Colombia

Elegir la democracia

Buena parte de las sociedades latinoamericanas sufre la paradoja de la democracia. Se trata de sociedades que tienen procedimientos democráticos en la toma de decisiones y en la gestión del poder público, pero su grado de democratización real es mínimo. Colombia no es la excepción. Y la paradoja se hace evidente y explícita sobre todo durante la época electoral que comienza a dar sus primeras luces dese el año anterior a la celebración de los Comicios, tal y como sucede en la coyuntura mediática actual.

En época de elecciones todos los medios de comunicación voltean sus miradas y su explayada capacidad de cobertura a lo que se denomina la “clase política”, sus alianzas, movimientos y fraccionamientos internos. El futuro de la Unidad Nacional frente al Puro Centro Democrático, la reelección de Santos y los concursos de opinión sobre la imagen favorable de los personajes públicos (que con exagerada pretensión se denominan a sí mismos “encuestas”), son los ingredientes del debate político actual. Poner las cosas así parece lo más natural del mundo, pues ¿De qué otra cosa podría hablarse en la época electoral sino del destino político de quienes vamos a elegir?

Esa idea tiene arraigo en la forma en que la política es vista por los medios de comunicación. Por política se entiende todo lo que les sucede a los políticos que va desde los escándalos de corrupción hasta el futuro de los partidos y movimientos políticos. Pero las cosas van más allá, sobre todo en el momento que eso que les sucede a los políticos es lo que sale en televisión: la política se transforma prácticamente en lo que se ve en la pantalla. El síntoma más resuelto de todo esto es que las discusiones sobre política que las personas tienen en su vida cotidiana están motivadas, estructuradas y atravesadas por lo que ha sido mostrado en los medios de comunicación.

El problema fundamental no es que la gente vea televisión o que los noticieros engañen a todo el mundo, aunque sin duda la manipulación es muchas veces un hecho más que extendido en nuestros medios de comunicación. El problema es que los ciudadanos no participan y discuten sobre los asuntos comunes sino que hablan siempre del contenido de los noticieros: lo que discuten no los acerca a tomar decisiones sobre su propio destino, sino que los convierte en espectadores de una realidad política que aparece como alejada y externa a sus propios problemas y a su propia vida.

Frente a esta realidad, que es poco democrática, los procedimientos de la democracia se convierten en algo totalmente estéril. Las elecciones se reducen a un mero ritual que se repite cada cuatro años si el sufragio no viene acompañado por una preocupación y participación de la gente en los asuntos comunes. Es el procedimiento el que nace y tiene sentido gracias a las formas de vida democráticas de quienes lo suscriben. Cuando el contenido de los debates políticos son los trinos virtuales de Santos y Uribe o si el ex general Naranjo es más popular que el presidente, hablar de democracia no es más que un simple eufemismo.

Esta retirada de la democracia coincide con la exclusión mediática de las fuerzas de izquierda. La coincidencia no es para nada fortuita. Mientras la imagen del espectro político colombiano se consolida como la oposición de la extrema derecha uribista a la centro derecha de la Unidad Nacional, la democracia colombiana firma su irremediable decadencia y se arroja al abismo de la superficialidad. Y la ausencia de la democracia que se deriva de ello no ha de ser anotada simplemente como la ausencia de la pluralidad de voces o de puntos de vista. Lo que debe decirse es más radical y certero: la ausencia de las fuerzas de izquierda y de los movimientos sociales significa el entierro de la democracia; sin izquierda simplemente no hay democracia.

Decirlo parece descabellado, pero no lo es. No cabe duda de que en Colombia existen otras fuerzas políticas que no son propiamente de derecha, como algunos sectores del Partido Verde o el nuevo movimiento de opinión Pido la Palabra. También sería difícil poner en tela de juicio de que estas fuerzas se recogen en los procedimientos y nociones básicas de la democracia defendiéndolos de alguna manera. Pero en este punto radica justamente la diferencia con la izquierda: ella defiende y construye la forma de vida democrática que soporta y le da sentido a cualquier procedimiento democrático custodiado por las fuerzas liberales.

Por medio de la búsqueda de la emancipación, las fuerzas de izquierda y los movimientos sociales acercan la política a los asuntos cotidianos de las personas: intentan sobreponerse a la barrera que separa a la gente de las decisiones sobre su propio destino impuestas por la tecnocracia, la privatización y los medios masivos de información. El cometido de cualquier izquierda es que sean los campesinos quienes hablen sobre el futuro de las formas de propiedad de la tierra y no sean los criterios económicos de rentabilidad los que incuestionadamente decidan todo; que los trabajadores puedan participar y decidir en lo que gira alrededor del mundo del trabajo. En fin, que no sean exclusivamente los gobernantes quienes toman las riendas del destino de la historia y los procesos sociales, sino que sean los directamente implicados en ellos quienes puedan darle forma a su propia vida.

Por ello, hablar de izquierda democrática es en verdad una redundancia. El contenido radical de la democracia, incluso de la democracia más simple y formal, carece completamente de sentido sin los objetivos políticos de la izquierda. Ni los liberales, ni mucho menos los sectores conservadores aceptan que los excluidos participen en la construcción del futuro de su propia vida social, y por ello, niegan la esencia de toda democracia: quieren una democracia sin formas de vida democráticas, una democracia sin pueblo.

Una opción política de izquierda para las elecciones del 2014 no es sólo agregar una voz más al espectro político que representa ciertos sectores y aspiraciones de la sociedad. Tal opción es poner en juego la voz de toda democracia por excelencia: más allá de tomar una elección, se trata de elegir la opción de poder elegir realmente.


Fuente: Palabras al Margen, 28/02/2013.


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