre. Este líquido es conocido por disminuir los efectos del gas lacrimógeno y, como en las tres últimas manifestaciones el periodista había sufrido los efectos de la sustancia usada por la policía, esta vez pensó en tomar precauciones. Fue llevado a comisaría junto a decenas de personas, sin ninguna otra explicación.

Después de una marcha pacífica por el centro de la ciudad, en la cual los manifestantes seguían un trayecto previamente aprobado por la policía, la marcha se paró. La mayoría de las personas querían seguir por la Avenida Paulista, principal vía de la ciudad, pero no era el trayecto aprobado. Algunas de las personas que organizaban la manifestación y el comandante de la policía local se separaron del grupo para dialogar. De acuerdo con los relatos, la negociación seguía de manera totalmente tranquila, incluso con los policías dando la enhorabuena a los organizadores por el carácter pacífico de la marcha. Entonces llegó la “Tropa de Choque”, los antidisturbios, destacamento de la Policía Militar especializado en lidiar en conflictos violentos.

Sin aviso, sin negociación, “el Choque” ejecutó la orden que había recibido de dispersar la manifestación. Los policías comenzaron a disparar bombas de gal, spray de pimienta y balas de goma a cualquier persona que estuviese enfrente. El resultado fue que cerca de 10.00 personas comenzaron a correr hacia todos los lados. “El Choque” fue detrás. Con este modo de actuar, el objetivo era claro, limpiar las calles. Desde casa, yo asistía aterrorizada a todos los videos que llegaban desde las redes sociales, principalmente Twitter y Facebook. En una de las imágenes que se difundió por todo el mundo, un grupo de personas arrodilladas en el medio de la avenida levantaba los brazos en señal de rendición y gritaba: “¡Sin violencia! ¡Sin violencia!” Como respuesta obtuvieron más bombas de gas y una ráfaga de balas de goma.

Incluso con esta represión (y, posiblemente, por causa de ella), los manifestantes insistieron en llegar hasta la Avenida Paulista. Se dispersaron en grupos más pequeños, por calles secundarias, repletas de coches en horario de tráfico intenso, seguros de que la policía no osaría atacarlos entre los ciudadanos que pasaban por allí, camino de sus casas. Claro error. “El Choque” subió por las calles atascadas abriendo camino con las bombas de gas. Los conductores abandonaban sus coches y huían desesperados entre los manifestantes. Una de las bombas fue a parar dentro de un coche de un señor mayor. Peor aún, la policía bloqueaba la Avenida Paulista en los dos. Un titular de televisión, escrito en la prisa  y el calor de los acontecimientos, retrataba lo bizarro de la situación: “La PM cierra la Avenida Paulista en los dos sentidos para impedir que los manifestantes cierren la Avenida Paulista”.

No fue la única señal de confusión de la TV. A esta altura, los grandes medios de comunicación (muchos de los cuales habían defendido una reprimenda dura a los manifestantes) eran atacados en sus propias carnes. Según datos de la Asociación Brasileña de Prensa, al menos 15 periodistas fueron heridos ese día mientras hacían su trabajo. Uno de los casos más graves fue el del fotógrafo Sergio Silva, que quedó ciego de un ojo al ser golpeado por una bala de goma. Otro episodio ocurrió a la reportera, Giuliana Vallone, del periódico Folha de S. Paulo, que se llevó un tiro con una bala de goma en el rostro. En el hospital, con el ojo derecho del tamaño de una bola de golf, contó que estaba en el medio de la calle con otras dos personas más e intentaba ayudar a una señora que estaba perdida, cuando un policía que estaba pasando por allí simplemente paró, miró y disparó un tiro a la cara de la reportera.

Antes de acabar la noche del 13 de junio, las redes sociales hervían de indignación con las escenas que no paraban de llegar. La conocida violencia policial había extrapolado todos los límites. Yo ya había abandonado mi trabajo y discutía con personas de todo Brasil. Entre las diversas opiniones, una sensación parecía ser unánime: independientemente del motivo de las manifestaciones, es inaceptable que personas que quieren dar su opinión sean reprimidas de esa manera por policías que deberían de trabajar para garantizar nuestra seguridad. Personas a las que no les importaba el aumento de las tarifas de los transportes públicos o eran favorables a él, finalmente decidieron unirse a los manifestantes y un refrán que ya existía se convirtió en palabra de ley: “no es sólo por 20 céntimos”.

Durante el viernes 14 y el fin de semana, las manifestaciones comenzaron a concentrarse en las principales capitales, pero eran sólo un preludio para el quinto acto contra el aumento de las tarifas, fijado por el MPL para el lunes día 17. La prensa omitió y no divulgó el número oficial de manifestantes, pero investigaciones independientes dieron cuenta de más de 250.000 personas en la región de Largo da Batata. Pero el número real es difícil de precisar, porque otras avenidas fueron tomadas aquel día, incluidas la propia Paulista. La marcha era tan grande que no sabría precisar en qué punto me encontraba yo. En un momento determinado, necesité volver al punto de partida para encontrarme con una amiga. Caminé en el sentido contrario a la manifestación durante 20 minutos, sin ver su fin. Admirada, comenté el hecho con una mujer que estaba en la acera. Me dijo que llevaba una hora viendo la marcha pasar, sin señal de fin. Los dos sentidos de una avenida de seis carriles estaban totalmente tomados. En Rio de Janeiro, los números oficiales hablan de 100.000 personas. Hubo un enfrentamiento en la puerta del Ayuntamiento, y el edificio casi fue incendiado. En Brasilia, los manifestantes subieron al edificio del Congreso Nacional.

A pesar de que se expandió la pauta, y que las personas presentes estaban representando diversas causas, los cánticos y las consignas mayoritarias de la manifestación eran contra el aumento de los R$ 0,20. En una actitud al mismo tiempo abobada e increíble, el alcalde Fernando Haddad y el gobernador del Estado, Geraldo Alckmin, rechazaron de nuevo reducir las tarifas. Un nuevo acto de la misma magnitud  tuvo lugar el martes día 18, con réplicas en varias capitales, que ahora también exigían reducciones en las tarifas de transporte público. Esta vez hubo saqueos y fuego en la puerta del Ayuntamiento de Sao Paulo. Aun así, la policía no intervino e inexplicablemente sólo actuó más tarde, cuando lanzó bombas de gas contra los manifestantes pacíficos. Una vez más, todo quedó registrado en vídeo.

Mucha gente se pregunta por qué Brasil, por qué ahora. Nuestro país, conocido por el fútbol, por la alegría y por el carnaval y que está a punto de organizar una Copa del Mundo, y considerando que es una de las grandes economías emergentes y despunta en el escenario internacional como una nación próspera en medio de una crisis europea. Pero visto desde dentro es un poco diferente. A pesar de haber registrado un PIB per cápita superior al español en 2012 y haber hecho grandes progresos en el combate a la pobreza, la desigualdad social es aún un problema gigante. Esto en un país en el cual la calidad de la educación aún es incipiente y los servicios públicos de salud son evitados por la clase media como el diablo que huye de la cruz. Los políticos y los servicios públicos gozan de una reputación tan mala  que es (o era) común terminar una reclamación en una carretera en mal estado con un “Imagina na Copa!”. Además de esto, para así tener una base de comparación, un coche popular nuevo en Brasil cuesta en torno a 10.000€. De ahí la dependencia de un transporte público barato y de calidad.

El miércoles 19 hubo una pausa. El séptimo acto contra el aumento de las tarifas había sido convocado para el jueves 20, dando a los gobernantes algún tiempo para respirar. Mientras todo eso acontecía, la selección brasileña seguía jugando en la Copa de Confederaciones, lo que a la vez era más preocupante para las autoridades, tensas con las protestas cerca de los estadios y daban un aire de celebración a las protestas. El día 19, me dividía entre trabajar en mi casa, ver el juego e informarme sobre los movimientos del Ayuntamiento. Hasta que a eso de las 16h veo una gran noticia: el alcalde Fernando Haddad había convocado una rueda de prensa e iba a anunciar la reducción de las tarifas. Minutos después, gol de Brasil contra México. En la calle, como es de costumbre,  los forofos explotaban en gritos y fuegos. No me contuve. Salí a la ventana y grité; “Haddad va a bajar la tarifa!!!!”. Sao Paulo no fue la única. Rio de Janeiro, Belo Horizonte y muchas otras capitales y centenas de pequeñas ciudades redujeron sus tarifas de transporte por la presión popular.

A pesar de la gran afluencia de público y de la pasión por el fútbol, la organización de la Copa de las Confederaciones no enfrió las manifestaciones, al contrario. La valla puesta por la Fifa a dos kilómetros de los estadios en los días de partido era vista por muchos manifestantes como un territorio a ser conquistado. Los millones gastados en estadios que tendrían poco uso después de los eventos contrastaban con los míseros 20 céntimos que muchas alcaldías de varias ciudades insistían en aumentar en el precio de los billetes de bus y metro, un servicio público que beneficia a todos. El mantenimiento de la valla de la Fifa también era una disculpa utilizada por la policía para usar la fuerza contra los manifestantes, sean pacíficos o no. En una de las grandes manifestaciones en Belo Horizonte, mi ciudad natal, la “Tropa de Choque” llegó a soltar a la caballería encima de las personas que ya se retiraban de la avenida que iba al estadio. La reacción fue aún más inesperada: varios manifestantes se juntaron en una curva y pusieron a los caballos y a sus jinetes a correr, avanzado a gritos y tirando pedazos de pan. En una ciudad con 2,5 millones de habitantes, más de 120.000 personas salieron a la calle para pedir la revocación del último aumento del pasaje. Así mismo, los concejales de la ciudad y el alcalde sólo cedieron después de que la Cámara Municipal fuera ocupada durante una semana.

Otras cámaras municipales del país fueron ocupadas, forzando a los legisladores y gobernantes a atender a las reclamaciones que la población ya reivindicaba desde hace décadas. El Congreso Nacional también se dobló y comenzó a aprobar varios proyectos contra la corrupción y la impunidad. La onda de las manifestaciones y de las revueltas llevó la política de vuelta a las calles y dio a todos un sentimiento de que un cambio profundo había ocurrido en la relación de las personas con su propio país. De repente, era como si nos escandalizáramos con la absurda situación que se vive en la sexta economía mundial. Y si esto causó sorpresa, sólo digo una cosa: ¡Imagina na Copa!


Larissa Veloso es periodista.

Traducido para Pueblos – Revista de Información y Debate por Susana Pérez.

En el número 58 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2013, se publicó una versión reducida de este artículo.


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