Sobre la producción de subjetividad endeudada

Algo en lo que todas las especialistas (no sólo) económicas parecen concordar es en que la llamada “financiarización” de la economía ha supuesto una de las últimas transformaciones relevantes del capitalismo. Nosotras vamos a proponer la lectura de este proceso desde una categoría decisiva que hoy se convierte ya en urgente y global: la deuda. Y para ello nos apoyaremos en la última obra del filósofo italiano Maurizio Lazzarato: La fabrique de l’homme endetté (Paris, Amsterdam, 2011).
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Ilustración: María José Comendeiro.

Lazzarato parte de la siguiente tesis: la financiarización no es tanto una modalidad de financiación de las inversiones como un enorme dispositivo de gestión de las deudas (personales y públicas) y, por tanto, de la relación acreedora-deudora. Por ello Lazzarato no habla de “finanza” sino de “deuda” e “interés”. No es sino la relación entre la acreedora y la deudora la llave de todo el proceso de las finanzas.

Otro punto importante a resaltar, de entrada, es que las finanzas no van a ser un exceso de especulación que se podría regular si hubiese voluntad (por parte de, por ejemplo, un Estado o un conjunto de Estados) ni la expresión de la avaricia del ser humano (como sin ruborizarse ilustrarían muchas conservadoras: “es la condición humana”, repiten con cinismo). Las finanzas no son más que una relación de poder. “La deuda es la finanza desde el punto de vista del deudor que debe reembolsarla. El interés es la finanza desde el punto de vista de los acreedores, propietarios de los títulos que les garantizan beneficiarse de la deuda” (Lazzarato, p. 23). De este modo se argumenta cómo el corazón estratégico de las políticas neoliberales es justamente la fabricación de la deuda, que no es algo negativo que impida el crecimiento sino, al contrario, el motor económico de la actualidad. Por ello la fabricación de la deuda es el desarrollo de la relación de poder entre acreedoras y deudoras.

Desde luego, la multiplicación de la deuda a nivel global se da a partir de la aparición de lo que otras llaman “financiarización mundial”. Uno de los principales motivos es el derrumbamiento del sistema de Bretton Woods (vigente de 1944 a 1971, cuando Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar en oro y viceversa). Como explica Andrea Fumagalli[1], “con el paso a un régimen de cambios flexibles, el nivel de incertidumbre sobre los pagos internacionales crece de modo exponencial, especialmente en un contexto de fuertes oscilaciones de las tasas de cambio. Esta situación favorece la actividad especulativa a través de la compra-venta de divisas internacionales y al mismo tiempo hace más arriesgada la solvencia de las transacciones comerciales entre países.” Es decir, el tipo de cambio queda al arbitrio del mercado.

La primera consecuencia de esto es la multiplicación exponencial de la cantidad de billetes impresos con los riesgos evidentes de desvalorización y de sobreacumulación de los mismos, algo que no afectaba solamente a Estados Unidos sino, entre otros, a los países de la OPEP[2].

Según la célebre teoría de David Harvey de la acumulación por desposesión, el capitalismo soporta sus desequilibrios produciendo ajustes espacio-temporales que se hacen cargo de la sobreacumulación, bien de capital, bien de fuerza de trabajo. Las alternativas no son más que la depreciación del valor de los mismos o, como alternativa, que esos excedentes se absorban. Los ajustes son espacio-temporales porque se llevan a cabo mediante expansiones geográficas que cuentan necesariamente con el tiempo en el sentido de que son inversiones hechas a largo plazo (como por ejemplo, las inversiones que se hicieron en la África subsahariana y en América Latina en los 70 y que fueron el comienzo de su deuda externa).

Éste ha sido el camino mediante el cual, a través de la manipulación del crédito y de las prácticas de administración de la deuda, las administraciones han gobernado impulsando ajustes neoliberales. El Fondo Monetario Internacional (FMI) cubre a la administración y asegura que los países paguen a través de ajustes estructurales, eufemismo que esconde la privatización de los bienes comunes, llevando consigo una nueva “reacumulación”.

Pues no otra cosa son los planes de austeridad que la troika (FMI, Banco Central Europeo, Comisión Europea) imponen a los países de la Europa del sur (Grecia, Portugal, España, Italia): privatización y liquidación de los bienes comunes.

Poder, control, subjetividad

De este modo tiene lugar el giro de la conversión del dinero en deuda y de la deuda en propiedad. Y por ello, volviendo a la tesis de Lazzarato, el crédito, la deuda, y por tanto la relación acreedora-deudora, constituyen una relación de poder que implica modalidades específicas de control y producción de la subjetividad.

Llegados a este punto es donde Lazzarato avanza al respecto de la concepción foucaultiana de homo aeconomicus, pues donde para Foucault el concepto escondía el hecho de que la persona consumidora producía a todas horas (su propia satisfacción), para Lazzarato lo que esconde es el deber que la consumidora tiene de restituir la deuda contraída. De este modo la nomenclatura empleada por él es la de l’homme-endetté, es decir, el humano-endeudado. Para Lazzarato, “la relación acreedor-deudor se superpone a las relaciones capital-trabajo, Estado de bienestar-usuario, empresa-consumidor, y transforma a los ciudadanos, trabajadores y consumidores en ‘deudores”.

A partir de aquí Lazzarato abre una línea de análisis de corte moral a partir de la lectura de la Genealogía de la moral de Nietzsche, basada en la explicitación de una “moral de la deuda”, donde el par “esfuerzo-recompensa”, clásico en el ámbito laboral, pasaría a ser sustituido por la moral de la “promesa” (honrar la deuda) y la “culpa” (de haberla contraído). De hecho Nietzsche nos recuerda cómo la palabra alemana schuld (culpa) proviene de schulden (deudas) inaugurando una moralización de la deuda que incluye tanto a desempleadas como a trabajadoras como a poblaciones enteras. De aquí que cuando el gobierno alemán tacha al pueblo de Grecia (y del sur de Europa en general) de “parásito” muestra en todo su esplendor la violencia de la culpabilidad que supura la economía de la deuda. Del mismo modo, los media, políticas o banqueras no transmiten más que un mensaje: “sois culpables”.

Así vemos hasta donde llega el proceso de producción de subjetividad: una es libre mientras su vida sea compatible con el pago de la deuda contraída. De este modo se enseña desde el principio a vivir con la deuda. Y esta operación se encuadraría, siguiendo esta línea, en la del biopoder o la biopolítica, refiriéndose al control férreo de la vida.

Lazzarato postula que la deuda es el carácter general de las relaciones de poder actuales del capitalismo. Incluye a todo el mundo, pues incluso las que son tan pobres que no pueden acceder a un crédito deben pagar los intereses a través del pago de la deuda pública (mediante las condiciones impuestas por la troika y los gobiernos, que afectan a la vida de toda la población); pues incluso los Estados que son tan pobres como para no poder dotarse de un Estado de bienestar deben pagar los intereses. Lazzarato llega a asegurar que “cada nuevo bebé francés nace ya con 22,000 euros de deuda”.

En base a ello, siguiendo a Deleuze (quien a su vez sigue a Nietzsche), se asume que verdaderamente es el crédito, y no el intercambio, el arquetipo de las relaciones sociales (que, por tanto, son desiguales desde el comienzo).

Crédito, deuda y promesas

Pues, ¿qué son el crédito y la deuda? No son más que una promesa de pago. ¿Y un activo financiero (acción, obligación)? La promesa de un valor futuro. Y estos conceptos (promesa, valor, futuro) se tornarán fundamentales en el objetivo de las relaciones de poder, que no es sino fabricar una subjetividad capaz de mantener una promesa, y capaz de recordarla, de tener memoria, es decir, capaz de llevar en su interior la relación acreedora-deudora.

La promesa implica memoria y ésta hace que lo fundamental sea la confianza (en devolver la deuda, debido a la confianza que la acreedora depositó en la deudora). Y la memoria no es solamente del pasado sino también del futuro, pues eso es el crédito, la promesa de restituir la deuda en un futuro.

Así, la deuda es tiempo. Y los intereses de la deuda implican y suponen un trabajo futuro que dé los frutos para pagarlos. De este modo una pierde el derecho que tenía sobre ese tiempo futuro, que pasa, por tanto, a estar colonizado. Desaparece toda opción de decisión y aparece la percepción de vivir en una sociedad sin tiempo, en una sociedad en la que nada puede ocurrir.

Y esa apropiación también llega a todo aquello que el célebre Welfare había conseguido transmitir: fundamentalmente seguridad. Una de las derivas actuales a este respecto es la transformación del mismo (que entre otras cosas aseguraba un salario cuando una estaba desempleada) en Workfare (es decir, el deber de trabajar sin salario cuando una está desempleada). Esta deriva proviene seguramente de la generalización con la que los Estados han promovido la noción de “emprendedora” (oponiéndose con ello a lo que sería el otro polo del conflicto, el del derecho, por ejemplo, a una Renta Básica de Ciudadanía).

Así vemos cómo entra en juego la biopolítica, pues la estrategia es hacer que la persona, la vida de la ciudadana, su subjetividad, se adapte a la oferta de empleo de cada momento, convirtiéndola en capital humano. La noción de empleabilidad ajusta la vida de las personas al respecto de la posibilidad de engrosar las listas del paro: ser-empleable lleva consigo una serie de actitudes, comportamientos y estilos de vida que deben ser acordes al mercado. En caso contrario, la persona nunca accederá a un empleo.

Por otra parte, el hecho de fabricar emprendedoras, como tanto le gusta repetir a los gobiernos actuales, lleva consigo el asumir los riesgos de la economía neoliberal sobre sus propias carnes. Como decía Foucault, y recuerda Lazzarato: hacer de sí-mismo una empresa. Con ello se da el paso que Deleuze afirmaba de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control, donde en ésta el control se interioriza en el individuo: es producción de subjetividad controlada.

Por ello la deuda es infinita, sentencia célebre de Deleuze, y con la infinitud llega la culpabilidad por no poder pagar. Así se convierte también en “deuda interior”. Si Nietzsche ponía el acento en la deuda que tenemos desde el origen del cristianismo (deuda ante Dios, culpabilidad por el pecado original y la expulsión del paraíso: una deuda interior transcendente), en Deleuze la deuda se materializa en el capitalismo como deuda inmanente. Es decir, la valorización capitalista pasa a ser infinita, en el movimiento del capital que se autovaloriza y, gracias a la deuda, supera sus propios límites.

Concluyendo, el crédito (como arquetipo de las relaciones sociales) parte del desequilibrio, el desajuste y la desigualdad, por ello en el devenir del capital la deuda se torna infinita a través de la continua autovalorización que el capital hace sobre sí. La deuda no es sino el motor actual del capital y el hecho de no poder pagarla no es sino una consecuencia del mismo. Esa certeza es la que lleva a la producción y control férreo de la subjetividad endeudada ya la (de)formación de los cuerpos (tanto individuales como colectivos, tanto usuarias como ciudadanas o Estados). La única pregunta que cabe hacerse es: ¿Es posible la resistencia?


Abraham Rubín forma parte de Proxecto Derriba, proxectoderriba.org.

Este artículo ha sido publicado en el número 56 de Pueblos – Revista de Información y Debate, abril de 2013.


NOTAS:

  1. Fumagalli, Andrea (2010): Bioeconomía y capitalismo cognitivo, Traficantes de Sueños, Madrid.
  2. Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

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