Se decía ayer… “No echen mano al monedero, no vengo a pedir dinero”[1]

Todos los días de camino al trabajo me lo encuentro en la pasarela, me da los buenos días con una sonrisa blanca y una leve inclinación de su cuerpo, entre cortés, amable y servil, y me ofrece La Farola. Nunca le he comprado el periódico. Tampoco he visto nunca que lo haga nadie. Supongo que habrá personas que, sin ningún interés por adquirir el producto que vende, le dan una limosna para ayudarle, y así va tirando.

p57_eric-prinvaultEste invierno ha sido duro, muy duro: frío, agua, nieve, viento. Y sin embargo, ha permanecido día tras día en el mismo lugar, amarrado a su quehacer diario como tabla de salvación. Ya estamos en verano. Me ha parecido observar en él un deterioro físico y he detectado en sus ojos brumas de cansancio anímico. Su eterna sonrisa, resplandeciente por contraste con su piel negra, es más leve; su mirada, cada día que pasa, es más huidiza, insegura y extraviada. Su rostro despide destellos difuminados de desesperanza, espejo convexo que refleja nuestras almas despiadadas.

Nunca he intercambiado con él más que un saludo. Tampoco me he detenido nunca a conversar con el mendigo que me encuentro en la puerta del supermercado de mi barrio, sentado en el suelo, pidiendo limosna con un cartel ininteligible. Ni con la mujer mendicante que me abre la puerta de la frutería para conseguir unas monedas. No me atrevo a entablar conversación con ellos por miedo a tener que implicarme en sus vidas, unas vidas cuyas circunstancias sólo alcanzo a atisbar desde mi cómoda atalaya de distancia sin compromiso.

Nos acechan tele maratones, aportaciones solidarias en campañas tramposas que ocultan las causas de la indigencia y sólo nos muestran arrasados rostros de niños indefensos. ¿Para cuándo redistribuir la riqueza a favor de los salarios en lugar de aumentar los beneficios de las multinacionales?, ¿para cuándo rediseñar el sistema fiscal a favor de los de abajo?, ¿para cuándo acabar con los paraísos fiscales en vez de realizar amnistías fiscales?, ¿para cuándo impedir el beneficio del crimen organizado y de la venta de armas?, ¿para cuándo acabar con la explotación laboral y las condiciones infrahumanas de trabajo?, ¿para cuándo cambiar las reglas de la OMC que imponen el saqueo sobre los países de Tercer Mundo en intercambios desiguales?, ¿para cuándo una renta básica de ciudadanía y un salario social?, ¿para cuándo el respeto de los derechos humanos? La riqueza y la pobreza no son productos de la condición humana, ni el egoísmo es consustancial. Tan sólo la muerte es inseparable de la condición humana. La miseria de unas personas y la opulencia de otras son producto de la organización social.

Un músico pide unas monedas bajo el arco árabe del casco antiguo de mi ciudad, notas de efluvios tristes y melancólicos. Le ofrezco unas monedas como trueque a cambio de sus acordes sin doblez. Aún vislumbro horizontes de esperanza, soy capaz de mirarle a los ojos sin sentirme culpable por ello.


Valentín Moreno es colaborador habitual de Pueblos – Revista de Información y Debate. 

Artículo publicado en el número 57 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2013.


“Levantando la vista, vio ricos que echaban sus ofrendas en el gazofilacio, y vio también a una viuda pobre que echaba dos ochavos, y dijo: En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos los otros, porque los demás echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobraba, mientras que ésta echó de su indigencia todo lo que tenía para el sustento”.

Jesús de Nazaret [2], (341 a.C.-270 a.C.)


NOTAS:

  1. Post de Enzo Vizcaíno en el blog “Creía que éramos amigos”, www.creiaqueeramosamigos.com/post/51138027534/metro-madrid.
  2. Nuevo Testamento. Evangelio de San Lucas. El óbolo de la viuda.

Print Friendly

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *