Estado de la relación política. ¿Nuevos actores? ¿Nuevos escenarios?

Hacia la Ia Cumbre UE-CELAC

En vísperas de la VII Cumbre Unión Europea América Latina Caribe, devenida Ira UE CELAC, el balance acerca del estado actual de los vínculos entre los dos grandes grupos de actores resulta estratégico, mucho más si se relaciona con el creciente interés e impacto de la presencia del bloque comunitario en esta región.

Sin embargo, todo indica que estas relaciones se encuentran en un momento de bajo perfil, sobre todo en lo político; mientras, en la esfera económica y propiamente comercial tampoco se cumplen las expectativas, especialmente las del bloque europeo, principal artífice y promotor del complejo entramado de lazos que persigue como principal objetivo la construcción de lo que ha sido identificado como una Asociación Estratégica Birregional entre ambos grupos de actores.

Un proyecto que viera la luz en 1999 como el más importante resultado de la Ira Reunión Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe y la Unión Europea -la Cumbre de Río-, y que se debe desarrollarse en tres grandes esferas: el “diálogo político”; la controvertida “cooperación para el desarrollo”; y las relaciones económicas, esencialmente comerciales, a través de la firma de los llamados Acuerdos de Cuarta Generación o Acuerdos de Asociación Económica, en la praxis, Tratados de Libre Comercio de amplio alcance, al transcender las disposiciones de la OMC al respecto.

Una iniciativa en la que si bien no caben duda de que se han dado pasos importantes, en realidad transita con más sombras que luces: continúa siendo simplemente un proyecto cuya conclusión definitiva se muestra todavía lejana, explicable entre otros aspectos por las realidades que hoy cualifican a ambos grupos de actores, bien diferentes a las de hace más de una década, cuando fuera aprobada la iniciativa.

Un escenario en el que el bloque comunitario parece haber perdido tanto su capacidad de convocatoria para las regiones latinoamericanas y caribeñas, como su pretendido papel de referente de un modelo de integración y construcción social que al presente muestra descarnadamente las profundas incongruencias que siempre le caracterizaron, dadas las propias e insalvables inconsistencia del sistema que le engendró y a cuyos centros de poder responde.

Y es que según se reconoce en el propio bloque, desde que detonara la crisis económica, la situación de la Unión Europea ha venido sufriendo un proceso de deterioro que ha llegado a amenazar incluso la propia “construcción institucional”, de hecho, de acuerdo con el conocido experto Jose Antonio Sanahuja, “puede hablarse de una crisis existencial, sin duda la más grave desde su creación”[1].

Y es que para Sanahuja, “…en vez de ser fuente de soluciones, esta vez la UE es vista como origen y causa de problemas para la región, y, según afirman sus propios dirigentes, América Latina debería “blindarse” frente al posible contagio de la recesión y de las turbulencias financieras procedentes de Europa[2]”, con lo cual, el posible poder e influencia que haya podido alcanzar el bloque europeo en este espacio, “se desvanecen”.

Lo cierto es que realmente el proyecto de integración europeo se encuentra lejos de su mejor momento. En primera instancia, porque hoy son sus propios cimientos los que se tambalean, justamente en parte de lo que define su esencia misma: la necesaria unidad y espíritu integracionista, lo que si bien no tiene por qué conducir necesariamente al debacle total, sí le debilita y pone en entredicho el modelo, acentuando las llamadas “dos velocidades” en el desarrollo –que hoy ciertamente pudieran ser al menos tres o más-, con repercusiones que como se observa, trascienden el marco de lo puramente institucional.

Una situación que si bien ha sido potenciada por los impactos de la crisis económica global, no constituye solo el resultado de ésta, sino sobre todo de la acumulación y agravamiento de problemas o factores internos y externos que le han venían afectando desde hace varios años; entre éstos, la crisis institucional que se generara alrededor del llamado Tratado Constitucional y que su sucesor, “el de Lisboa”, no ha logrado aún solucionar. Una situación que ha acentuado el llamado “déficit democrático” del que ya adolecía el proyecto, y que resulta objeto de crítica de una parte importante de la ciudadanía, que le identifica justamente como un proyecto neoliberal de las élites y grupos de poder, la “UE del capital”.

Conjuntamente, la crisis ha demostrado la inconsistencia de lo que pretendió ser un “modelo económico de eficiencia y competitividad”, con el cual la Unión Europea aspiraba a convertirse de cara al 2020, en “la economía basada en el conocimiento más dinámica y competitiva del mundo”. Modelo construido sobre los fundamentos de la hoy desmoronada ideología neoliberal –lo que de hecho le condenaba al fracaso-, y que lejos de ese propósito acentúo las profundas asimetrías existentes al interior del bloque, debilitándole tanto desde la perspectiva económica como social, y reduciendo con ello su credibilidad, legitimidad y posicionamiento en el complejo internacional.

“Se trata -en opinión de Sanahuja- de una crisis en gran medida autoinducida, a partir de un diseño institucional inadecuado, y de políticas basadas en gran medida en la superstición neoliberal y discursos políticos del momento. El diseño del banco Central Europeo, en particular, se ha mostrado inadecuado al no poder asumir el papel de prestamista de última instancia. Ello sitúa a los Estados miembros en un difícil dilema: sus propios bancos centrales no pueden jugar ese papel, y no hay nada a nivel europeo que lo sustituya, por lo que terminan estando inermes frente a los mercados de bonos. En ese marco, la solidaridad intraeuropea se disuelve cuando los líderes se enfrentan a narrativas políticas domésticas —cuando no las alientan ellos mismos por razones electorales— marcadas por el nacionalismo y los estereotipos”[3].

Pero además, el bloque europeo resultó fallido en otros de los “modelos” que como se ha dicho, intentó extrapolar hacia América Latina y el Caribe: el llamado “modelo de cohesión social”, un intento de vincular los aspectos distintivos y calificadores de dos teorías económicas mutuamente excluyentes en cuanto a la concepción del papel del Estado en el tratamiento a la cuestión social, aunque dentro de los principios de la economía de mercado: el keynesianismo y el neoliberalismo, utilizando para ello dos grandes espacios de acción, que debieron complementares mutuamente, los espacios nacionales y supranacionales. Objetivo para el cual fue institucionalizado un mecanismo dirigido a lograr un presunto equilibrio entre la liberalización económica y sus efectos sociales.

Un proyecto contradictorio y engañoso desde sus inicios, que en realidad priorizó la estabilidad macroeconómica en detrimento de las llamadas políticas de cohesión. Pero además, que incumple con determinados principios de lo que parece ser una especie de “teoría del federalismo fiscal”, según la cual un Estado prefederal –lo que en la práctica vendría a representar la Unión Europea- deberá utilizar el 2,5% del Producto Interno Bruto de sus finanzas para el gasto público, como límite inferior. Sin embargo, entre 1988-1993, el Fondo de Cohesión representaba solo el 0,27% del PIB de la entonces Comunidad Económica Europea; de 1994 a 1999 el 0,46%, una proporción que mantuvo en el periodo del 2000 al 2006; mientras que para el período 2007-2013 se redujo al 0,31% del PIB de la UE de los 15, con el agravante de que producto de la última ampliación el número de países a recibir estos recursos aumentó.

Un proyecto en definitiva hoy totalmente fracasado, si se toma en consideración que son precisamente los llamados, “países de la cohesión”, España, Grecia, Irlanda y Portugal, los más afectados por la crisis económica que afecta el bloque, con los significativos y muy peligroso impactos sociales que se conocen. Así, el propio Sanahuja, otrora defensor de la iniciativa, afirma actualmente que el llamado “…modelo de cohesión también parece estar en crisis. Ahora los recursos son menores y parece que se ha aceptado una UE caracterizada por una marcada desigualdad, donde la convergencia de rentas será más lenta, o se deja básicamente al albur del mercado”[4].

Todo esto en un complejo escenario caracterizado por una crisis de los sistemas políticos, con la derechización creciente de las principales fuerzas en el poder que mantienen la defensa y aplicación del modelo neoliberal, cuyas políticas de ajuste ante la severa crisis económica que enfrenta el bloque actúan en detrimento de la calidad de vida de la mayor parte de las clases y grupos sociales, sobre todo de los más vulnerables, entre los que se destaca la juventud. Así, los mercados laborales se deterioran de manera galopante, cuantitativa y cualitativamente en la mayoría de los Estados miembros: el desempleo crece aceleradamente y con él, la inseguridad, la falta de oportunidades y la desesperanza; en respuesta, crecen también las manifestaciones de descontento y conflictividad social, situación agravada por el inadecuado tratamiento a una inmigración necesaria pero no deseada, que exacerba los sentimientos ultra nacionalistas xenófobos, manipulados por una ultraderecha que también se fortalece.

En síntesis, un escenario en el que al deslegitimarse el modelo de construcción social defendido por el liderazgo del bloque, se debilita la proyección exterior de éste y su supuesto papel de “potencia civil” y “actor normativo basado en valores”, el que ha sido reconocido como una especie de “identidad internacional” con la que sus grupos de poder intentan presentarse, “fuente a la vez de de su “poder blando” y su influencia como “global player”[5]. Un escenario asimismo, en el que cada vez resulta más difícil enmascarar el carácter imperialista de un proyecto de integración que responde a los intereses del gran capital trasnacionalizado de los grupos de poder, por demás, concentrados en un número muy reducido de Estados miembros, los que en realidad lideran la Unión. Una controvertida “Unión”, cuyas políticas, estrategias y acciones de relaciones exteriores, esencialmente aquellas que propugnan con el “Sur geopolítico”, más allá de la profusa retórica que les disfraza, se encuentran también en función de estos intereses que buscan posicionar y salvaguardar a través de articulaciones asimétricas, que en gran número de casos tienden a nuevas y sofisticadas formas de dependencia y neocolonialismo.

Un escenario al mismo tiempo, en el que las relaciones con América Latina y el Caribe se ven afectadas por la difícil situación que enfrentan España y Portugal, en especial el primero, que funge de facto como interlocutor directo entre el bloque y esta subregiones; gravado por el ascenso al poder de las fuerzas de derecha que ya han dado muestras de incongruencias en el manejo de dichas relaciones.

Sin dudas un escenario muy complejo para el avance de la llamada Asociación Estratégica, y de las relaciones en general, las que todo indica, tiende a ganar en horizontalidad y carácter simétrico; sobre todo porque a lo anterior se une un panorama muy diferente en el otro interlocutor, las partes latinoamericanas y caribeñas, esencialmente las primeras.

Se trata de que, hasta el momento, los análisis y la praxis misma de las relaciones Unión Europea-América Latina Caribe, reconocían como una gran insuficiencia el hecho de que a diferencia de la UE, estas subregiones, identificadas para el proceso como su contraparte, no constituían en realidad un actor racional, y ni siquiera una suma de ellos, sino simplemente, para el caso en cuestión, una denominación geopolítica bajo la cual se identifican los Estados y grupos establecidos en ambas subregiones, con grandes diferencias y contradicciones entre sí en importantes esferas de la actividad social en general, a pesar de una cierta unidad histórica y cultural. Aspectos tradicionalmente evaluados, sobre todo por el propio bloque europeo, como lastres para la concreción y de hecho el feliz término de una proyecto de asociación que hoy realmente pudiera tambalear, al menos en los términos en que se encuentra planteado.

Y es que a inicios de la segunda década de la presente centuria, la América Latina y el Caribe que se relaciona con el mundo es otra, demostrado tanto por hechos objetivos como subjetivos. Así, de acuerdo con la CEPAL, resulta destacable la aceleración del crecimiento en estas subregiones entre el 2004 y 2007, así como “su relativa resiliencia ante la reciente crisis económica mundial” y su rápida recuperación durante 2010, con una tasa de crecimiento del 6% en el 2010, y de 4,7% en el 2011, en este último caso, superando incluso los pronósticos; crecimiento que se sostuvo en el 2012, dado el favorable desempeño de las economías de la región.

Un crecimiento, si bien asimétrico, muy concentrado en el cono sur que ha sido altamente beneficiado por la alta demanda china y la evolución favorable de sus términos de intercambio, tiende a revertirse en toda el área, entre otros aspectos, por el importante dinamismo del comercio intra-regional, con tendencia ascendente. De hecho, Brasil constituye el cuarto socio comercial de la región –por detrás de la Unión Estados Unidos, la UE y China-, al cubrir el 4,3% de su comercio, una participación todavía modesta, si se toma en consideración la de los socios que ocupan las 3 primeras posiciones, pero que tiende a elevarse. Conjuntamente, otros 4 países latinoamericanos Argentina, México, Chile y Colombia califican entre las 10 primeras plazas.

Una situación favorable que se combina con un renovador panorama político, el que no sin contradicciones, se encuentra signado por la emergencia y consolidación de fuerzas en el poder, si bien muy disímiles en términos propiamente ideológicos, sí con determinado grado de convergencia en cuanto a la necesidad de buscar caminos propios para el desarrollo social a través del fortalecimiento del intercambio y la integración regional. Proceso ciertamente tortuoso en el que pueden identificarse dos momentos de inflexión:

El surgimiento de la Unión de Naciones Suramericanas, UNASUR, el 23 de mayo de 2008, con el objetivo de lograr la mayor integración posible entre los Estados miembros del MERCOSUR y la Comunidad Andina de Naciones, a los que se sumaron Chile, Guyana y Surinam, y Venezuela, que no forma parte de ninguno de estos bloques. En consecuencia integrada por las doce naciones de Sudamérica: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela.

El nacimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC, el 2 de diciembre de 2011, que integra a los 33 Estados latinoamericanos y caribeños, excluyendo obviamente a Estados Unidos y Canadá, países del continente americano que no forman parte de estas subregiones. Un acto mayoritariamente considerado como reivindicativo ante el “Norte geopolítico” y sus instituciones de poder.

En consecuencia, una región mucho más unida y fortalecida, que todo indica camina hacia una visión renovada cerca de su papel en el mundo, sobre todo en su diálogo con las potencias imperiales. Una posición igualmente muy matizada, y que ha venido construyéndose no sin escollos y retrocesos, pero que hoy parece emerger con determinada fuerza. Un proceso también tortuoso, en el que se identifican además dos grandes momentos relacionados con las mal llamadas “cumbres de las Américas”, las de 2005 en Mar del Plata, Argentina y la del pasado 2012, en Cartagena de Indias, Colombia, cuyos resultados demostraron la creciente solidez de la nueva América Latina Caribe que se presenta la mundo.

En resumen, un interlocutor internacional que a pesar del déficit que representa al no constituir un actor racional, en la definición exacta del término, hoy muestra una asombrosa unidad en su diversidad -aún cuando sea sorteando muchas y muy marcadas diferencias-, se presenta distinto en la comunidad de naciones y comienza a exigir a los poderosos un tratamiento de igual a igual.

Así, esta Ira Cumbre UE-CELAC podría constituir un importante punto de inflexión en las relaciones entre el bloque europeo y los países latinoamericanos y caribeños, y mostrar quizás un nuevo camino para su rediseño, en el que desde posiciones de mayor simetría se logre replantear el proyecto de construcción de una Asociación Estratégica real y verdadera, que resulte ventajosa para todas las partes por igual.


Gloria Teresita Almaguer González colabora en el Centro de Investigaciones de Política Internacional de La Habana.

Fuente: Rebelión, 20/01/2013.


NOTAS:

  1. Sanahuja, José Antonio, 2012. América Latina y la crisis europea: ¿una relación más equilibrada?, en http://www.nuso.org/opinion.php. Artículo de opinión en el website de Nueva Sociedad; 10 de marzo de 2012.
  2. Entiéndase Unión Europea.
  3. Sanahuja, J. A., 2012, op. cit.
  4. Ibid.
  5. Ibid.

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