“Transición”: La trascendencia desde la desmemoria

“Un paciente llamado Adolfo es ingresado en una clínica. Convencido de que pudo ser el presidente del gobierno recreará los principales episodios históricos de la Transición y su repercusión en la realidad actual”. Este es el comienzo de la sinopsis que aparece en el programa de mano de Transición, título de la nueva coproducción entre en Centro Dramático Nacional y las compañías Teatro del Temple, L´OmImprebís y Teatro Meridional.
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Fotografía: David Ruano.

La Transición es un período de la historia de España cuyas consecuencias, aciertos, desdenes y olvidos siguen vigentes y siguen siendo el origen más próximo de la cuestionada inercia democrática de este país. Además supone un inevitable punto de referencia y significación para la visión corporativa de los distintos colectivos sociales, ideológicos, políticos, militares y económicos del entramado actual. A esto debemos añadir que, dada la cercanía temporal de la amalgama de acontecimientos que conformaron este período, el equipo de producción de esta obra de teatro cuenta, además, con la experiencia particular vivida en aquellos momentos del individual miedo, esperanza, frustración, alegría, etc., de muchas y muchos de los ciudadanos-espectadores que acudimos a ver la obra. Esto suma, igualmente, un componente de osadía al planteamiento suficiente como para prever que la obra de teatro a la que vamos a asistir es un “todo o nada”. Y sin lugar a dudas no sólo salen airosos del planteamiento en el que se adentran, sino que alcanzan en determinados momentos cotas de excelencia dramatúrgica e interpretativas muy notables.

El riesgo de este montaje resulta encomiable desde el momento en que rehúye claramente el mero documentalismo hagiográfico de aquella época, así como la arenga tendenciosa con la que de un lado u otro estamos acostumbrados a convivir como sordina sobre aquellos hechos y lo que han supuesto o dejado de suponer en el devenir nacional. De manera que el punto de fuga de este montaje reside en traspasar los límites del estricto realismo lanzándonos  al patio de butacas una serie de interrogantes, cuestionamientos  y reflexiones sobre los que la última palabra la tiene individualmente quien asiste al espectáculo.

Transición se compone de  distintos círculos dramatúrgicos que se intercalan y sobreponen a lo largo de su desarrollo, entremezclando varios ámbitos como el esperpento, el musical e incluso la tragedia, y que nos van llevando hábilmente hasta un hilarante e impagable acto final que no tiene desperdicio. Pero sin duda la trama más brillante e interesante es la que parte del cónclave de personajes desmemoriados que agotan sus tenues vidas en una clínica geriátrica.

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Fotografía: David Ruano.

El recurso de la locura

La locura, la demencia o la discapacidad tradicionalmente han aparecido como ámbitos de recurso dramático para hacer transcender una reflexión superior a la simple descripción de los personajes y sus situaciones. En este caso adquiere una potencia narrativa que trenza el espectáculo dotándole de una cadencia y un ritmo que no decae en ningún momento (cabe recordar como referencias, entre otras muchas, Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey, que fuera llevada al cine por Milos Forman en 1975 y adaptada al teatro por Dale Wasserman; películas como Corredor sin retorno, de Samuel Fuller, de 1963, Tratamiento de Shock, de Denis Sanders, 1964, o Los idiotas, de Lars Von Trier, 1998; o, en el teatro, El mundo de los simples, de la compañía Los Ulen, o el frecuente recurso a este elemento utilizado en sus distintas obras por Els Joglars).

Gracias a la intermitente pérdida de conciencia, acompañada de la fantástica desinhibición de los dementes, (coro al que se une el personal sanitario del centro asistencial), se van encadenando una serie de situaciones que nos permiten visualizar con sátira y humor algunos de los pasajes del vodevil palaciego con el que tradicionalmente se nos ha narrado e ilustrado los momentos políticos clave de la Transición, acompañados de otros momentos mucho más significativos como el atentado de Carrero Blanco o el 23-F. Estas situaciones son aprovechadas inteligentemente por la prudente distancia que otorga la locura y la desmemoria y que nos permiten ver (o mejor intuir) a personajes como el Rey Juan Carlos y Dña. Sofía, Adolfo Suárez y Amparo Illana, Torcuato Fernández Miranda, Felipe González y Santiago Carrillo, unas veces engastados en quincalla sanitaria y pululando en pijama, boatiné y ropa hospitalaria, y otras perfectamente ajaezados y almidonados. Todo esto adquiere una brillantez especial desde el momento que los personajes no sólo no se ciñen a la linealidad histórica del momento en el que ubican sus acciones sino que plantean sus actos y sus palabras como hábiles metáforas que conectan rápido con el espectador, y que además nos permiten transcender el hecho que se nos narra, retrotrayéndonos a un nuevo análisis individual no sólo de lo que fue y lo que ha representado aquella época, sino del legado y de la vigencia de la misma.

Adolfo (Suárez o aquel loquito ujier del Congreso), interpretado por Antonio Valero, nos regala un ejercicio actoral espléndido. Es el nexo de humanidad que nos guía por los distintos caminos en los que esta representación nos introduce. La demencia de Adolfo, o su desaforada defensa de la transcendencia de aquella época, que aparece en la obra mediante la recreación de un peculiar programa televisivo de debate, no dejan de ser voz de conciencia de un pasado negro al que muchos pertenecieron y del que quisieron desertar, de un período de cambio donde cada paso que se daba suponía dejar de avanzar otros dos, que muchos y muchas miran desde el presente con cierta desilusión y con la triste sensación de haber perdido una oportunidad para que las cosas fueran, en estos momentos, de otra manera.

De lo visto queremos destacar las excelentes interpretaciones de todo el cuadro actoral y de la hábil y complicada dirección que con mucha profesión a las espaldas, creatividad y decisión abordan Carlos Martin y Santiago Sánchez. Pero si algo merece sobremanera nuestra admiración es la inteligente dramaturgia de este espectáculo a cargo de los bradomines Alfonso Plou y Julio Salvatierra (uno de hecho, porque ganó el premio Marqués de Bradomín en 1986, y el otro por derecho, por oficio y por trayectoria). Son sin duda dos de los valores de la escena contemporánea más dotados y más trabajadores que existen.

Se trata de un montaje que va a marcar un punto de referencia en la nueva temporada teatral, tanto por la calidad y el oficio desde el que se aborda como por la singularidad e inteligencia profesional de este proyecto a cuatro bandas, así como también por la  valentía, la decisión y el compromiso desde el que esta singular obra se acerca a este período crucial de la historia contemporánea patria, “la oficial, la no oficial”, y sobre todo la vivida. Es imprescindible no perdérsela porque cantará, reirá, se emocionará, se avergonzará, se intrigará, rememorará y posiblemente salga con la sensación de que, a pesar de todo, aquella época no debe de cerrarse en balde y todavía queda mucho por hacer.


José Alberto Andrés Lacasta es colaborador de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Este artículo ha sido publicado en el número 56 de Pueblos – Revista de Información y Debate, abril de 2013.


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