La paz transformadora: una paz integral y participativa

Tanto en la actualidad como a lo largo de la historia, la conceptualización de la paz ha sido profudamente debatida. La paz ha adquirido múltiples y muy diversos significados, incluso contrapuestos, dependiendo de quiénes hablaran o actuaran por la paz[1]. Sin embargo, todos y todas solemos referirnos a ella como si de un concepto unívoco y universal se tratara, cuando no es así.
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Fotografía: Oscar Paciencia.

Un breve repaso teórico de los estudios de la paz y los conflictos nos permite establecer, al menos, tres conceptualizaciones diferenciadas de la paz que han condicionado y condicionan todos los procesos de construcción de paz alrededor del mundo:

Paz negativa

Esta concepción tiene su origen en la cultura grecolatina que entiende la paz como “un estado de ausencia de guerra o de intermedio entre dos conflictos” [2]. La Pax romana vinculaba la paz a la firma de los acuerdos tras la guerra y asociaba el concepto de paz con el de guerra. En esencia, desde estos planteamientos, se considera “la paz como una unidad interior frente a una amenaza exterior (…) [donde] los aparatos militares aparecen como una necesidad de defensa y conquista de la paz y tiene sus expresiones en el desarrollo del militarismo y el armamentismo (a nivel nacional), y del imperialismo, expansión colonial y política de pactos y alianzas contra amenazas enemigas (a nivel internacional)”[3]. La paz negativa asocia el estudio de la paz a la violencia directa, a las confrontaciones bélicas, y pone el acento en los mecanismos de negociación de tratados para poner fin a la confrontación armada.

Paz positiva

Galtung, en 1960, introdujo la noción de violencia estructural y la relacionó con la paz. Según este autor, “mientras existan injusticias y no se atiendan las necesidades humanas básicas (bienestar, libertad, identidad y supervivencia), no existirá la paz aunque no nos agredamos directamente”[4]. El concepto de paz se amplía hacia aspectos relacionados con la justicia social y el desarrollo. En este sentido se propone que los procesos de construcción de paz tengan en cuenta las causas estructurales de los conflictos y las cuestiones sociales (derechos humanos) más allá de las violencias directas.

Paz imperfecta

Dentro de las nuevas tendencias en los estudios de la paz, es posible mencio nar numerosas aportaciones de diferentes escuelas, autores y centros de investigación. Entre ellas, la paz imperfecta[5] aporta una serie de elementos que sirven de antesala a la concepción de paz transformadora. Según Muñoz, la paz no ha de concebirse como un concepto dependiente y subordinado a la violencia o el conflicto –como indirectamente también se relaciona en los postulados de la paz positiva, al considerarse la paz como ausencia de violencias estructurales–, sino que debe reafirmarse el sentido de la paz por sí misma, reconociendo los fenómenos presentes en las acciones de los seres humanos capaces de crear paz, vinculando la paz a la cultura, las acciones, los pensamientos y los diálogos de los seres humanos. De ahí el uso del adjetivo imperfecta, que hace referencia a la paz como proceso inacabado en construcción permanente por los seres humanos en cualquier ámbito o contexto, incluso en el marco de las más terribles confrontaciones bélicas[6].

De la paz positiva e imperfecta, a la paz transformadora[7]

Desligar la violencia de la concepción de paz permite abordar con mayor profusión, además de las consideraciones relacionadas con la violencia estructural y la atención de las necesidades, el complejo universo de la convivencia humana. Considerar la paz como un proceso vivo, construido por los sujetos, permite relacionar la paz con un enfoque sociopráxico: “la paz como constructo humano en constante transformación, fruto de las acciones humanas y las compatibilizaciones de sentidos que los seres humanos inferimos a las prácticas y acciones que realizamos o/y experimentamos, y que forjan diferentes convivencias en un determinado espacio de cohabitación o relacional”[8].

La concepción de la paz, desde una perspectiva transformadora, trasciende los límites de la paz positiva y de la paz negativa, ya que no se define en relación a la ausencia de confrontaciones bélicas o la mayor o menor contundencia de las violencias directas, culturales o estructurales. La paz se relaciona con la convivencia y se entiende como un proceso vital de transformación de los modelos de convivencia que inhiben o violentan la atención de las necesidades del conjunto de la población en modelos sinérgicos de atención integral de las mismas, en modelos de Buen Vivir.

La paz implica el desarrollo de procesos construidos participativamente desde la diversidad de conocimientos de acuerdo con un planteamiento emancipatorio de carácter holístico e integral, mediante los que se emprenden transformaciones en los sistemas sociales, económicos y políticos en todos los ámbitos (micro, meso y macro), orientados a la cristalización de modelos convivenciales de vida digna. La paz como transformación en las necesidades que cada ser humano construye, y en los medios y modos de atenderlas; como transformación en los comportamientos y las prácticas que cada cual realiza en las redes de relaciones que contrae en la vida sociocomunitaria; como transformación en las correlaciones de fuerzas, en las relaciones de poder y dominación; transformación en los comportamientos, conductas y acciones… que propician la construcción de modelos convivenciales capaces de desarrollar las potencialidades del conjunto de la población.

Desde este paradigma, se considera que para construir paz es necesario prestar prioritaria atención a la ciudadanía de base, a los pueblos. Es decir, a aquéllos que a lo largo de la historia han sufrido los modelos de despojo, desarraigo, desamparo, humillación, miseria, exclusión y sometimiento impuestos por las buenas, las malas o las peores, por los grandes poderes fácticos de cada tiempo y forma. Es preciso reivindicar y exigir el pleno disfrute de los derechos humanos, económicos, sociales, ambientales y culturales; es necesario reconstruir ciudadanía, autonomía y poder político; conformar nuevos modelos de justicia y reivindicar aquellos deliberadamente desconocidos; reconstruir los modelos educativos y de socialización, así como las relaciones entre géneros, apostar por la construcción colectiva de memoria histórica, verdad, garantías de no repetición y exigir reparación integral a las víctimas.

Construcción de paz y negociación

Construir paz transformadora implica desarrollar una ruta crítica que contemple múltiples estrategias y recoja las experiencias populares de construcción de convivencias pacíficas como prácticas a impulsar. La negociación de la guerra debe considerarse como un elemento más de un proceso de largo aliento[9], en el que la movilización social para exigir cambios estructurales en el modelo político, social y económico debe jugar un papel importante para hacer efectivas las alternativas construidas participativamente desde la diversidad. De este modo será posible propiciar la consolidación de poderes contra hegemónicos que hagan viable la implementación de las transformaciones necesarias. La incidencia, el cabil deo y la acción directa no violenta se constituyen como tácticas de uso imprescindible por parte del movimiento popular. Paralelamente, han de ponerse en marcha procesos formativos e investigativos, comunicativos, de exigibilidad jurídica a todo nivel, y la consolidación de grandes conjuntos de acción para la paz, que contemplen el acompañamiento internacional en clave de integración solidaria de los pueblos.

La dificultad de implementar procesos integrales de construcción de paz es evidente: a los poderes instituidos no les gustan los cambios que suponen pérdida de poder. Por ello prefieren centrar su acción de construcción de paz, a lo sumo, en la negociación, ya que en ésta es difícil que se produzcan cambios estructurales de fondo. Pues, en una negociación se cede “un algo del todo”, para ganar “un poco del algo”, de acuerdo con la correlación de fuerzas existentes. El hecho de que incluso los procesos de negociación y construcción de paz basados en la negociación y calificados por los analistas internacionales como “exitosos”[10] adolezcan de graves carencias que han condicionado la efectiva cristalización de modelos de convivencia pacífica, nos advierte de la necesidad de generar procesos más amplios. Un proceso de paz focalizado en mesas de negociación conformadas únicamente por los actores contendientes del conflicto armado, implica relegar a un segundo plano tanto a los protagonistas de la paz (el pueblo), como a la agenda clave de transformaciones sociales, políticas y económicas. Sobre todo si en las mesas se pretenden conquistar garantías de participación política instituida.

Son numerosos los procesos de construcción de paz que han terminado con la creación de nuevas expresiones políticas institucionales. Partidos políticos que han apostado el todo por el todo (las esperanzas y anhelos de cambio incluidas) a unas elecciones insertas en un sistema electoral concreto (modelo de democracia representativa) y sujetas a la cultura democrática dominante en el país (corruptelas, compra-venta de votos, caciquismo), o, peor aún, a las estructuras de hostigamiento y amenaza vigentes. Teniendo en cuenta la capacidad de acción de los actores políticos tradicionales en su territorio político natural, cuesta imaginarse cambios profundos enmarcados en la acción institucional. Incluso si se tiene la suerte de ganar las elecciones, asunto, por lo dicho, harto complicado.

Por ello, desde una perspectiva transformadora, se considera necesario enfocar el proceso de construcción de paz más que en la negociación, en la acción popular para conformar sujeto social; en la construcción de contrapoderes diversos coherentemente articulados y en las reivindicaciones, apuestas, acumulados y exigencias que se consideren ideas fuerza por parte del movimiento popular. Porque la paz entendida como proceso de construcción de modelos convivenciales de Buen Vivir debe contar con todos y todas (fundamentalmente, con los pueblos históricamente excluidos), las negociaciones entre cúpulas, líderes y representantes plenipotenciarios son, y deben ser, parte de un proceso más amplio cuyo principal reto es el de compatibilizar las ideas, propuestas y exigencias de los diferentes participantes en clave de generar una vida digna para el conjunto de la población, y no sólo para unos pocos.


Esteban A. Ramos Muslera es doctor en Paz y Conflictos y representante legal de Paz con Dignidad en Colombia.

Artículo publicado en el número 57 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2013.


NOTAS:

  1. Efectivamente, no es lo mismo, por ejemplo, la paz del capital que la paz de los pueblos.
  2. Jiménez, F. (2009): “Hacia un paradigma pacífico: la paz neutra”, Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, UAEM, número especial, pp. 141-190.
  3. Ibídem.
  4. Galtung, J. (1985): Sobre la paz, Barcelona, Fontamara.
  5. Muñoz, F. (2001): La paz imperfecta. Granada, Universidad de Granada.
  6. Muñoz, F. (2004): “La paz”, en B. Molina y F. Muñoz (coords.), Manual de paz y conflictos, Granada, Universidad de Granada, pp. 21-42.
  7. Para profundizar en la concepción epistemológica teórica y metodológica de la paz transformadora se recomiendan diferentes lecturas al final de este dossier.
  8. Montañes, M., Ramos, E.A. (2012): “La paz transformadora: una propuesta para la construcción participada de paz y la gestión de conflictos desde la perspectiva sociopráxica”, OBETS. Revista de Ciencias Sociales (vol. 7, núm. 2), Universidad da Alicante, pp. 241-269.
  9. Son recurrentes los fracasos en los procesos de negociación porque suelen tomar la parte por el todo (la negociación de la guerra por la construcción de paz).
  10. En este mismo dossier se da cuenta de cómo el proceso sudafricano, salvadoreño y español, todos ellos aplaudidos internacionalmente, no han terminado de cristalizar modelos convivenciales de Buen Vivir.

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